Opinión

Viaje a Senegal

Ha sido más de un año de lucha, de insistencia, de petición constante para que los restos del senegalés Ndigua Saw, enterrado en Santa Catalina, pudieran ser exhumados y embalsamados. Ayer finalmente se autorizó este paso, a pesar de que inicialmente Sanidad había decretado que el embalsamamiento era imposible. Ahora solo queda tomar el primer avión que traslade los restos a Touba, en Senegal, para que la familia pueda darle sepultura según sus creencias. Detrás del caso de Ndigua hay una historia de solidaridad y colaboración de senegaleses de todo el mundo que se movilizaron para recaudar fondos con los que pagar el viaje. En un tiempo récord lograron 6.000 euros, suficientes para abonar todos los gastos y atender así los deseos de una madre que lleva todo este tiempo esperando el regreso de su hijo, aunque sea dentro de un ataúd. Para la familia era importante lograr que Ndigua descansara bajo tierra, a modo de única salvación posible. Ahora lo podrán conseguir.

Esta historia ha sido trágica desde un principio, desde que el agricultor de 34 años abandonó su tierra sin conocimiento de su familia para emigrar, desde que una fatídica travesía terminó con su caída al mar, desde que su entierro se llevó a cabo sin identificación previa, algo que se conseguiría solo dos días más tarde... Todo parecía ponerse en contra de un joven cuyo único error ha sido intentar prosperar, emulando a otros familiares que residen en distintos puntos del mundo y que han conseguido regularizar su situación. Ndigua solo quería eso, vivir a este lado, probar suerte, pero terminó dejando su vida en el mar, como tantos otros.

En Santa Catalina hay decenas de cuerpos enterrados de los que nunca se ha sabido su identidad. Representan la gran deuda pendiente que tenemos con la inmigración, con esa identificación de cuerpos que se hace imposible ante la falta de depósitos suficientes en los que aguardar un tiempo prudencial antes de su entierro, un tiempo mínimo como para conseguir la identificación que evite estos problemas.

Quizá el caso de Ndigua sirva de lección sobre lo que puede cambiarse en una tierra que, desgraciadamente, va a recibir los cadáveres de muchos hombres, mujeres o niños que fallecen en el camino y que terminan enterrados sin tan siquiera reseñar sus datos básicos para que, cuando menos, su familia sepa dónde terminaron sus vidas. Y aquí en nuestras costas, en nuestras vallas, han muerto muchos: Paul, Sambo Sadiako, Brenda, Ndigua... y tantos otros cuyos cuerpos quedaron atrapados donde no debían.

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