Opinión

Reseña del libro 'Naturaleza y Espiritualidad. La cosmovisión de las religiones ante el cambio global'

La cosificación de la naturaleza o, dicho de otra manera, la desacralización de la Madre Tierra y de las criaturas que alberga es una de las principales razones de la crisis multidimensional (ecológica, económica, social, ética, política, etc…) en la que estamos inmersos desde hace ya muchas décadas. Desde el punto de vista religioso, la Muerte de Dios y la Muerte del ser humano son concomitantes de un mundo que ha perdido su alma. El Anima Mundi, o alma del mundo, cuenta con una larga historia en Occidente y unas profundas raíces en Oriente. Esta idea parte de la consideración de la Tierra como viviente y reflejo del macrocosmos. Luchar por el alma del mundo ha sido una empresa común en la que se han implicado santos y sabios de las principales confesiones religiosas a lo largo de la historia y aún en la actualidad. Ahora más que nunca necesitamos recuperar esa visión doble de la que hablaba el poeta William Blake para ver más allá de lo aparente y tomar conciencia de que “el reino de Dios está ante nosotros”, pero no lo vemos debido a nuestra inculcada ceguera colectiva. Sacar del prolongado letargo en el que están sumidos nuestros sentidos corporales y sutiles es uno de los objetivos de la obra que acaba de salir a la luz titulada “Naturaleza y espiritualidad. La cosmovisión de las religiones ante el cambio global”, editada por el sacerdote hindú y prolífico escritor ceutí Juan Carlos Ramchandani. Gracias a su esfuerzo y tenacidad ha conseguido reunir a un grupo de grandes conocedores de las principales tradiciones religiosas del mundo, como el hinduismo, el judaísmo, el budismo zen, el cristianismo, los bahá`is, los seguidores del maestro Sun Myung Moon o las enseñanzas de la orden Advaita Vedanta. A pesar de la disparidad de doctrinas y credos que han confluido en este libro sobre el vínculo entre naturaleza y espiritualidad, todas comparten el ideal común de considerar a la tierra como un don de Dios y a los seres humanos como sus guardianes y cultivadores. La tierra es un bien común de todos los seres vivos y un milagro divino que debemos valorar y agradecer a Dios, bajo el nombre que cada uno quiera darle. La Madre Tierra es la que nos da la vida y nos recibe tras la muerte. Aquí encontramos otro punto común a todas las religiones: la creencia en una vida más allá de esta realidad terrenal. Mientras tanto, es nuestro deber y obligación velar para la creación de Dios y no maltratar a los animales o las plantas ni esquilmar los recursos de la naturaleza. En todos los libros religiosos que se citan en este libro “naturaleza y espiritualidad” podemos encontrar doctrinas y dogmas religiosos que prohíben o condenan el daño a otros seres vivos o la profanación de los lugares sagrados. Estos sitios sacralizados suelen coincidir con espacios naturales de extraordinaria belleza y fuerza que han suscitado el asombro, la emoción y el sentido de transcendencia. Tales lugares siguen atrayendo a los creyentes de todas las religiones del mundo para orar, meditar y entrar en contacto con el plano de lo sagrado e inmutable. Los reservorios de espiritualidad dispersos por la tierra son nuestra principal esperanza para reformular nuestros ideales y volver a acercarlos a las virtudes clásicas de la bondad, la verdad y la belleza. Todas las confesiones religiosas están sustentadas en el amor, el afán por alcanzar la verdad y la perfección humana a través de la educación, así como el fomento de la expresión artística y el disfrute de la belleza de la naturaleza. Como escribió Lewis Mumford, “para nuestro futuro desarrollo, no necesitamos poder alguno, excepto el dirigido por el amor hacia formas de belleza y verdad. Únicamente cuando el amor se ponga a la cabeza, la Tierra, y la vida sobre ella, volverán a ser seguras. Y no lo serán hasta entonces”. Esta apuesta por el amor como fuerza sanadora de la tierra figura en todas las páginas de este libro sobre naturaleza y espiritualidad. El amor sinergético y compartido por todos los humanos de buen corazón puede lograr que todos los habitantes de la tierra alcancen su plenitud existencial y una vida plena, rica y significativa. Este objetivo será inalcanzable si las puertas de nuestros respectivos templos interiores siguen cerradas para Dios. Sólo quien siente a Dios en su corazón puede participar en la urgente labor de reconstruir el templo exterior que es la naturaleza circundante. Si lo conseguimos el Alma del Mundo regresará y volveremos a ver con los ojos del corazón. Esta visión renovada permite apreciar el carácter sagrado de la naturaleza y su condición viviente. Tal labor reconstructiva del templo interior y exterior nos concierne a todos, pues su origen no es otro que el centro de nuestras respectivas almas. A partir de la activación de este centro emana el agua de la vida capaz de revitalizar la naturaleza y todo lo que toca, incluyendo el corazón de las personas cercanas. Se trata de una tarea que debemos afrontar como lo han hecho todos los santos y sabios: con sencillez y humildad. Cada uno tiene que asumir este trabajo callado y paciente en el lugar donde le ha tocado vivir. No es casual que tres de los autores que participan en este libro “naturaleza y espiritualidad” seamos de Ceuta. Hace algunos años, en mi libro “El Espíritu de Ceuta”, anticipé el papel que debía desempeñar Ceuta. Entonces escribí que era preciso poner “los cimientos de un nuevo orden, de una nueva cosmovisión, de un nuevo paradigma, de una nueva mutación de la conciencia, de una reeducación de nuestra mente y un sincero culto de la Diosa Madre, Gea, matriz del proceso del universo y dadora de vida. Una vida que fluye de manera constante y cuyo proceso de renovación es especialmente observable en Ceuta, un lugar de especial fuerza, significado histórico y mitológico, donde los dos mares confluyen, como lo hacen los dos planos de la existencia, el terrenal y el espiritual. Este lugar sagrado y mágico está llamado a ser una “gruta sagrada”, un santuario dedicado a rendir culto a la vida, en el que se inicie la sustitución del mito de la máquina por el de la vida”. En aquella ocasión dejé por escrito una convocatoria universal “desde Ceuta a todos los buscadores de la espiritualidad, pensadores y artistas para que, inspirados por las Musas, nos ayuden a expresar las ideas fundamentales del mito de la vida”. Por fin siento que esta llamada desde Ceuta ha sido escuchada y la primera contestación a este mensaje es este libro titulado “Naturaleza y espiritualidad”. Nuestro objetivo es que los autores de este libro puedan desplazarse hasta nuestra ciudad para participar en unas jornadas que pongan las bases del mito de la renovación de la vida. Estamos convencidos de que contaremos con el apoyo de la Ciudad Autónoma para que estas jornadas puedan celebrarse y que se cumplan el anhelado propósito de que Ceuta sea reconocida como un santuario de la vida. Las razones que justifican el apelativo de sagrado para Ceuta las hemos expuesto Óscar Ocaña y yo en nuestro capítulo conjunto titulado “La experiencia de la vida”. Hemos elegido este título por un doble motivo: el primero es que nuestro acercamiento a la espiritualidad ha sido y es a través de las experiencias significativas que nos brinda la naturaleza ceutí y norteafricana. Y, en segundo lugar, esta elección para el título de nuestro escrito tiene que ver con un sentimiento compartido con el eminente psiquiatra Carl Gustav Jung quien declaró que para él Dios era una experiencia personal que le había aportado la certeza de su existencia. Las páginas del libro “naturaleza y espiritualidad” están cargadas de emotividad, transcendencia, pensamientos elevados y esperanza para superar los complejos retos a los que se enfrenta la humanidad. Esta crisis multidimensional nos brinda la oportunidad de avanzar en el diálogo interreligioso y el compromiso internacional en la defensa de los derechos humanos y de todas las formas de vida. En nuestros manos está el futuro de la tierra y de la humanidad. Nos tenemos ningún derecho a robar el futuro a las próximas generaciones. Por el contrario, es nuestro deber colectivo velar por la tierra y recuperar la plenitud de la condición humana que resulta imposible sin los aportes de los rituales, la cultura, el arte y la religión, tan esenciales para el ser humano como su pan cotidiano.

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