La Guardia Civil no cesa de hacer servicios humanitarios, extremos y sin recursos suficientes asociados a la inmigración que llega a Ceuta por su mera ubicación en la frontera sur de Europa.
La pasada madrugada fue un ejemplo claro de hasta qué nivel llega la presión, con horas sin descanso para unos agentes que sacan a gente del agua para, sencillamente, salvar sus vidas.
No se trata de meros servicios de seguridad y control fronterizo, la vertiente humanitaria es clara y de esas patrullas constantes depende que no haya que narrar más desgracias.
La cooperación entre países ha evitado entradas masivas, pero evidencia cuál es la situación que se vive en el espacio fronterizo que no se ve recogido en las estadísticas oficiales que maneja el Ministerio del Interior.
Hay que hablar de ello, de la cantidad de intentos de pase a nado que se llevan a cabo y del desgaste de unos agentes de la Guardia Civil que llegan a trabajar en situaciones demasiado justas.
Las cifras oficiales no se ajustan a la realidad fronteriza, solo obedecen a lo plasmado en el papel, en los partes oficiales que son parciales a la hora de reflejar la auténtica realidad registrada en el entorno de los espigones.
Se silencia una labor constante, se callan las cifras en torno a una realidad que tiene que ser conocida, porque obviar lo que pasa no supone más que una traba de pésimas consecuencias.
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