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Tecnofascismo

En abril de 2026, Palantir publicó un documento político ideológico de 22 puntos, presentado como una síntesis del libro The Technological Republic. Es un hecho inusual: ninguna Big Tech había publicado antes un programa político explícito. El texto propone una revolución en la arquitectura de seguridad occidental, basada en la IA como instrumento central de disuasión y en la movilización moral de las élites tecnológicas. Su tono combativo, su crítica al pluralismo y su defensa del militarismo han generado un intenso debate público y académico. Algunos, como el filósofo belga Mark Coeckelbergh, lo califican directamente como un ejemplo de tecnofascismo.

Esta empresa firmó con el Departamento de Defensa de EE. UU. en 2025 un contrato de venta de software militar por valor de 10.000 millones de dólares que le otorgaba el control total de la base tecnológica militar de la superpotencia. Como explica Juan Antonio Sanz en Público, esta macrocompañía, especializada en inteligencia artificial y análisis de datos, es proveedora de software para el control migratorio, para la industria de la defensa y para operaciones reales de guerra. Miles de gazatíes, iraníes y libaneses han sido asesinados con la ayuda de los sistemas de identificación de objetivos bélicos gestionados por Palantir.

Las propuestas del manifiesto pueden sintetizarse en cinco grandes bloques que han generado alarma en analistas, juristas y expertos en ética tecnológica. El primero es la militarización de la tecnología y de la sociedad. Palantir sostiene que la élite tecnológica tiene una “obligación moral” de participar en la defensa nacional y propone la integración estructural entre Big Tech y el aparato militar, la normalización del uso de IA en operaciones ofensivas y de vigilancia, y el servicio militar obligatorio universal en las democracias occidentales.

El segundo bloque es la sustitución de la disuasión nuclear por una disuasión basada en IA, una propuesta que expertos en seguridad consideran inestable y peligrosa. El tercero es la revisión del pluralismo cultural, introduciendo una jerarquía civilizatoria incompatible con la democracia liberal y susceptible de justificar políticas excluyentes o discriminatorias. El cuarto es la reivindicación de la religión como pilar político, reduciendo la neutralidad del Estado en sociedades diversas. Y el quinto es la fusión entre Estado y Big Tech, mediante una alianza estructural entre gobiernos, ejércitos y corporaciones tecnológicas.

Si se compara este manifiesto con la ideología fascista tradicional, las similitudes son evidentes. Ambos conciben la sociedad como un cuerpo movilizado para la defensa. Ambos diluyen la frontera entre poder estatal y poder económico. Ambos introducen una jerarquía cultural incompatible con el pluralismo democrático. Ambos buscan una unidad moral fuerte frente a la diversidad. Y ambos conciben la tecnología —entonces la propaganda y la industria; hoy la IA y la vigilancia algorítmica— como instrumento de control social.

En otras palabras, el manifiesto de Palantir comparte elementos estructurales con doctrinas autoritarias del siglo XX: militarización social, jerarquía cultural, fusión entre Estado y corporaciones y centralidad de una moral unificadora. Lo más preocupante no es solo el contenido, sino quién lo formula: una empresa privada con enorme poder tecnológico, económico y militar. Como explica Juan Antonio Sanz, los señores de la guerra de Palantir no enrojecen al definir el futuro distópico por el que apuestan: patriótico, religioso, militarista y al servicio de las élites.

Las advertencias de filósofos y académicos —desde Coeckelbergh, que recuerda que “cuando la ética se subordina a la seguridad deja de ser ética”, hasta Zuboff, Sandel o Snyder— coinciden en señalar el mismo riesgo: una deriva hacia un autoritarismo tecnificado, envuelto en el lenguaje de la eficiencia y la protección. Frente a esta visión, la tarea democrática no es rechazar la tecnología, sino impedir que se convierta en el nuevo dogma que legitime jerarquías, vigilancias y obediencias. La pregunta ya no es qué puede hacer la IA por Occidente, sino qué tipo de Occidente queremos que exista cuando la IA lo haga todo.

Como se puede ver, gobiernos firmemente opuestos a la guerra y a favor del multilateralismo, el Derecho Internacional y los Derechos Humanos, así como comprometidos con limitar el poder de las grandes empresas tecnológicas, siguen siendo necesarios. Y, del mismo modo, es imprescindible una ciudadanía consciente y combativa que impida que este poder absoluto se consolide.

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