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Todas las guerras son santas

Si profundizamos en las razones últimas con las que unos y otros tratan de justificar las guerras, llegamos a la conclusión de que, en el fondo, todos los contendientes tratan de justificarlas por razones absolutas – o sea, religiosas-, que les obligan a defender matando y muriendo todos defienden VERDADES y VALORES que, a su juicio, están por encima de las vidas y de las muertes. Unos y otros, con independencia de los credos que profesen e, incluso, los que se proclaman solemnemente ateos, están dispuestos a derramar su propia sangre o la de los adversarios para dejar claro que sus Tierras, sus Bienes o sus Convicciones, todas ellas con mayúsculas, están por encima de sus vidas. Esta sacralización es la que determina la decisión de derramar “sacrificialmente” su sangre. Es normal, por lo tanto, que, los “Caídos” de uno o de otro bando sean proclamados verdaderos “Mártires”.

Confieso que, a pesar de mi edad ya “provecta”, es la primera vez que he sentido pavor al leer los sangrientos ataques en Irán y las explicaciones de los líderes de uno y de otro bando. De pequeño ya escuchaba, las explicaciones de los avances de las tropas franquistas, después fui leyendo las contiendas mundiales y estudiando las referencias de los ataques en los diferentes continentes, pero ha sido ahora cuando he sentido que estas Guerras nos afectan a todos porque sus razones son “sagradas”, porque unos y otros defienden valores que están por encima de la Razón y de las Razones. Por mucho que intente entenderlo me resulta terrible que, con tanta naturalidad, hayamos asumido que la guerra es un hecho necesario para el progreso y que la paz es un objetivo imposible y una cándida aspiración.

Es doloroso tener que reconocer que la historia de la humanidad es el relato ininterrumpido de sangrientas guerras y que los episodios más valorados sean las victorias de quienes han sido más violentos, más brutales, más destructores y más crueles. Creo que no exageramos cuando concebimos “la historia de la humanidad como una especie de matadero, de matanza universal” en la que triunfan los mártires que derraman su sangre para defender sus banderas. Estoy convencido de que con las guerras todos perdemos y ninguno las gana. Mi conclusión es que, por el contrario, “ninguna guerra es santa”.

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