Opinión

Saborear los instantes presentes

En nuestra sociedad hipercompetitiva el tiempo excesivamente repleto y la vida a veces demasiado vacía son las consecuencias de un excesivo afán de lucro de “unos pocos” que amenaza gravemente el razonable deseo de bienestar de “unos muchos”. Este hecho tan generalizado debería despertarnos y estimularnos para que permanezcamos vigilantes con el fin de evitar que, expropiados de la vida -es decir, desprovistos de serenidad, de esperanza, de solidaridad y de amor- las horas muertas o demasiado agitadas nos ahoguen en unos espacios saturados o en unos tiempos vacíos y enfermizos.

En mi opinión, para impedir que estos desvíos nos arrastren al agobio, a la desesperanza o a la tristeza, además de exigir los derechos que nos corresponden, deberíamos aprender a saborear con detenimiento cada uno de los instantes presentes y a vivir los momentos que nos queden por vivir.

Tengo la impresión de que los agnósticos “dogmáticos” y los creyentes “fanáticos” que lean detenidamente los Evangelios y se despojen de los prejuicios pesudoideológicos o pseudoteológicos, podrían llegar a la conclusión de que, frente a las teorías que sólo proponen la felicidad en la economía o en un mañana indefinido, deberíamos trabajar unidos en busca de un bienestar que empieza aquí y ahora. Por eso pienso que todos podríamos aprender a vivir el presente de una forma plena asentándolo sobre los dos pilares firmes de un pasado analizado críticamente y de un futuro seriamente cimentado.

El sentido temporal de la existencia humana exige que apoyemos nuestros diferentes momentos y nuestras distintas visiones, por un lado, en la contemplación agradecida de los episodios saludables de nuestros antepasados y de nuestra propia biografía y, por el otro lado, en la elaboración de un panorama futuro que nos oriente y nos estimule hacia nuevos horizontes más humanos. El recuerdo nos hace renacer sólo cuando nos genera unos propósitos transformadores. Si prescindimos de cualquiera de estos dos apoyos y nos quedamos sin memoria o sin proyectos, perderemos el equilibrio y el puente del presente se derrumbará irremisiblemente en un agitado mar de confusiones. No tenemos más remedio que mirar, admirar y trabajar con mucha esperanza o, al menos, con un poco de ilusión.

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