Hay situaciones que por surrealistas deben ser contadas y quejas que no por repetidas pueden dejar de hacerse públicas. Hay veces que la pena y el miedo que sufre una familia deben compartirse con la esperanza de que otros no los sufran en el futuro.
El viernes 13 de junio mi hija María, de veintiún años, comenzó a encontrarse mal, le dolía el pecho y le costaba respirar. La acompañamos a la clínica Septem al lado de casa un tanto alarmados, allí el médico de urgencias asumiendo acertadamente que podía tratarse de un problema cardíaco le realiza las pruebas oportunas: electro y analítica, y a la vista de los resultados nos insta a trasladar a mi hija al hospital de manera urgente porque efectivamente su corazón no estaba funcionando debidamente y urgía de atención especializada.
Una vez en el HUCE la recibe el médico de Urgencias, la reconocen, le repiten las pruebas y comienzan las dudas. El médico de observación de Urgencias junto con el de UCI de guardia le realizan nuevas pruebas, pero el diagnóstico sigue sin ser claro y el tiempo corre y ni mi hija ni nosotros sabemos qué le pasa, hasta que llega el momento que estábamos esperando, ese en el que un especialista la tratase y diese el diagnóstico definitivo. En ese momento asistimos atónitos al "lanzamiento de la moneda".
Es puente en Ceuta y para nuestra sorpresa no siempre hay un cardiólogo de guardia en nuestra ciudad, una ciudad de más de ochenta mil habitantes. A veces se queda un cardiólogo de guardia y a veces un neumólogo de manera que dependiendo de la suerte que tengas podrás ser o no atendido por un especialista si tienes la mala suerte y valga la redundancia de enfermar en fin de semana. Pues a nosotros nos salió cruz, ya que no había un especialista en cardiología que pudiera atender a María. Por suerte, el buen juicio que en todo momento mostraron los médicos que ese día atendieron a mi hija les hizo descolgar el teléfono y llamar al hospital Puerta del Mar de Cádiz. Dos horas después volábamos en el helicóptero medicalizado dirección Cádiz donde por fin mi niña recibió la atención que necesitaba.
Por suerte para nosotros la dolencia de mi hija no resultó de extrema gravedad, por suerte para nosotros el tiempo que transcurrió a la espera de atención especializada no fue cuestión de vida o muerte, pero no he dejado de pensar en lo que podía haber sido, en lo que le habrá ocurrido y en lo que les ocurrirá a otros con menos suerte y en qué no puede ser que cuando enfermemos tengamos que ponernos en manos precisamente de la suerte cuando deberíamos estar en manos de los médicos.
Con este escrito no quiero, ni mucho menos, criticar a los profesionales que tanto en Ceuta como durante la semana que mi hija permaneció ingresada en Cádiz la atendieron con dedicación y profesionalidad, mi crítica va, como tantas otras antes que la mía, dirigida a un sistema sanitario que nos abandona, nos ningunea y deja nuestra salud y la de nuestra familia en manos de la suerte, la suerte de los abandonados.
Marga Díaz Capilla y Óscar Pérez Vallejo
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