La barriada del Príncipe crece marcada por el caos. El primero, el urbanístico. Las viviendas crecen de forma caótica, las calles desaparecen y los coches estacionan donde pueden: uno detrás de otro, en doble o incluso triple fila. Si ocurre una emergencia, hay que implorar “al de arriba”, señala Mohamed mirando al cielo. “Con los coches aparcados así la ambulancia no puede acceder a recoger a un enfermo, el autobús tiene imposibilitado su tránsito y como una mujer se ponga departo, igual tiene que dar a luz en la carretera”, añade Larbi. El del tráfico es sólo el ejemplo de uno más de los problemas que se enroscan en la espiral del Príncipe. Faltan políticas de integración social, “el plan especial del Príncipe que se anunció ya ni existe”, añaden los vecinos, y a esto se añade la tan manida inseguridad traducida en tráfico de negocios ilícitos y tiroteos. “Los vecinos no defendemos ni apoyamos esto como se ha dicho, la mayoría no quiere ni que se repitan estos sucesos ni que venga una ambulancia a ayudarnos y le apedreen, pero hace falta una acción global, para toda la barriada”, reclaman.
Solicitan aquellas cosas que se les prometieron cuando algunos partidos políticos desembarcaron en la barriada en plena vorágine electoral. ¿Qué ha quedado de todo aquello? Pues bien poco, o nada. La sede que llegó a ocupar el Partido Popular, justo en frente de la carnicería del Vasco, es ahora un almacén en el que se guardan comestibles. De los populares sólo queda un rastro: un cartel de Juan Vivas amarillento, medio roto, pero que todavía persiste en una barriada en la que cada vez son más las pintadas que aparecen con mensajes claros: contra los chivatos, favoreciendo al héroe del gatillo o críticos con la clase política y sus engaños.
Unas calles más arriba continúa la que fue sede de UDCE e IU. Cerrada a cal y canto, de ella no queda ni el letrero. Poco antes de la dimisión de Pedro Gordillo, de la que mañana se cumple un año, el PP intentó ocuparla. Al final la historia no salió como se esperaba. Dice ahora Mohamed Alí que UDCE tuvo que marchar del Príncipe porque quien le cedió el local les dijo que tenían que irse. Era, a su juicio, la jugada del polvorón: ellos se iban y al final la sede se la quedaba el PP. El resultado ha sido bien distinto: ni rastro ni de uno ni de otro.
“Los políticos siempre hacen lo mismo, vienen aquí a por los votos, nada más”, señala Mustafa. Desde los tiempos en que Laarbi Mohamed era el presidente del Príncipe hasta los actuales en que Kamal lleva las riendas de la asociación, los vecinos siempre han reclamado lo mismo: conocer los planes urbanísticos y tener voz en los proyectos. No han gozado de ese privilegio y así suceden hechos curiosos. “Los vecinos siempre hemos reclamado que se abra este vial para que se salga antes a la carretera y no se formen los atascos que se forman”, indica Laarbi, señalando la salida directa a la carretera que nace justo a la altura de la clausurada sede de la UDCE. El camino está incluso hecho, pero falta la acción de la Ciudad. Como ésta hay muchas ideas pero los vecinos se quejan de que no les escuchan y de que luego organizan juntas de seguridad que sirven de bien poco. La última, el pasado abril cuando tras los últimos apedreamientos el delegado del Gobierno repartió las tareas y cometidos a cada fuerza de seguridad. La Policía Local debía hacer cumplir las ordenanzas. “¡Cómo nos van a decir que no aparquemos aquí cuando no hay un lugar alternativo para hacerlo!”, lamenta indignado un vecino.¿Cumplir las ordenanzas? “Que nos digan cómo, porque hay que poner alternativas antes de ‘vender’ los acuerdos a los periodistas”, añade, a las puertas de un Polifuncional que sirve de sede a los agentes de la Policía Local que trabajan en la barriada y que son el retén que ‘vendió’ el presidente Vivas para mejorar la seguridad.
La Policía Nacional debía garantizar la seguridad dentro de la barriada y la Guardia Civil en los alrededores. La realidad es bien distinta a lo plasmado en el papel. “Los policías nacionales han estado vigilando al ‘Vasco’ a las puertas de su carnicería y han estado aguantando que jóvenes se pusieran a fumar porros a su cara, que se les rieran y chotearan”, denunciaba el SUP esta semana, lavando la imagen de unos agentes que son cuestionados sin fundamento, lamentaba. La presencia policial fija en el barriada, con sede incluida, es inexistente. Los vecinos, al contrario de lo que mantienen los sindicatos, la reclaman. Recuerdan aquellos tiempos de comunión entre vecinos, guardias o policías y rehuyen del sambenito que les acusa de proteger a los delincuentes. Aluden de nuevo a la falta de una acción integral y exponen gráficamente el juego de la pescadilla que se muerde la cola. “Si hay un tiroteo y hay policías se puede actuar antes. Si hay una persona que huye y disponemos de una barriada perfectamente estructurada y sin problemas urbanísticos, será más difícil que escape. Si hay una delincuencia en una zona en la que se siente el apoyo institucional, habrá menos simbiosis. Si hay...”, al ‘iluminado’ le corta una vecina: “Tú no vas a arreglar nada”.
En breve llegarán las elecciones, llegará la campaña electoral y la lucha por difundir el programa. “Mohamed Alí estuvo la última vez encerrado tres días en la barriada, pateándosela puerta a puerta...”. Los vecinos, apuntan, no quieren eso: quieren una acción integral que, advierten, solucionaría muchos de esos males que tienen sus raíces entre callejuelas y zocos, y sus consecuencias en toda la ciudad.
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