Que un presidente del Gobierno tenga que prometer que se sabrá la verdad dice mucho de hasta dónde hemos llegado. Nadie debería dudar que eso debe ser así, que en todos los sucesos debe saberse la verdad, pero son tantos los escándalos que se han producido que tenemos que escuchar a todo un mandatario de un país comprometerse a que esto se sepa.
La frase es demoledora y dice mucho de hasta dónde llega la separación de una clase política y el pueblo. La falta de confianza y de credibilidad es el grave problema de todo un país, de una sociedad que ha recibido demasiados palos durante muchos años, que mira hacia atrás y comprueba cómo se han abordado las grandes desgracias ocurridas.
Saber la verdad. Lo que deber ser se erige en una aspiración a cumplir.
“El Estado actúa unido”, dice Sánchez, quien concreta que se conocer el detonante de la tragedia cuanto antes “porque se lo debemos a las familias y a las víctimas”.
Dar con la verdad no es algo que se tenga que prometer, es lo que siempre hay que hacer. No es un compromiso, es que siempre debería ser así. Saber todo sin ocultismos no tiene que constituir el corazón de una comparecencia oficial, sino que tiene que ser algo básico, que se hace porque sí, sobre lo que no existen dudas. Ni ahora ni nunca.
Pero resulta que ante tamaña desgracia, el mensaje estudiado y asesorado es ese, que un puñado de hombres y mujeres con mando lo van a dar todo para que se dé con el origen real de lo que ha ocurrido.
Miramos hacia atrás, con tantos accidentes ocurridos, tantísimas tragedias que luego han derivado en conclusiones odiosas, que una solo quiere remar y remar para evitar que la pequeña patera sobre la que nos mantenemos a flote naufrague. Saber la verdad, claro. ¿Había otra alternativa?






