Soy canario y me siento canario, y lo digo con orgullo. Mi familia hunde sus raíces en Canarias desde hace generaciones; allí me he criado, allí me he formado y allí aprendí una manera de hablar, de mirar el mundo y de entender la vida. Cuatro generaciones anteriores a mí son genuinamente canarias y, cuando pienso en mis raíces, no tengo ninguna duda de dónde están. Canarias es mi tierra, la de mi familia, la que conozco y la que me ha hecho ser quien soy.
Y soy ceutí y me siento ceutí, y también lo digo con orgullo, aunque durante mucho tiempo me resultara difícil explicar por qué. Nací en Ceuta y apenas pasé allí los primeros años de mi vida. No tengo recuerdos conscientes de aquella etapa, no tengo familia ceutí ni amigos de allí, ni una historia familiar que me haya transmitido una relación especial con la ciudad. Crecí en Canarias y fue allí donde ha transcurrido prácticamente toda mi vida. Mi acento es canario, mi educación es canaria, mis tradiciones son canarias y mi familia también lo es. Si alguien mirara mi vida desde fuera, probablemente pensaría que Ceuta es simplemente el lugar en el que nací y que después mi vida siguió en otra dirección.
Durante muchos años yo también lo vi así. Sin embargo, desde hace algunos años me ocurre algo que todavía no termino de comprender: siento la necesidad de conocer Ceuta. No me refiero simplemente a visitarla como se visita cualquier otra ciudad, sino a conocerla de verdad, a entender su historia, su gente, sus instituciones, sus barrios y su manera de vivir. Quiero saber cómo es la ciudad más allá de lo que uno puede leer sobre ella y, sobre todo, quiero conocer personalmente ese lugar en el que comenzó mi vida. Incluso he pensado hasta en vivir allí durante una temporada, no porque quiera cambiar mi vida, ni porque crea que allí tenga que estar mi sitio, sino porque hay una parte de mi historia que siento que todavía no conozco.
Quizá tenga que ver con algo tan sencillo como que todos tenemos un comienzo que no recordamos. Antes de nuestras primeras palabras y recuerdos y de la propia conciencia que tenemos de nosotros mismos, ya estábamos viviendo. Había un lugar, unas personas y una vida que todavía no podíamos comprender. Cuando empezamos a recordar, todo aquello ya pertenece a un pasado al que solo podemos acercarnos a través de lo que otros nos cuentan.
En mi caso, ese comienzo tiene un nombre: Ceuta.
No puedo decir que sienta nostalgia por ella, porque sería extraño añorar algo que no recuerdo. Lo que siento se parece más a la necesidad de conocer. Sé que mi vida comenzó allí y, al mismo tiempo, no sé prácticamente nada de cómo fue para mí estar allí. Es una parte de mi propia historia que conozco como un hecho, pero que no conozco como experiencia. Quizá por eso, con los años, ha ido creciendo en mí el deseo de acercarme a ese principio que hasta ahora solo había conocido de nombre.
Durante mucho tiempo, Ceuta fue simplemente el lugar de nacimiento que aparecía en mi DNI. Nunca pensé demasiado en ello, pero llega un momento en el que uno empieza a mirar su propia historia de otra manera y determinados detalles adquieren un significado diferente. Entonces aparece una pregunta que quizá siempre estuvo ahí, aunque yo no la hubiera formulado: ¿qué significa para mí haber nacido en Ceuta?
Recuerdo incluso una época en la que, pese a tener unas raíces canarias tan claras, llegué a sentir que quizá no era completamente canario. Hoy me cuesta entender aquella sensación porque, si me atengo a los hechos, no hay prácticamente nada que la sostenga. Sin embargo, la identidad no siempre funciona de una manera tan racional. Hay cosas que uno siente antes de saber explicarlas y que, con el tiempo, necesitan encontrar un lugar dentro de la propia historia.
Con los años he dejado de preguntarme si soy canario. Sé que lo soy. Lo que ha cambiado es que he empezado a preguntarme qué significa para mí haber nacido en Ceuta y por qué siento que también soy de allí.
No quiero inventarme unas raíces que no tengo. No tengo antepasados ceutíes ni una familia de Ceuta a la que pueda recurrir para explicar este sentimiento. Mis raíces familiares son canarias y eso no va a cambiar. Tampoco pretendo decir que mi experiencia sea comparable a la de alguien que ha nacido, crecido y vivido toda su vida en Ceuta. Mi relación con la ciudad es otra. Pero quizá no todas las formas de pertenecer a un lugar tienen que construirse de la misma manera.
Hay lugares a los que pertenecemos porque hemos vivido en ellos, porque allí están nuestros padres y nuestros abuelos, porque allí aprendimos a hablar o porque allí están nuestros recuerdos. Y hay otros que forman parte de nosotros simplemente porque nuestra historia empezó allí. Ceuta es, para mí, ese lugar.
Por eso quiero conocerla. Quiero conocer su historia porque es también la historia del lugar en el que comenzó mi vida. Quiero conocer a sus habitantes porque hasta ahora no tengo rostros asociados a ese lugar. Quiero conocer sus instituciones y su realidad cotidiana porque quiero entender una ciudad que, durante prácticamente toda mi vida, solo he conocido por una frase: “Nací en Ceuta”. Quiero caminar por sus calles, conocer sus barrios, escuchar cómo hablan de ella quienes viven allí y descubrir qué sensación me produce estar en un lugar que ha formado parte de mi biografía desde antes de que yo pudiera recordarlo.
También por eso me atrae la idea de vivir allí durante un tiempo. Creo que hay cosas que no se pueden comprender desde fuera y que una ciudad no se conoce realmente hasta que uno comparte, aunque sea durante una temporada, su vida cotidiana. No sé si al hacerlo sentiré alguna familiaridad especial o si, por el contrario, descubriré que Ceuta me resulta completamente ajena. Las dos posibilidades me parecen interesantes porque no estoy buscando una respuesta concreta. Quiero conocerla y dejar que sea la experiencia la que me diga qué lugar ocupa para mí.
Puede que cuando llegue no reconozca absolutamente nada. Es probable que ninguna calle, ninguna plaza o ningún edificio me resulte familiar. No espero recuperar recuerdos que no tengo. Pero quizá eso tampoco sea lo importante. Tal vez sea suficiente con saber que estoy caminando por el lugar donde comenzó mi vida y poder convertir, por primera vez, una parte desconocida de mi biografía en una experiencia propia.
Canarias seguirá siendo mi tierra y no necesito poner nada de eso en cuestión para acercarme a Ceuta, la tierra que me vio nacer. Una ha sido la tierra de toda mi vida y la otra es la tierra donde comenzó mi vida. Una me ha dado mis recuerdos y la otra forma parte de aquello que ocurrió antes de que pudiera conservarlos.
También hay algo que, con el tiempo, he empezado a valorar de otra manera. Canarias y Ceuta son territorios muy diferentes, con sus propias historias y formas de vida, pero hay algo que también las une y que para mí tiene un significado especial: ambas están geográficamente en África y ambas forman parte de España desde hace siglos. Cada una ha construido su propia identidad y sus propias particularidades, pero las dos forman parte de una misma realidad española que también siento como propia.
Soy canario y me siento canario. Soy ceutí y me siento ceutí. Y también soy español y me siento español. No veo ninguna contradicción en ello ni creo que tenga que escoger una pertenencia para demostrar que la otra es verdadera. Para mí, la identidad está hecha de la familia, de la infancia, de los lugares donde hemos vivido, de las personas que nos han acompañado y también de esos hechos que, aunque parezcan pequeños, terminan formando parte de nuestra historia.
Soy canario por mi familia, por mi crianza, por mi cultura, por mis recuerdos y por la tierra en la que he aprendido a vivir. Soy ceutí porque nací allí, porque Ceuta fue el primer lugar que me acogió y porque con el paso de los años he empezado a sentir que ese hecho tiene para mí un significado que antes no tenía. Y soy español y me siento español, como también siento que lo son las dos tierras que forman parte de mi historia.
No sé exactamente cuándo empezó a cambiar mi relación con Ceuta. Tampoco sé si algún día encontraré una explicación completa para esta necesidad de conocerla. Quizá no exista una explicación y simplemente haya cosas que uno siente y que solo consigue comprender cuando se decide a vivirlas. Lo que sí sé es que cada vez tengo más ganas de acercarme a ella, de conocerla sin idealizarla y sin esperar encontrar algo concreto, simplemente con la curiosidad de quien quiere conocer una parte de su propia historia.
Quizá cuando finalmente vaya descubra que no existe esa conexión que hoy imagino y quizá me encuentre con una ciudad que me resulte completamente nueva y ajena. O quizá descubra que no hacía falta reconocer ninguna calle para sentir que aquel lugar tenía algo que ver conmigo. No lo sé, y tampoco quiero anticiparlo.
Lo que sé es que nací en Ceuta y que durante muchos años ese hecho apenas significó nada para mí. Hoy significa algo diferente. No porque haya dejado de ser canario, sino precisamente porque tengo tan claro quién soy que puedo acercarme a otra parte de mi historia sin miedo a perder nada de lo que ya tengo.
Soy canario y me siento canario, y lo digo con orgullo. Soy ceutí y me siento ceutí, y también lo digo con orgullo. Quizá no tenga todavía una explicación para esa doble pertenencia, pero tampoco creo que todas las cosas importantes de nuestra identidad necesiten una explicación.
A veces basta con reconocerlas.
Y yo siento que ha llegado el momento de conocer la tierra que me vio nacer.
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