Ceuta se encuentra atrapada en un círculo de muertes violentas. Desde 2011 han sido doce los fallecidos en circunstancias violentas, de todos ellos seis lo han sido en este 2014. Desgraciadamente, y a tenor de las amenazas evidentes que se están difundiendo por las redes sociales, parece que esta espiral de violencia no quiera tener fin, sea cual sea su causa.
Estamos ante un problema grave. Lo ha sido siempre en esta ciudad. Parece que arrastráramos un quiste complicado de erradicar. El uso de armas de fuego, el no respeto a la vida del otro, la cantidad no ya solo de muertes violentas sino de lesiones de mayor o menor gravedad, la reiteración de casos en una ciudad que arrastra uno de los índices más elevados de fuerzas de seguridad demuestra que algo está fallando.
Y ya no solo el problema está en las muertes, sino en sus consecuencias judiciales posteriores ante la evidente falta de pruebas que se presentan en las vistas orales lo que termina provocando el dictamen de sentencias absolutorias y el mayor dolor para quienes han tenido pérdidas: que nunca sus responsables cumplan condena por los actos cometidos.
Si hiciéramos un resumen de las sentencias condenatorias emitidas desde el año 2000 a la actualidad por crímenes violentos, podríamos comprobar su llamativa escasez. Y no porque carezcamos de una clase judicial eficiente. La tenemos, y muy buena. Más bien topamos con unas investigaciones que nunca terminan de cerrarse como debieran y con una falta de colaboración y de testigos que llama poderosamente la atención.
Y en medio de esta situación, de este auténtico problema, nos topamos con esa clase política incapaz de ver más allá, obsesionada por buscar la crítica por sistema, empecinada en sacar los colores al resto sin mirarse los suyos. Hacer crítica política con asuntos de seguridad no es que sea bochornoso, es que es de tontos porque no hay que olvidar que aquí no ha pasado aún delegado del Gobierno alguno que se haya ido de rositas sin verse salpicado por las más duras de las situaciones, que son aquellas provocadas por muertes violentas, por modos de proceder mafiosos, por atentados sanguinarios que dejan claro hasta qué punto puede llegar la radical actuación del otro. Hacer crítica con seguridad es tan ridículo y vergonzoso que cuesta creer que todavía haya capaces de tropezar con la misma piedra.
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