A diario el puerto ofrece imágenes en las que la vida pende de un hilo, en las que el riesgo es evidente, en las que nada importa más allá de conseguir cruzar al otro lado del Estrecho, llegar hasta la Península.
Nos acostumbramos a visualizar momentos ya rutinarios pero que pueden dar pie a una desgracia como las que ya han sucedido en el puerto. De madrugada, adultos y menores sortean las cuchillas y alambradas que cierran el perímetro portuario. Son las que no interesan al ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, pero duelen como las de la valla que serpentea la línea fronteriza con Marruecos.
No tienen efecto disuasorio alguno y se erigen en trabas ocasionales para aquellos inmigrantes, adultos y menores, que quieren acceder a la zona restringida y lo terminan consiguiendo.
Hay riesgo en el puerto y también en el mar. Enfundados en trajes de neopreno llegan a nado hasta los ferry, sobre todo el Milenium II, uno de los más cotizados, para colarse en las turbinas y llegar hasta Algeciras. Lo consiguen muchos, por eso el efecto llamada está garantizado. Los marroquíes y argelinos protagonizan esa huida hacia lo que ellos visualizan como un futuro que no lo es tal.
Acostumbrarse al día a día de estas escenas de inmigración resulta sencillo, pero detrás esconden una seria problemática que ha terminado transformando el puerto en una segunda frontera del Tarajal.
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