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Salto desde el Trampolín

El domingo quise conocer la otra Ceuta, la otra realidad que convive con nosotros, el otro mundo, las otras historias a las que no llegan los medios de comunicación.
No es lo mismo imaginar, leer, estar en las redes sociales, escuchar declaraciones o charlar en cualquier lugar de lo que ha sucedido en Ceuta; estar allí, ver, patear la playa, pasear al lado de riadas de personas que caminan de acá para allá sin rumbo fijo, sin dirección a ninguna parte.
Chabolas construidas con cañas, plásticos, cartones, latas, mantas, palos, materiales recogidos de la basura.
Fuegos improvisados para hacer té, calentar la comida, cocinar cualquier cosa en sartenes, ollas y cazos que caen de un cielo extraño con la neblina de un humo de leña y cáñamos.
Una mezquita contorneada con piedras, barberías al aire libre, pequeños comercios en los que puedes encontrar de todo: pan, galletas, tabaco, huevos, leche. También se vende lo que necesites para cualquier asunto... cables, enchufes, ropas, relojes que no marcan las horas, muñecas sin ojos, zapatos, zapatillas, babuchas, ventiladores a pilas y artilugios que no sé para lo que sirven. Son sus grandes almacenes de supervivencia con precios de ganga si los comparamos con los mafiosos que hacen su agosto.
Un entorno lleno de basura, contenedores repletos, papeles, plásticos... Un caos que tiene un orden para los inquilinos del Trampolín.


Brazos con pulseras que indican datos oficiales, filas desordenadas que cargan con bolsas de Mercadona, Eroski, Lidl, móviles, cargadores, auriculares que dejan escapar el murmullo de sonidos de interferencia.
Andan con mirada serena, con pasos firmes; algunos descalzos, otros con chanclas de playa. Pasean un triunfo que huele a derrota, a desesperanza mezclada con el hedor de orines y excrementos.
Hay otro Trampolín invisible pero presente; los proxenetas, los que contratan de esclavos a los migrantes como albañiles, fontaneros, servicio de limpieza a precio de explotación pura y dura; los que juegan con la droga y los que le empeñan su alma al diablo por unas lentejas y un sitio para dormir.
Y ya todos somos culpables y fascistas si nos posicionamos en contra de esta “ayuda humanitaria de pacotilla” que confunde invasión con migración. Todos fascistas si criticamos la política de Sánchez, todos traidores si no aplaudimos a Marlaska, todos conspiranoicos si pensamos que Marruecos está detrás de la cortina manejando como un pelele al Gobierno.
Pasarán los meses y se echarán las culpas unos a otros mientras la ciudad acorralada se niega a rendirse.
Pendemos de un hilo que puede romperse en cualquier instante.
Nos merecemos saber lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que podría pasar.

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