Tal y como explicaban los dependientes, tienen sus clientes habituales. Personas que suelen apostar poco pero casi cada día. Por ejemplo Constancio, que se define maniático.
Ayer tuvo suerte, porque le habían tocado 4 euros de premio, que algo es algo. “Juego a casi todo, a los euromillones, a la bonoloto, a la primitiva, al gordo...”, explicaba. Eso sí, siempre “lo mínimo”. “Me gusta tentar a la suerte, pero solo eso. Juego siempre lo mínimo y dejo que decida la máquina, soy muy maniático. Y a ver si la suerte me toca y me puedo retirar”, explicaba Constancio, uno de los clientes habituales del establecimiento que, si bien su premio comenzaba por 4, los únicos ceros eran los de los decimales.
Algunos de los que se acercaban a la tienda permanecían un rato, esperando a ver qué sucedía, qué se comentaba y si, quién sabe, aparecía el afortunado, ese que nunca suele aparecer en público. También pasaba por ahí a la mañana Ricardo Cívico Murciano, otro fijo pero no el afortunado. “Echo dos euros todos los días. eso sí, automático, que decida la suerte”, comentaba. Y si alguna vez le ha tocado algo, ha sido la vuelta, ocho eurillos, picos pequeños en definitiva. Pero, puestos a hacer las cuentas de la lechera, lo tiene claro. “Desaparecería, para que nadie me pidiera dinero”, comenta con humor.
Gorra del Barça en la cabeza, otros de los que suelen tentar todos los días a la suerte, Jaime Álvarez. Otro de la parroquia, que en vez de dos euros juega uno, lo mínimo, dos apuestas. A él tampoco le habían tocado los cuatro millones, pero esperaba impaciente conocer cuál sería la persona afortunada. Nada. “¿Que qué haría? Pues gastarlo, desde luego, y también con la familia, lo normal, repartirlo”, aseguraba.
Pasaban las horas y tras la mañana cerró la tienda sin que apareciera el ganador. Los dependientes seguían preguntándose quién sería, y esperaban a que llegara el afortunado. Ellos, por supuesto, también tienen derecho a soñar qué hacer en caso de que la suerte les sonriera. De hecho, los tres habían echado la bonoloto para el martes, la que fue premiada, y en cuanto recibieron la llamada de la delegación de apuestas en Ceuta, que dirige Tomás Vallejo Gutiérrez, fueron prestos a comprobar si alguno de ellos se podía retirar del negocio, según contaron.
Pero no fue así. Según explicó Antonio Fernández Prieto, si alguna vez le toca semejante pellizco, le servirá para descansar. “Pues vendería el negocio, o se lo pasaría ya del todo al hijo”, explicaba. Por ahora, parece ser que tendrán que seguir trabajando vendiendo libros, como el último de Jean M. Auel, ambientado en Ceuta, y que llegó ayer.
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