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Sentido y sensibilidad

Desde que comenzó la actual estrategia independentista en Cataluña hemos podido observar con preocupación la costumbre que en España tenemos de no debatir con claridad el fondo de las cuestiones importantes y quedarnos en la poco fructífera batalla sobre los medios para alcanzar o imponer los particulares puntos de vista. Parece que nos gusta quedarnos en el camino y no afrontar las consecuencias de los hechos. Y así nos va.
Los nacionalismos son una especie de populismo que mediante la exaltación de los rasgos diferenciales de una parte de la sociedad y el fomento de la insolidaridad producen unos sentimientos fáciles de manipular y difíciles de encauzar. Las argucias y maniobras que se utilizan tienen como objetivo el generar un entusiasmo irracional, como una novedad, como un homenaje colectivo siempre atractivo, como un proceso emocional. Este exceso de sensibilidad solo puede ser contrarrestado con el sentido o la razón.
Aunque sea cierto, también, que en el auge actual del independentismo catalán existe otro componente singular que es la utilización de una estratagema ligada a la gestión de la crisis, al ocultamiento de los errores y de las carencias para salir de ella, pero este rasgo no es algo novedoso del catalanismo, porque en cuantas veces prestó su apoyo a la gobernación del país intentó sacar ventajas económicas. Pero mi intención en este artículo es poner de manifiesto que ante las manipulaciones ideológicas no cabe el silencio, porque callar significa otorgar visos de credibilidad a esas maniobras que animan los sentimientos y entonces los conmovidos seguidores no se ven obligados a pensar.
Muchos ciudadanos miran desconcertados al auge de un movimiento que transgrede las ideas fundamentadas en la Constitución y echan de menos que las declaraciones políticas que reafirman las ideas contra las argucias independentistas apenas son el centro de un debate. Se admite todo, menos claridad. Parece que la democracia pudiera manipularse fácilmente y que no existiese una lógica muy estructurada sobre el gobierno democrático. De manera que los sentimientos nacionalistas no se equilibran con lo que resulta coherente y sustancial. Y poner claridad es hablar de lo que supone afrontar los fines. He aquí algunos ejemplos:

El derecho a decidir: El Parlamento de Cataluña, en su declaración de soberanía, acordó “iniciar el proceso para hacer efectivo el ejercicio del derecho a decidir para que los ciudadanos y las ciudadanas de Cataluña puedan decidir su futuro político colectivo”.
Este derecho a decidir que tan reiteradamente utilizan los nacionalistas es una invención artificiosa que no existe ni en la Teoría del Estado ni en el Derecho Constitucional. No hay doctrina seria al respecto. Existe el derecho de autodeterminación o los derechos soberanos, pero no un derecho sobre lo que cada cual quiere hacer, de forma discrecional. Por eso seguramente se empieza a escuchar a los periodistas hablar de la autodeterminación como si fuese un sinónimo de ese inventado derecho a decidir. Pero el derecho de autodeterminación no es equivalente, sino que se elaboró doctrinalmente para regular los procesos de descolonización en los territorios donde había poblaciones sometidas por otras que la habían colonizado. En las sociedades democráticas los ciudadanos se autodeterminan cada vez que eligen a sus representantes para las instituciones que les gobiernan.
Como no existen reglas ni principios doctrinales en los ordenamientos jurídicos democráticos que contemplen ese hipotético derecho a decidir, su aplicación indiscriminada nos llevaría a que cada núcleo de población decidiera por si mismo lo que quiere hacer. Es decir, cualquier población catalana o de otro lugar podría decidir lo que quisiese respecto a escindirse o a continuar unidos y, a partir de su decisión, cada uno podría actuar en consecuencia. No habría núcleos de población que se impusiesen a otros y el resultado bien podría ser lo más parecido a un queso de gruyere.
No existe, pues, ningún derecho que garantice decisiones que puedan ir contra la Ley y no existe por que un derecho que permitiese decidir en contra de las leyes sería un derecho antidemocrático. Las leyes se aprueban democráticamente para su cumplimiento general. Todos somos iguales ante la ley. No podemos optar entre cumplirlas o no, amparados en ningún derecho.

La declaración unilateral de un Estado nuevo por una región que se quiere segregar: El lema independentista “Catalunya nou Estat d´Europa” es una expresión que encierra una declaración unilateral de llegar a ser un nuevo Estado de Europa.
La secesión podría ser una posibilidad, pero no existe ningún derecho que la ampare. Es más, cualquier surgimiento en estas condiciones se considera como una aventura indeseable en el contexto internacional. Un intento de secesión unilateral se haría fuera del derecho. Las reglas del derecho internacional no lo reconocen. Y habría que tener en cuenta, además, que ningún Estado existente desea incentivar segregaciones dentro de su propio territorio.
Estados creados mediante una secesión unilateral no han sido admitido en las Naciones Unidas contra la voluntad manifiesta del gobierno del Estado del que se ha escindido. Fuera del contexto colonial, la experiencia demuestra que existe una reticencia extrema a que se reconozcan secesiones unilaterales. Pero la intransigencia de un Estado ante una mayoría clara de población secesionista probablemente aumentaría la consideración por un reconocimiento.

La pertenencia a la Unión Europea: En la mayoría de las declaraciones de los líderes independentistas catalanes figura la argucia de que Cataluña mantendría su estatus en la Unión Europea e, incluso, tras las declaraciones contrarias de las autoridades de la Unión, el mismo Presidente de la Generalidad ha seguido asegurando que no les importaría porque seguirían teniendo el euro como moneda.
El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea establece el fundamento jurídico de toda adhesión y en él se contempla que el ingreso requiere la unanimidad de todos los Estados miembros. Un Estado declarado unilateralmente, al margen de otras consideraciones, difícilmente obtendría esa unanimidad.
En cuanto a lo del euro, es mera intencionalidad.

El referéndum: La competencia sobre esta materia quedó absolutamente esclarecida por el Tribunal Constitucional en su sentencia sobre la ley que al respecto aprobó el lendakari Ibarretxe para convocarlo en el País Vasco. Tanto la convocatoria como la pregunta o los medios para celebrarlo son competencia estatal. Desde entonces el PNV sufre las consecuencias  por su  intención de hacerlo unilateralmente.
Los precedentes: Sin duda, aparte del mencionado intento del gobierno nacionalista vasco, el caso de Quebec en Canadá es el más importante y estudiado. Pero a los independentistas catalanes no les gusta mencionarlo. Sin embargo, el rigor con el que los canadienses han tratado el asunto es encomiable: se celebraron dos referéndum, en 1980 y en 1995, en los que fueron rechazadas las propuestas independentistas planteadas por el movimiento de carácter identitario francófono; en 1998 se emitió un dictamen por la Corte Suprema de Canadá en el que se confirmaba que “en términos jurídicos, se considera que la secesión de una provincia de Canadá debe requerir una modificación de la Constitución, lo cual exige necesariamente una negociación” (párrafo 84) “dentro del marco constitucional existente” (párrafo 149) y que esta obligación de negociar sólo puede plantearse ante “una mayoría clara de la población de Quebec favorable a la secesión, en respuesta a una pregunta clara” (párrafo 93). Esta obligación no existe si la expresión de la voluntad democrática está “en sí, llena de ambigüedades”. Esencialmente, un voto democrático en sí mismo no tendría ningún efecto jurídico; y en el año 2000 se aprobó la Ley de Claridad que atribuye al Parlamento canadiense la competencia para examinar la claridad de la pregunta y lo que se considera una mayoría suficiente en un referéndum secesionista, así como el poder de anular el resultado del referéndum si se violan algunos de sus principios que en dicha ley se contemplan.

La claridad en los fines: La democracia ha de ser muy exigente cuando se manejan actos que comprometen derechos fundamentales y que probablemente tengan consecuencias irreversibles, que atañen también a las generaciones futuras y tienen efectos importantes para todos los ciudadanos del Estado. Una escisión empobrecería a todas las partes y todos deben saber con claridad cual es el fin de la aventura emocional. El rigor para tratar todas las consecuencias es imprescindible, no puede montarse la decisión sobre las argucias, el escamoteo y la mentira.
Los vínculos y las interacciones experimentados durante siglos suponen la existencia de una red de relaciones e intereses complejos e integrados. Dividirlos no es tarea fácil.

La anécdota: Ya se sabe que el F.C. Barcelona para los nacionalistas es más que un club. Pero sus declaraciones sobre el futuro del club en una situación de independencia son un ejemplo de incongruencia. Tendrían una selección nacional que debería surgir de una liga catalana específica, pero mantienen que el Barcelona jugaría en la liga española como el Montecarlo juega en la de Francia. Saben que un club como el actual no podría mantenerse en una liga nacionalista. Y este es el ejemplo de lo que predican con todo lo demás: ser independientes es conseguir lo mejor de los dos mundos posibles. ¿Alguien da más?
Como puede comprobarse los sentimientos se oponen a la racionalidad, y si no se confrontan este proceso es un camino sin salida. Solo las razones podrán encauzar los problemas y encontrar una solución que contemple todos los intereses en juego.
Pero hay otra cuestión que, al hilo de éste conflicto, no me resisto a consignar. Salvando las distancias, la confrontación entre los sentimientos exaltados y la racionalidad fue un eje sustancial de la crisis política que se vivió en Ceuta y Melilla durante los años de reivindicación autonómica. Solo la búsqueda de un modelo que superara las posiciones enfrentadas y la adopción de una solución negociada le dio salida a la crisis, pero el coste de las frustraciones sentidas y de la irritación por las emociones suscitadas aún puede encontrarse en parte de la ciudadanía. El aprendiz de brujo tuvo sus momentos de gloria, pero la exaltación de los sentimientos siempre resultan difíciles de encauzar.

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