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Unidas contra el peor trago

Se citan todos los miércoles en el local de la calle Juan de Juanes, abren los libros a los que se aferran como guía desde hace más de dos décadas, se imponen sus propios deberes e intercambian experiencias sobre el fantasma que ha perseguido a alguno de sus allegados, y a ellas mismas como víctimas colaterales, en algún instante de sus vidas.

Son las mujeres que dan forma a Al-Anon, el grupo de familiares de alcohólicos que acaba de franquear la barrera de  los 24 años de presencia en Ceuta. Frente a ellas, una puerta de entrada que, aseguran, más que una mera estructura de madera es la barrera a veces insalvable que distancia a cientos de ceutíes de emprender el paso que les llevaría de la ocultación y negación pública del problema a la aceptación y la búsqueda de soluciones. “Atravesarla no es fácil, es muy duro, porque lo primero que intentas es que nadie se entere, taparlo todo”, revelan.
Cada una esconde una historia distante o no en el tiempo, que aún hoy azota sus vidas o que por fin se extinguió, pero todas convergen en un punto común: el alcoholismo atrapó un día a alguien con quien compartían matrimonio o lanzo sanguíneo y azotó los cimientos de sus vidas, los removió y en algunos casos les colocó muy cerca de un infierno diario. Sus parejas se transforman ­ – “como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, reconocen–  y sus personalidades casi se duplican dependiendo de la frecuencia con la que se dejen llevar por ese veneno que se vende embotellado.   
Con ese escenario a cuestas se acercaron en algún momento a Al-Anon. Algunas de ellas, las más veteranas, desde el mismo arranque del grupo. Otras se han ido incorporando en busca de una tabla a la que agarrarse en medio de un auténtico océano de desesperación. “El alcoholismo es una enfermedad, pero eso se sabe al llegar aquí. Antes se cree que tu familiar es un simple borracho, un vicioso. Cuando llegas y escuchas las historias de las compañeras, que son iguales que las tuyas, te das cuenta de que lo que ha tenido es una enfermedad, y hay que tratarlo así”, explica Lucía, el nombre ficticio de una de las integrantes del grupo, como todos los que figuran en este reportaje. Y es que el anonimato, el pacto de silencio implícito, es una de las normas que se respetan de forma escrupulosa. “Podemos romperlo si vemos a alguien que necesita ayuda, porque hemos desarrollado una especie de sexto sentido que te hace saber quién está sufriendo por el alcohol con solo verle en la calle. En esos casos sí, pero tampoco vamos a ir por la calle con una pancarta contando nuestro problema”, añade María.
En Al-Anon asumen que su familiar es un enfermo que requiere tratamiento, y al que es necesario convencer para que se someta a él, pero que ellas son, en cierta medida, alcohólicas pasivas. “Ellos beben, se transforman, reaccionan de una forma u otra y tienen resaca. Pero nosotros lo vivimos las 24 horas porque ya no sabemos ni con quién convivimos. El alcohol es un huracán que acaba con todo”,  añade Elena. El apoyo mutuo que se brindan, las confidencias y consejos para cambiar de actitud y devolver al familiar a la abstinencia, se ve respaldado por un método que llaman “los 12 pasos”, una especie de guía de auxilio ante un escenario sobrevenido que se les escapa de las manos y del que no encuentran escapatoria. “Nos curamos a través de los pasos del programa, de los libros. Hablamos de nuestros problemas y lo ponemos en práctica. Lo que he aprendido se lo transmito a las demás, a las que tienen la fuerza de atravesar esa puerta”, detallan. “Al-Anon nos ha dado la fuerza, es lo más grande que nos ha podido ocurrir”, coinciden satisfechas.
Entre sus paredes han encontrado, insisten, el aliento para batallar contra los devastadores efectos de la que quizás sea la droga más aceptada y menos temida –paradojas– de la sociedad mediterránea. Aparenta ser casi inofensiva, hasta el punto de que los maridos de muchas de las integrantes del grupo pronunciaban una frase idéntica: “Cuando yo quiera lo dejo”. Un espejismo. Rebeca, por ejemplo, pensó en el divorcio y llegó a considerar a su esposo “un degenerado que no quería a su familia”. Dice que le quiere “con locura”, pero hubo una época en la que se pintaba los ojos y la cara “con una máscara”  para salir a la calle. Como Luisa, que recuerda “15 años horrorosos” seguidos de “24 de felicidad”, cuando su marido aparcó la bebida y ya “solo brindaba con agua”. O Antonia, que descubrió que su cónyuge era víctima de la enfermedad cuando ya había pasado junto a él por el altar y tuvo que ver cómo desaparecía a menudo  durante días y sufría un grave accidente que le haría recapacitar. Las historias se solapan: Amparo recuerda a guardia civiles llamando a su casa para notificarle que su esposo estaba en el hospital, las ausencias en Navidad, el día en el que una hija le gritó “papá, ya no podemos más”...
E Isabel, la benjamina del grupo con menos de 40 años, hija de alcohólico y esposa ahora de un enfermo “en activo”, que describe una paradoja: cómo convivir con alguien a quien amas pero que no se deja ayudar en su camino hacia la autodestrucción. “Te dicen que le dejes. ¿Usted le dejaría si tuviera cáncer? No, ¿verdad? Sufrimos, nos peleamos, insultamos, pero es que es está enfermo”.     
Todas coinciden en que en Al-Anon no reparten varitas mágicas frente a la enfermedad, pero sí  apoyo mutuo y pautas de comportamiento. “Esto es lo mejor que tenemos. Él se va a curar, seguro, pero yo también lo necesito, porque también estoy enferma”, augura Isabel.

Una red mundial fundada por las esposas de los creadores de Alcohólicos Anónimos

Dos retratos presiden la sala de reuniones. Desde lo alto parece que vigilan sus confidencias Lois W. y Ann B., las esposas de los cofundadores de Alcohólicos Anónimos que en 1951 decidieron dar forma en Estados Unidos a Al-Anon, la red de apoyo a los familiares de la enfermedad. Fue entonces cuando moldearon el Comité de la Comisión Directiva Central, encargado de establecer contacto con las personas que solicitaban información. El germen fueron 49 grupos, pero la organización se expande ya por todo el planeta, un área tan extensa como por la que se extiende el mal que combaten. Alcohólicos Anónimos, fundada por Bill W. y el Dr. Bob, ya había visto la luz antes, en 1935. Al-Anon surgía década y media después a pequeña escala, considerado entonces "un asunto de familia". Los padres, los hijos y los cónyuges asistían juntos a las reuniones, que generalmente se llevaban a cabo en el hogar de alguno de los miembros que todavía tenía la suerte de conservarlo, y que lo compartía con los que habían perdido el suyo. Esas familias no tardaron en comprender que ellas también podían usar los mismos 12 pasos de los que se valían sus esposos para perseguir la abstinencia, convencidas de que la enfermedad también les azotaba a su manera.
eradamente ayuda para sobrellevar su parte en el problema del alcoholismo. Desde que se creó en 1951, no han dejado de ofrecer esperanza y ayuda a los amigos y familiares de bebedores. Se estima que cada alcohólico afecta la vida de por lo menos cuatro personas...el alcoholismo es verdaderamente una enfermedad familiar. No importa cuál sea su relación con la persona alcohólica, o si aún está bebiendo o no, toda persona que ha sido afectada por la forma de beber de otra persona puede encontrar en Al-Anon las soluciones que conducen a la serenidad. Lois W. y Ann B., las esposas de los fundadores, decidieron poner en marcha una iniciativa que se extendió a todo el mundo y que llegó a Ceuta hace ya 23 años. Concretamente mañana están de aniversario y todos los que forman parte de la asociación lanzan un mensaje de puertas abiertas al ánimo y a la esperanza de los que sufren este problema. Para ello, se puede contactar en los teléfonos 956 51 75 14 y en el 956 50 76 90.

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