La hermana Paciencia superó el ébola en un centro de aislamiento en Liberia en lo que muchos calificaron de milagro debido a las condiciones en que se encontraba este recinto sanitario. Ahora, ya curada, ha visitado Ceuta con la Fundación Signos Solidarios para ver a las hermanas de la Inmaculada Concepción y, al mismo tiempo, compartir su experiencia con los alumnos de este colegio.También la compartió con este medio en una entrevista en la que, una vez más, abrió su corazón.
–Usted superó el ébola en Liberia. Parece un milagro...
–Sí, me curé de ébola en aquel centro de aislamiento. A pesar de la escasez de recursos y todo lo que había, la buena voluntad y apoyo moral y cercano de la gente ha sido un aporte para mi recuperación.
–¿Cómo pasó la enfermedad? ¿Cómo fue su estancia en aquel hospital?
–Pues el hospital, el aislamiento en el que estuve, es un centro en el que se atendía a gente por emergencia, porque no estaba adaptado para acoger pacientes. Los medios eran escasos y no estaban en buenas condiciones, pero ahí nos tenían, era para un poco dar respuesta a aquella situación. Ahí nos atendían como podían y, con escasez de recursos humanos y materiales, pues día a día salí adelante con otras personas con las que estuve allí.
–¿Le hubiese gustado que la hubieran trasladado a España cuando lo hicieron con el padre Miguel Pajares?
–Es que nos lo prometieron. Desde los medios de comunicación, desde España nos decían que el avión venía a por nosotros. Me acuerdo de que en dos ocasiones estuvimos preparados con nuestras maletas, o sea, teníamos ilusión por salir de allí porque sabíamos que de aquel centro la gente no volvía. Nos lo prometieron y estábamos con esa esperanza de que íbamos a viajar. Durante dos días no vino el avión y al tercero, cuando vino, se llevó al hermano Pajares y a una hermana nuestra, Juliana, y yo ni siquiera me enteré porque era de noche y estaba en la cama porque estaba débil. O sea, que al día siguiente cuando me levanté supe que se habían marchado.
–¿Entonces?
–Ahí ya pensé “que pase lo que pase”, que estaba bien preparada para lo que viniera, si era muerte, muerte, puesto que no tenía miedo. Decía: “Si me muero, bueno... no pasa nada”.
–¿Qué sintió cuando conoció la noticia del fallecimiento del padre Miguel Pajares y cómo continuó su recuperación?
–Es que primero vi la muerte de mi hermana estando nosotros todavía en la comunidad. Cuando fui a su habitación estaba muerta y justo fue ese día cuando me llevaron al centro de aislamiento, o sea, que dejamos el cadáver en casa y nos fuimos, de lo que pasó detrás ya no supimos nada. Ya en el centro, alguien llamó desde España para decir que el padre Pajares había muerto y el otro hermano que estaba a nuestro lado, que era vecino nuestro, también murió y vi cómo llevaban su cadáver, y personal del hospital, que han ido muriendo. A algunos los vi ahí en el centro muriéndose, de otros me enteré porque estábamos en diferentes departamentos... Cada día iba enterándome de la gente que se nos iba, con la que hemos trabajado juntos y hemos compartido la misión.
–¿Qué aprendió del padre Miguel Pajares?
–Es un santo, es un santo varón, un hermano, tan bueno que, de verdad, no veía maldad en ninguna parte. Por más que alguien pudiera decir que otra persona es su enemigo, él no veía maldad en nadie. Tan bueno... y siempre entregado, disponible y abierto a todo el mundo. Estaba haciendo mucho bien allí, había muchos niños que apadrinaba, bueno, había gente que le ayudaba a apadrinar a esos niños y éstos ahora están desamparados, sufriendo y llorando por el padre Miguel.
–Usted ha dicho que sólo se ha actuado cuando el ébola ha llegado a Europa y América. Es desoladora esta situación...
–Sí, de verdad que es algo que me ha extrañado mucho, cuando yo supe que esa enfermedad no es algo de ahora sino de hace muchos años en Sudán, Congo... En 1976 esta enfermedad brotó en estos y otros países africanos. Es como una enfermedad que aparece y desaparece como si fuera malaria y, yo por lo menos, no tengo conocimiento de que se hiciera algo. No hubo ese movimiento que ahora hay. Hoy en día brotó en tres países vecinos de una manera brutal y el mundo se enteró porque llegó...
–A los países occidentales.
–Sí, llegó ahí y entonces en América la gente decía: “Si no hacemos algo, pues eso puede llegar más allá y es una enfermedad peligrosa”.
–¿Cuál es el papel que deben desempeñar los países occidentales ante el ébola? ¿Cómo pueden ayudar?
–Pueden ayudar de miles de maneras. Primero, ir a esos países, donde está el foco. Es desde ahí desde donde se debe luchar. Y esos países occidentales, donde hay más desarrollo y tienen más capacidad para afrontar esa enfermedad, pienso que ahora están estudiando vacunas y medicamentos para la enfermedad. Si eso se hubiera hecho antes, años atrás, tal vez hoy en día no sería tan brutal y tan mortal. No se hizo antes y ahora se está haciendo. Nunca una está contenta por las cosas que pasan pero a veces pasan para que tomemos medidas. Esta enfermedad viajó a Europa y América y ahora se está buscando la manera de ayudar. No solamente materiales o estudiando vacunas o medicinas, sino que también hacen falta recursos humanos porque de los pocos sanitarios de Liberia, muchos han muerto, médicos y enfermeros. Habiendo más personal se puede ayudar más. Ayer lo estuve hablando: resulta que un país con tres ambulancias y donde hay que llegar a muchas casas para recoger cadáveres o personas infectadas y allí mismo en el centro atender a los que estaban allí, pues es insuficiente. Entonces hacen falta materiales, recursos humanos, y también informar al pueblo, para que sepa lo que está pasando y cómo evitar o prevenir el contagio.
–Es importante esta información.
–Precisamente al principio muchos murieron por falta de información, aunque también influye mucho la cultura. Por más que se decía que no se podía tocar a la persona afectada para evitar contagios, preguntaban por qué no podían abrazar a su hermano, a su hermana o a su madre, que está enferma, por qué no la podían tocar, o por qué no podían bañar al muerto. Porque en África la cultura indica que hay que bañar al muerto y vestirlo bien, entonces si le dicen que no, no lo entienden, y el virus está también en el cadáver. Al principio no se sabía, porque era una enfermedad nueva en el país, se pensaba que una vez que se tenía contacto con un objeto o una persona ya estaba infectada, y no era así. Esa enfermedad entra por los ojos, por la boca, por la nariz, por la cara normalmente. Entonces si en un día te preguntan cuántas veces te has llevado las manos a la cara, no puedes decirlo. Si después de tocar ese objeto o persona infectada, que puede estar sudando, y no lavas las manos con cloro y jabón y tocas tu cara, los ojos o la boca, ahí nos infectamos.
–Usted está ayudando ahora a curar a otras personas donando su plasma.
–Sí, precisamente cuando me vine a España, llegué el 25 de septiembre, era con el objetivo de ayudar al hermano Manuel, que es el último misionero que se infectó en Sierra Leona. Cuando supe esto hubo una sugerencia de ayudar, porque yo supe a través de un hermano que estaban buscando donante, entonces encontraron pero no se pudo hacer uso de ello. Cuando me comentaron esto, dije que si era así yo podía ayudar, y cuanto antes mejor.
–De hecho ayudó.
–Yo vine y justo ese mismo día moría el hermano, y eso me dolió porque no pudo ser... Pero después sí sirvió para ayudar a otras personas y la verdad es que si es para hacer un bien, me hace feliz.
–Y ahora se le ha reconocido otorgándole la nacionalidad española.
–Sí, ha sido un reconocimiento pero es algo que tampoco pedí. Yo no pido nada, solamente para hacer el bien he colaborado contra la enfermedad.
La labor de los sacerdotes y la llamada a la solidaridad
Era verano y Paciencia era una niña cuando vio “algo diferente” en los sacerdotes españoles que le daban clase. Ellos lo habían dejado todo para ir a África a atender a los necesitados sin nada a cambio, lo que despertó en Paciencia la inquietud por ayudar: “Si ellos venían desde tan lejos para ayudarnos, por qué no puedo hacerlo yo con mi gente”, pensó la hermana. De esta manera explicaba ayer Paciencia a los alumnos del Colegio de La Inmaculada cómo sintió la necesidad de ayudar. En su intervención, explicó a los alumnos cómo luchó contra el ébola en un centro de aislamiento sin preparación para hacer frente a la enfermedad. Paciencia reflexionó sobre la necesidad de que todos contribuyan a la lucha contra el ébola, ya que “es una enfermedad global, que puede viajar a cualquier lugar del mundo”. La hermana añadió que “no es un problema de África, sino de todos, también de Europa, América o Asia”, por lo que sabe de la importancia de “unirnos para combatir la enfermedad”. Antes de acabar, lanzó un mensaje de ánimo a los alumnos, a quienes les dijo que tienen el futuro “en sus manos” para hacer “un mundo más humano y más justo, donde se viva la fraternidad”.
La Fundación Signos Solidarios está en doce países
Con su origen en el Fondo Alfonsa Cavín (FAC) en 1995, Fundación Signos Solidarios nació en 2010 como ONGD para la gestión, a través de la Cooperación Internacional, de los proyectos en los países en los que trabajan las Misioneras de la Inmaculada Concepción (MIC). La Fundación trabaja buscando el desarrollo sostenible, humano, social y económico que contribuya a la erradicación de la pobreza en el mundo, con atención especial a la infancia, a la mujer, a la juventud y otros colectivos vulnerables. Su ámbito de actuación son los países de misión donde están presentes las MIC: doce países, que están en tres continentes. En Europa, está presente en España e Italia; en África, en Guinea Ecuatorial, Togo, Camerún, Ghana y Liberia; y en Latinoamérica, en México, Venezuela, Colombia, Paraguay y Argentina. La Fundación no sólo trabaja en los lugares con mayor necesidad, sino allí donde las desigualdades internas son más evidentes y la ayuda internacional no siempre es prioritaria.
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