Todos tenemos experiencia del bienestar que nos produce, por ejemplo, una simple mirada, un gesto complaciente, una sosegada meditación, una compañía grata, un intenso silencio o la armoniosa cadencia de una melodía musical. Todos somos conscientes, además, de que son múltiples las dificultades para encontrar los caminos que conducen a la felicidad verdadera, honda y estable de la vida individual, de la armonía familiar y de la convivencia colectiva.
¿Cómo podemos encontrar -me preguntan- unas orientaciones válidas para acercarnos al bienestar, esa meta suprema y ese objetivo irrenunciable que, tenaz y paradójicamente, perseguimos recorriendo los caminos zigzagueantes de un mundo dislocado y de un universo desarticulado? En mi opinión, el camino adecuado para lograr la verdadera felicidad personal y el único medio para reconstruir esta sociedad está, más o menos oculto, en interior nuestro interior: es ahí donde están localizados los tesoros humanos -los más valiosos- que no pueden ser devaluados por el desgaste de la rutina, por el deterioro de las enfermedades ni, siquiera, por la decadencia de la senectud. Es en la hondura de nuestras conciencias donde siguen latiendo las semillas que, pacientemente cultivadas, generan imprescindibles cambios en nuestras maneras de sentir, de pensar, de amar y de relacionarnos con los demás. Es ahí donde descubrimos nuestra radical ignorancia, fragilidad y debilidad.
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