Opinión

Reconciliarse con los celos: una cuestión de fronteras

Suele pensarse en los celos como en una reacción negativa (y es verdad que sus efectos pueden ser devastadores). Los celos pueden llevar a la falta de respeto hacia la pareja, también a la agresión. Incluso pueden llegar a ser tomados como la prueba de amor definitiva. Pero, ¿qué hay en la base de los celos?, ¿qué podría ser lo universal en los celos?

Aunque esa respuesta tenga que ser encarnada en el inevitable uno a uno de cada vida concreta, aún podría decirse que los celos equivalen a querer. De acuerdo, pero, ¿querer qué? La respuesta que me sale al paso es querer que desaparezcan las fronteras. ¿Las fronteras dónde? Entre amor y deseo.

Cualquiera puede responderse (y consolarse), de una manera racional, si el asunto no le toca delleno, afirmando que ya saben que la pasión se acaba y que el amor no dura para siempre... En fin, cada cual podrá decir que todo eso de la frontera ya lo conoce. Pero una cosa es decir que se sabe, y otra es vivirlo.

La experiencia de los celos, en sus más diversas manifestaciones, puede resumirse en este divorcio: el deseo no siempre acompaña al amor. El amor, aunque pueda acabarse, aunque tenga también su lado transitorio, no deja de ser un fenómeno más estable. Si alquien nos ama, sabemos que ese amor es para nosotros y que esa persona nos ama de una forma irrepetible, incluso aunque ese sentimiento se acabe y se sustituya por otro. En el amor, aunque termine, hay algo de eterno.

El deseo, por su lado, se ríe de todo esto, en su constante fluctuar. Deseamos lo que no tenemos y, aunque nos pese, deseamos lo queramos o no. Desear está fuera de nuestra voluntad. Esto es lo que angustia en la experiencia de los celos: que el deseo del otro no se puede controlar. En este sentido, da igual si lo que se capta en nuestra pareja es una mirada furtiva y apasionada hacia otra persona, o el descubrimiento de una infidelidad consumada. El origen de lo que angustia es el mismo: esas experiencias nos confrontan a la separación radical entre amor y deseo.

Una de las maneras más habituales de defenderse de esa angustia es, claro está, culpar al otro. Si estoy angustiado, es porque el otro o la otra son malvados, porque se portaron mal, porque se podrían vestir diferente, porque ese café se lo podrían tomar con otra persona... Los reproches nunca acabarán mientras no se acepte el carácter indomable del deseo. Nadie lo controla. Hay que aprender a convivir con eso.

Aceptar la anarquía del deseo no quiere decir que tenga que equivaler necesariamente a aguantar infidelidades, o a que los modelos modernos como el poliamor sean la única salida. Nada de eso. No hay soluciones generales. Pero lo que sí está claro es que mientras no se confronte la constatación de esa frontera, de ese espacio inasimilable entre amor y deseo, hay más probabilidades de que la relación y los componentes de la misma, sufran.

En la geografía del amor y del deseo, siempre hay dos mapas que se juntan, con sus montañas, sus mares y sus lagos, y sería bonito pensar que finalmente todo queda en un terreno común, una zona que las dos personas tienen cartografiadas. Pero siempre habrá un terreno baldío, en blanco, intermedio, resistente a la catalogación. El resto, depende de cada uno. Podemos poner las energías en tratar de colonizar esa frontera, en llenar como sea de árboles o ríos esa zona agrietada. Opodemos tratar de vivir con una nueva geografía. Una en la que hay una zona en blanco. Si aceptamos eso, quizá el resto del mapa adquiera, todavía, mayor relieve.

*José Miguel García (josemigarmar@gmail.com) es psicólogo de la Educación

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