“Estaremos frente a Delegación hasta que el Gobierno nos atienda”. La frase la lanza James, un joven de 29 años, agarrado a una ira sorda contra el sistema legal español. Era jugador de fútbol en Costa de Marfil, se vino a España buscando lo que todos, una vida mejor, y dejó atrás una niña con 4 años “que ya tiene 5”. Y todo para nada, para acabar preso, fue un error venir aquí”. James lleva un año en el CETI. Y dice que ha visto de todo: “Gente dando vueltas, dándose golpes, gente que se ha vuelto loca al vivir esta situación. Nadie se imagina por lo que estamos pasando, queremos que esta situación se acabe, si aquí no podemos estar, si no nos dejan viajar a la península, pues al menos que me dejen volver a mi país, del que nunca debería haber salido”, dice con desesperación volcánica.
La palabra de James tiene peso atómico entre el resto de compañeros de CETI. “Que hoy no es muy numeroso porque el Ramadán se nota, pero que sepan desde el Gobierno que no vamos a parar hasta que nos den una solución, estaremos día y noche, somos africanos y podemos aguantar”, responde el joven con el miedo y la rabia acumulados durante un año. Y con una mano levantada en señal de lucha. “Una lucha pacífica”, aclara.
James sigue hablando. Es imposible pararle.”"He visto a gente que tiene que dormir en la calle, que no les dejan entrar en el CETI porque han tenido problemas con quienes trabajan allí. La Policía nos trata bien, eso también queremos decirlo”. Los gritos de Libertad vuelven. Ahora es imposible oirlos.
Una tarjeta amarilla pone los ojos como uvas a Cisse. Se cabrea. Invita a leerla. Es una tarjeta que le da asilo político en todo el país. “Entonces, ¿por qué no puedo ir a la península?”. No lo entiende. “Soy una persona”, clama con la incertidumbre pisándole los talones. “Yo no quiero pedir asilo político”, resuelve James, tomando de nuevo el liderazgo, “porque después ¿cómo vuelvo a mi país?”.
Las palabras de un viandante, llamándoles delincuentes, enfada a James, “es que no es verdad, aquí hay gente muy válida, gente que lo está pasando mal y que sólo quiere un futuro mejor, pero estamos presos y nadie hace nada para ayudarnos”, declara.
Pero entre el colectivo de francófonos hay de todo. Gente que asegura llevar tres años esperando en el CETI cuando sólo lleva quince días en Ceuta. Se les reconoce pues han sido protagonistas de las fotografías sacadas recientemente en el puerto deportivo. No están todavía ni registrados cuando ya piden salir de Ceuta, mezclados con otros casos que sí, que llevan más años, que arrastran más tiempo en el CETI. Nadie, eso sí, más de tres años.
Todos tienen en común algo: son francófonos y están perfectamente organizados. De hecho ayer, en plena plaza, imitaban incluso formaciones militares. Al frente, o al mando, siempre los mismos: tres subsaharianos que son los que coordinan los movimientos del resto y que incluso, por su vestimenta, son diferentes a los demás. Ni se mueven, colocados en una esquina dirigen el tipo de presión que hay que hacer ante la administración. Y así funciona, como han funcionado con anterioridad, rompiendo la integración en las actividades que se imparten en el campamento, y separándose del colectivo de anglófonos.
De momento aseguran que van a mantener su protesta, pero no han remitido comunicado alguno a la Delegación del Gobierno. La Policía Nacional ha establecido turnos para controlar tanto su regreso al campamento como sus movimientos por la ciudad. Y es que el colectivo, que se mueve entre los 60 y los cien subsaharianos, no permanece quieto en un lugar. Van con sus pancartas y sus cánticos por el puerto, hacia el centro, escoltados por la Policía para evitar que corten el tráfico. Es otro tipo de manifestación ‘al estilo parados’ pero protagonizada por subsaharianos que tienen, curiosamente, también en contra una sentencia judicial. A los peticionarios de asilo se les echan encima las sentencias que impiden su marcha a Algeciras aunque tengan la tarjeta amarilla; a los que llevan más de tres años se les veta su derecho a regularizarse porque nadie revoca su expediente de expulsión. Legalmente es posible e incluso el Defensor del Pueblo ha dado la razón a la administración central.
De momento: segundo día de concentraciones, de cánticos, de protestas y de organización militar. Y mientras, algunos duermen a las puertas de la Jefatura o en la plaza de los Reyes. E incluso piden limosna con un cubo en el que solo caen céntimos.
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