La prórroga gratuita de la colección Thyssen-Bornemisza como un acto de solidaridad por la crisis económica que atraviesa este país no me acaba de convencer. Tengo la impresión de que esa concesión traerá consigo la rúbrica de un alquiler desproporcionado cuando el país comience a recuperarse como compensación por la buena voluntad en los momentos más difíciles. Lo cual haría de la supuesta prórroga gratuita una prórroga en efecto, pero en absoluto gratuita. Es una de las pocas maneras de explicar que la ministra de cultura tilde de cifras desmesuradas el alquiler exigido por la baronesa y que esta se sorprenda de las palabras de la integrante del Gobierno español. De ningún modo tendríamos que haber llegado a un punto de dificultades económicas para comenzar a valorar en su exacta medida lo que aporta culturalmente el alquiler de una colección que si bien es numerosa, apenas cuenta con obras que no puedan ser sustituidas por las exhibidas en nuestros museos nacionales, sobre todo si el coste para mantener esta colección no concuerda con la realidad. Reconozco que esta manera de actuar tendría cierta lógica si el abanico cultural de España no estuviera integrado por museos de enorme relevancia internacional con la obvia importancia cultural que esto supone, pero, afortunadamente para quienes lo valoren, no es el caso que nos atañe.
España no necesita la colección Thyssen-Bornemisza en condiciones normales puesto que ya cuenta con un repertorio holgado, así pues no veo por qué hubiera que mantenerla a cambio de un precio que bien podría enfocarse en otros objetivos patrimoniales más necesitados que en este país no parecen importar ni lo más mínimo, si es que alguien los alcanza a recordar o los ha conocido alguna vez. Además de esto, tiene poco sentido afanarse en abarcar la máxima cantidad de obras de arte cuando el pueblo ni siquiera las entiende, limitándose a contemplarlas y concediendo la interpretación errónea de turno, nacida de fabulaciones que nada tienen que ver con la realidad histórica, cuando no escucha al guía, muy condicionado por las prioridades establecidas por el propio museo. Esta indecisión del Ministerio de Cultura puede marcar un punto de inflexión de cara al futuro, para evitar despilfarrar en fines culturales eludibles, en busca de otros primordiales como el fomento del patrimonio histórico nacional, no sólo en su vertiente artística, que quizá interese más por el aire mediático que desprende y su productividad económica. El patrimonio de un país se prolonga mucho más allá de telas pintadas, la mayoría de las cuales estuvieron ordenadas por los gobernantes imperantes y dirigidas, para que se amoldaran a las necesidades propagandísticas del momento, por los humanistas subordinados; es una dimensión menos dadivosa, menos comercial, más sencilla, más cercana a los oriundos pero inevitablemente más profunda y con un número de tonalidades que se desdeñan por razones meramente económicas. Las obras de arte no dejan de ser obras de arte, piezas donde se refleja la maestría técnica de un artista determinado, un pequeño punto en una cuasi infinita hilera que compone el patrimonio de nuestro país. Defendamos el arte, por supuesto, pero jamás por encima del patrimonio histórico. Quienes piensen que éste poco más allá puede ir, demuestran su imponente ignorancia.
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