Ser español no es cuestión de lucir colores. Tampoco de gritarlo más que nadie hasta imponerse. Las banderas no tienen un dueño ni las nacionalidades vienen con etiquetas a gusto del consumidor. Se es español y punto. Sin más. Pero hay quienes se empeñan en convertir la españolidad en motivo de enfrentamiento político hasta el punto de adueñarse del sentimiento, de la bandera, de la patria y, si les dejaran, de la potestad de empezar a seleccionar a su antojo arrinconando a los que no consideren españoles porque no les gustan sus nombres, apellidos o porque, sencillamente, les estorban.
La política ha venido a convertir en lucha y en odio la convivencia en un único país, en una ciudad. No se trata de trabajar por mejoras, por igualdades, por defensa de los mismos sentimientos. No. Se trata de entorpecer, de enrarecer el ambiente, de enfrentar porque sí. ¿Qué se gana con esto? Nada, pero se pierde todo, yendo por un camino sin salida y con múltiples trabas.
Los plenos en Ceuta se han convertido en espacios devaluados en donde alegremente se quitan nacionalidades, en donde se da espacio a menosprecios, en donde se repiten de forma incansable espectáculos asumidos como normales.
Y ya nada nos asombra, lo que al principio se asemejaba a una barbaridad ahora se ha transformado en el tonito permanente que escuchamos al lado, como si nada, dando forma a ese despreciable fondo que quiere hacerse un hueco en la ciudad hasta calar.
Y esto, cuando lo asimilamos como normal, resulta peligroso.
Aquí nadie es más español que el otro, aquí nadie defiende la bandera más que el otro, aquí nadie se atribuye la nacionalidad más pura mientras el resto somos aficionados. Detrás de estos mensajes no hay más que la ausencia permanente e insultante de un programa, de un plan de ideas y proyectos, de un modelo de gestión de ciudad y de país. Detrás de estos mensajes no hay más que pantallas, cortinas de humo y falsedades centradas en el enfrentamiento de los unos y los otros; los puros y el resto.
Cuando una comparsa metida a diputado se dedica a dar lecciones de españolidad a los demás, mal vamos. Mañana puede que le quieran dar lecciones de quién sobra y quién no. De ahí a repetir los peores errores de la historia, poco queda. Aunque solo les digan que únicamente quedan ellos para salvarles. Aunque les digan que solo queda Vox.
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