Carta al director

Sobre la muerte de un Caballero Legionario

Lo primero es dar mi más sentido pésame a los familiares y amigos del legionario Kevin Parra Mejía y desear que descanse en paz. No hay consuelo para unos padres y familiares que han perdido a un hijo; es difícil decir algo que pueda aliviar su dolor.

Dicho esto, y dado que se ha abierto una investigación porque existen dudas razonables de que las cosas hayan podido hacerse mal, hay que esperar a conocer los resultados.

Lógicamente, si algún mando ha cometido el más mínimo error y no ha actuado como debía, debe pagar por ello. Todo el peso de la justicia debe recaer sobre él, sin más.

Los testigos presenciales tienen que ser valientes, demostrar el espíritu de compañerismo y contar todo lo que sepan. No deben temer nada; por encima de todo está el esclarecimiento de la muerte de un chaval que, con toda la ilusión del mundo, quiso ser legionario.

Nada de tapar lo ocurrido ni de recurrir a consignas como «Legionarios a luchar, legionarios a morir». Nosotros queremos a los legionarios vivos.

De la Legión algo sé. No en vano hice un período de instrucción completo cuando tenía 18 años en el Acuartelamiento de Camposoto, en San Fernando, donde juré Bandera. Luego estuve dos meses en el Cuartel de Sanidad de Ceuta. Después, voluntariamente, cambié de Cuerpo y me incorporé a la Legión. Realicé otro período completo de instrucción en Ronda y, de allí, fui destinado a la IV Bandera de Ceuta.

Con 19 años ya era cabo. Hablo de los años 1986 y 1987.

Desde fuera se tiende a romantizar mucho la Legión, a veces demasiado, pero este tema hay que verlo también desde dentro.

Durante el tiempo que estuve allí se suicidó, como mínimo, un legionario. No debió de soportar más la situación. También vi cómo otro legionario se daba cabezazos contra un vehículo porque su mujer había dado a luz y él quería estar presente junto a ella en su tierra.

Estando de guardia, presencié cómo un mando que, supuestamente, había bebido más de la cuenta se fue al centro de la explanada y comenzó a disparar tiros al aire. Menos mal que fueron al aire.

Presencié cosas que no debían ocurrir. Se puede decir que, en términos muy generales, imperaba la ley del silencio.

Por aquellos años, 1986 y 1987, el servicio militar era obligatorio, aunque a la Legión solo se accedía de forma voluntaria. Por los Centros de Instrucción de Reclutas (CIR) acudían grupos de captación formados por legionarios escogidos y algún mando. Lo pintaban todo muy bonito, pero muchos de los que se alistaban acababan llevándose una gran desilusión.

Cuento esto porque la Legión es más bonita desde fuera que desde dentro, y lo dice alguien que se alistó voluntariamente siendo apenas un muchacho, atraído también por la pequeña paga que se recibía mensualmente.

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