Categorías: Colaboraciones

Tras los pasos del Tibá Blanco

El descubrimiento del Mar del Sur fue un hecho tan importante como el descubrimiento de América, entre otras cuestiones porque significaba la primera globalización del mundo. Los protagonistas de aquella gran epopeya fueron 600 indígenas Cueva, hoy desaparecidos del Darién (Panamá) y Vasco Núñez de Balboa (Jerez de los Caballeros, Extremadura) con sus 190 compañeros de aventuras. La primera noticia de otro mar  y otros pueblos donde existían  grandes riquezas (refiriéndose a los caciques Pocorosa y Tubanamá) fue dada por Ponquiaco o Panquiaco, hijo del cacique Comogre, quien viendo a los españoles discutir cuando pesaban el oro para establecer el quinto y repartirse el resto que habían recaudado les recriminó y les indicó el camino a seguir... Hacia esa misteriosa y extraordinaria selva partí el día 5 de noviembre de 2012, por indicación del director del programa Miguel de la Quadra-Salcedo, con el objetivo de realizar el trabajo de prospección para establecer las marchas que realizarán por la selva los futuros expedicionarios  de la Ruta Quetzal BBVA 2013: “De las Selvas del Darién a la Europa de Carlos V. La Gran Epopeya del Descubrimiento del Mar del Sur”.  Si los relatos de los cronistas sobre lugares fantásticos  y personajes increíbles hacían de esta aventura algo extraordinario, poder transitar la ruta de los expedicionarios que con su esfuerzo y su colaboración cambiaron la geografía del mundo conocido hasta entonces, me producía una emoción y una inquietud sin igual. Estaba una vez más reviviendo la historia. Mis compañeros de aventuras sin los cuales no hubiese podido realizar esta gran expedición fueron: Luis Puleio (Explorador y Conservacionista), José Arrochas (Protección Civil), Kerlin Gutiérrez (Protección Civil), Grupo Aeronaval, Eduardo Mejia, (Etnia Wounaan), Leovigildo Dequía (Etnia Emberá), Teniente Allard (Senafront) y  once policías  a los que dirigía. A todos ellos mi sincero agradecimiento y gratitud por su entrega y dedicación.

El Tibá Blanco y Anayansi
su amor verdadero

La historia de Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) es de las que conmueven a cualquiera que tenga algo de sensibilidad y ética, por tener un final tan trágico  e injusto. A Balboa y a cuatro de sus compañeros se les acusó falsamente de alta traición cortándoles la cabeza en la ciudad de Acla que significa: huesos de hombres, por la gran cantidad de huesos que había debido a las disputas entre dos caciques hermanos por el territorio. La muerte de Balboa fue sobre todo por envidia y para usurparle la gloria de haber descubierto el Mar del Sur. Los ejecutores fueron Pedrarias Dávila, a la sazón gobernador de Castilla del Oro (impuesto por las influencias palaciegas de época, pero absolutamente inepto para el desempeño del cargo) y un grupo de fieles corruptos además de vengativos que fielmente le seguían en todos sus abusos y fechorías.
La figura de Balboa era todo lo contrario. Amigo y aliado de los indígenas, había pacificado todo el territorio con una política de acercamiento hacia los grupos que allí habitaban. Unas veces a través con pactos y otras con alianzas como la que selló con  el cacique Chima o Careta, quien le entregó a una de sus hijas, Anayansi, de la que se enamoró. Esta figura de la que apenas se tiene datos jugó un papel fundamental en toda la historia. Según se cuenta era una joven de extraordinaria belleza. Bartolomé de las Casas afirma sobre ella: “quiso y amó a Vasco Núñez de Balboa mucho”. Tanto que su fidelidad le costaría más tarde la vida a Balboa, al negarse a satisfacer los deseos de su amigo Garavito que también estaba enamorado de ella. Éste, despechado, le traicionaría más tarde.
Sin embargo, y aunque no aparezca en la historia escrita, es muy posible que Anayansi fuera la persona que transmitió a Balboa la cultura, las costumbres y esencia de su pueblo, haciendo a nuestro protagonista entender la forma de vida de los indígenas Cueva de una manera directa y participativa. Esto convertía la relación Balboa-Anayansi en un símbolo clave  del intercambio cultural, del mestizaje  y, sobre todo, de la convivencia pacífica entre los pueblos. Todo ello, gracias a la figura femenina de Anayansi que al igual que otras como Inés Suárez , Catalina de Erauso, La Malinche, Sor Juana Inés de la Cruz, Isabel Barreto, Mencía Calderón, etc…  Jugaron un papel fundamental en la historia de América y,  sin embargo, quedaron relegadas y olvidadas debido a la falta de reconocimiento de la mujer en el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Balboa fue descrito por muchos cronistas como una persona excepcional, así por ejemplo Fernández de Oviedo dice de él: “tuvo valerosa persona y era para muchos más que otros; ni tampoco le faltaban cautelas y codicias; pero junto con eso era bien partido en los despojos y entradas que hacía. Tenía otra cosa especialmente en el campo, que si un hombre se le cansaba y adolecía en cualquier jornada que él se hallase, no lo desamparaba; antes si era necesario, iba con una ballesta a buscar un pájaro o ave y se le mataba y se le traía y le curaba como hijo o hermano suyo y lo esforzaba y animaba…” López de Gomara lo concreta aún más: “fue amado por sus soldados”. Sus amigos los indígenas lo elevaron a la figura del “Tibá Blanco”, que en su cultura significa: gran padre o señor, con grandes poderes sobre los espíritus y sobre las personas. Siendo capaz incluso de conocer el futuro y contra el que nada ni nadie podía vencer.
Mi primera opción era viajar hasta Puerto Carreto (Atlántico) para emprender la ascensión de la Cordillera, pasando luego por Canaán y Sinaí, dos poblaciones indígenas de la etnia Emberá y Wounaan. Más tarde descender los ríos Membrillo y Chuqunaque para llegar hasta Pechito Parado (591 m), el lugar donde supuestamente nuestro protagonista divisó por primera vez el Océano Pacífico, y finalizar mi recorrido explorando Puerto Quimba,  el Río Congo e  Islas de las Perlas, terminando en Panamá.

La ascensión a
Pechito Parado (591 m)

El camino no estaba nada claro. A los pies del cerro todo parecía que iba a ser bastante asequible. Sin embargo, conforme íbamos ascendiendo, las condiciones se hacían más adversas, sobre todo el calor sofocante y la humedad. Si a esto añadimos que nuestro guía no las tenía todas consigo, el resultado era ya evidente. Habíamos caminado por un lugar equivocado y no encontrábamos la senda que ascendía. Por esas cosas de la providencia surgió entre las maleza un potrero llamado David Peralta González que vendría a ser nuestro rescatador. No sólo conocía el camino que tanto anhelábamos, sino que era el dueño del mismo y encima se ofrecía a conducirnos hasta él. De nuevo a golpe de machete fuimos ascendiendo en fila india. La vegetación así como la dificultad de paso iban haciendo que la cabalgadura y los expedicionarios fueran pasando por un estrecho pero denso túnel de vegetación. Cuanto más nos acercábamos más duro se hacía el terreno, presentando un gran desnivel con rocas que se desprendían solo con tocarlas. Los resbalones eran continuos y la posibilidad de despeñarse era cada vez más cierta. Nos agarrábamos con manos, pies e incluso uñas para no rodar cual piedra cerro abajo. Los monos araña del lugar nos miraban atónitos. Algunos, los más aguerridos, nos tiraban trozos de ramas para advertirnos del peligro y de nuestra imprudencia al habernos metido en su territorio, aunque para ser sinceros yo creo que les molestó que les sacáramos de su dulce siesta.
Tras tres  horas de ascensión pudimos  contemplar un paisaje único y extraordinario: el Océano Pacífico (Mar del Sur). Nos embargaba la emoción de poder presenciar la misma escena que vivió Vasco Núñez de Balboa aquel 25 de septiembre de 1513. Así nos cuenta el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo cómo fue este momento para nuestro protagonista: “Y en martes veynte y cinco de aquél año de mil e quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso arriba, vido desde encima de la cumbre dél la mar del Sur, antes que ninguno de los chrisptianos compañeros que allí yban”. El padre Vera, entona el Te Deum Laudamus. El cronista de la expedición Valderrábano (originario de San Martín de Valdeiglesias, Madrid), levanta acta.
Aquí nos intentamos poner en la piel de nuestro protagonista, después de tantos avatares y peripecias, se conseguía el anhelado fin. Tuvo que ser un momento único, de sensaciones indescriptibles, felicidad, cansancio de tantas jornadas, pero sobre todo de ser consciente de la envergadura del descubrimiento. Superando todas las adversidades y dificultades lo habían conseguido y les embargaba  una sensación de  plenitud. Así nos sentíamos nosotros. Era la primera visión de un mundo que comenzaba a ser global... Y lo más importante, había sido una hazaña compartida por indígenas y europeos.

Caminando por un mar de lodo y vegetación

Dadas las inmensas dificultades para realizar el camino completo del descubrimiento del Mar del Sur, tuvimos que decidir una alternativa. Así fue como planificamos nuestra primera marcha a pie, que transcurrió entre Puerto Limón y Sinaí. Un día repleto de aventuras que sería una prueba más de la dureza y las inclemencias que se viven en estas latitudes, pero también de la belleza y la hospitalidad de las gentes de estos parajes. El periplo duró 7 horas, comenzando en Playona (comunidad Emberá). El calor sofocante y la humedad del cien por cien produjeron el desvanecimiento de uno de los compañeros que afortunadamente se recuperó y pudo finalizar el recorrido. Más adelante lo que tocó fue mantener el equilibrio, patinazos y agua por todos lados que agotan a cualquiera, incluso a expedicionarios tan experimentados como los que componíamos el grupo. Pero a pesar de las dificultades y muy en contra de lo que pudiéramos desear, aquel lodazal se puso aún peor. Y es que además de sacar los pies del barro que te succionaba como una ventosas de un pulpo gigante, tuvimos una tormenta gigantesca de la que manaba una cantidad tan grande de agua que uno parecía estar más debajo de agua que en la superficie. Así que nuestra marcha se convirtió en un verdadero reto por no ser engullido por las fauces del barro y agua que se estaban formando. Cualquier paso se hacía penoso, corriendo el riesgo de perder las botas en el intento, como les pasó a dos componentes de la expedición.  La situación se puso tan difícil que hubo un momento en que nos cuestionamos seguir en esas condiciones. No obstante, la dureza de los componentes del la expedición, curtidos en la selva y con capacidad para sobreponerse a las dificultades hizo que siguiéramos la marcha levantando las piernas como podíamos, pero ahora soportando una riada de agua que nos llegaba hasta la cintura. Los vadeos de arroyos se hicieron cada vez más continuos. En torno a las cuatro de la tarde nos comunican que queda hora y media… Sin embargo, debido a las condiciones climatológicas el cálculo se hace impreciso por parte de los guías. A las siete se decide seguir sólo una hora más, si no se alcanza el objetivo se dormirá en la selva. El guía indígena asegura que esta vez es así, que solo queda una hora. Ante nuestros atónitos ojos se nos  presenta una inmensa planicie inundada por el agua que parecía no tener fin. Las piernas ya no respondían, el grupo iba desfondado, agotado, extenuado… La atravesamos más nadando que caminando, sacando de lo más recóndito de nuestro ser las últimas fuerzas disponibles. Recuerdo en estos momentos difíciles la carta de Vasco Núñez de Balboa al rey Fernando explicando las penalidades que han sufrido en el Darién: “… porque muchas veces nos acaese ir una legua i dos i tres por cienagas i agua desnudos y la ropa cogida puesta en la tablachina encima de la cabeza, y salidos de unas cienagas entramos en otras i andar de esta manera dos i tres i diez días…”.

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