Cabeza de Medusa, Caravaggio. Uno de los lienzos más inquietantes y de mayor expresividad del autor italiano fue un encargo especial del cardenal Francesco Del Monte, personaje poseedor de una extensa cultura clásica y admirador de la obra de su protegido. El cuadro fue ofrecido como presente a su señor y amigo el Gran Duque de Toscana, Ferdinando I de’Medici, tal vez con la ocasión del matrimonio de su hijo Cosme II con María Magdalena de Austria. La tela habría de ser incorporada al nuevo arsenal del gran duque como escudo de gala o de parada, de ahí su forma. Se trataba de un escudo o rodela de madera de álamo como los que se usaban en combate, si bien éste en concreto sólo se usaría como emblema familiar, como una alegoría del triunfo sobre sus enemigos.
Según la mitología griega, Perseo, armado en su mano izquierda con un escudo de bronce bruñido, espió al monstruo a través de su reflejo en el metal para evitar así su mirada petrificadora, decapitándola a continuación mientras “las culebras y ella misma caían en un pesado sueño.” Guardó la cabeza del monstruo en su alforja y la utilizó para salvar a Andrómeda y vencer a sus enemigos. Finalmente colocó el terrible trofeo en el centro del escudo de Atenea, (Minerva, en la mitología romana) su diosa protectora. Por todo esto, desde antiguo fue habitual la representación de la Górgona Medusa en escudos, con el fin de alejar a los enemigos, y cuyo significado simbolizaba la victoria de la razón sobre los sentidos, el triunfo de la virtud. Poco a poco la imagen de Medusa se convirtió en un amuleto que daba suerte y no sólo se usó para embellecer los escudos, sino que fue costumbre, en el mundo romano, decorar vasijas, mosaicos o estatuillas que colgaban de las casas con la cabeza de la pobre Medusa. De todos modos, esta Górgona (ella era la única mortal de las tres Górgonas) ha constituido un tema iconográfico repetidamente tratado por artistas de todos los tiempos. Cabe destacar que la pintura de nuestro artista no es una estampa de Medusa muy al uso, pues ésta tenía cabeza de mujer, había sido anteriormente una mujer de una gran belleza, de la que se destacaba su hermosísima cabellera. Caravaggio la imagina como un muchacho con víboras en lugar de cabellos, los ojos desorbitados, más aterrorizado que terrorífico, los músculos del rostro y las mandíbulas desencajados y en total tensión. Personalmente, me recuerda a la cabeza de Medusa que sujeta el Perseo de Benvenuto Cellini en la galería de la Loggia dei Lanzi, en un extremo de la Piazza della Signoria, en Florencia. La mirada desviada a un lado y hacia abajo, no directa, (recordemos que su mirada petrifica a quien la observa de frente) y la boca abierta, como emitiendo un último grito ya inaudible. Los reptiles aparecen mordiéndose unos a otros, en confusión violenta, mortal y agónica, con la añadidura de toda esa sangre brotando con furia. Una imagen realmente sobrecogedora.
Pero lo que más me atrae del cuadro es ese rasgo natural, fuera de lo expresionista del mismo, con el que, además del rostro humano, pinta a las serpientes que conforman la cabellera del ser mitológico. La fisonomía, desfigurada de dolor, la estudió el pintor, probablemente, con su propio rostro en el espejo; para las víboras a modo de cabellos también debió fijarse en ejemplares vivos.
. No cabe duda, pues, de que los ofidios representados resultan ser vipéridos, con la cabeza triangular y bien diferenciada del cuello, y no culebras. Los cuerpos rechonchos y de cola claramente diferenciada típicamente viperinos se perfilan sin embargo más esbeltos y estilizados en el lienzo, como en las culebras. La cuestión es si podríamos identificar la especie de víbora aquí representada. En lo que actualmente es Italia, zona donde vivió el autor, podemos encontrar al menos dos especies de vipéridos: la víbora áspid (Vipera aspis), de amplia distribución, y la víbora de Orsini (Vipera ursinii) más localizada en la zona central. Habría que confirmar la presencia en la zona norte de dicho país de la víbora europea (Vipera berus) y la víbora cornuda (Vipera ammodytes).
De las cuatro especies mencionadas, la víbora áspid es la que más se asemeja a las que surgen de la cabeza de Medusa. Y aunque este animal posea una de las libreas más variables entre las especies de su género, parece fácil identificar las variedades “sellae” y “plúmbea” como las representadas en el lienzo. Ya hemos señalado esa esbeltez de las figuras del cuadro e impropia de las víboras. Pero salvo este posible o dudoso error de observación, el resto de los detalles resultan de un realismo casi científico. Las lenguas, bífidas y perfectamente dibujadas, las pupilas verticales a la luz del día, las milimétricamente representadas escamas ventrales o gastrostegos, el diseño y coloración de las variedades mencionadas expresadas con rigor puntilloso. Surgen inevitablemente algunas preguntas. ¿Por qué elige el artista una especie venenosa? ¿Queda así escrito en la tradición mitológica que las serpientes-cabello de la Górgona mortal eran venenosas (nada de eso leemos en los textos de referencia) o las elige el pintor para aportar un mayor grado de terror y desasosiego al conjunto? ¿Estarían los espectadores de la obra, sus coetáneos, preparados para identificar claramente a los ofidios como venenosos? Otra cuestión plantearía si, como era habitual en Caravaggio y como hemos mencionado arriba, se sirvió de modelos en vivo, si dibujó del natural. Esta víbora es de carácter manso, normalmente tímida. Como muchos ofidios suele evitar al hombre y en ocasiones no reacciona al ser asida o molestada. Se adapta bien a la cautividad. De todos modos, dudo que el pintor se arriesgara a tocar al animal, a ser mordido y afectado por la mordedura venenosa del reptil. Lo que no cabe duda es que, para la realización del cuadro, tuvo el modelo de víbora áspid delante de sus ojos, vivo y coleando. Queda claro pues que, tanto la culebra de cuatro rayas (La virgen de los palafreneros) como la víbora áspid, fueron estudiadas y observadas, artísticamente hablando, por Michelangelo Merisi de Caravaggio.
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