Mientras repasaba la escala del tiempo geológico en mi manual de Ciencias de la Tierra, me detuve en la inmensidad de los aproximadamente 4.600 millones de años que los geólogos atribuyen a nuestro planeta. Para comprender semejante extensión temporal, la dividen en eones, las unidades más amplias, que a su vez se subdividen en eras, períodos, épocas y, finalmente, años.
Me llamó la atención que algunos términos, pese a su uso extendido, no son reconocidos oficialmente por el Comité Internacional de Estratigrafía. Es el caso del eón Precámbrico, que abarca desde el Hádico, cuyo nombre procede del griego Hades, “inframundo”, hasta el inicio del Fanerozoico, “vida visible”, hace unos 542 millones de años, cuando los primeros invertebrados poblaron la Tierra.
Para llegar a estas clasificaciones, la geología ha recurrido a múltiples técnicas, siendo la datación radiométrica la más precisa. Gracias a ella, la ciencia ha podido reconstruir la historia profunda del planeta. De ahí el principio fundamental: “el presente es la clave del pasado”. Las condiciones actuales permiten interpretar las condiciones infernales del origen de la Tierra.
Si trasladamos este principio al ámbito social, también podemos comprender mejor el pasado de la humanidad y, con ello, evitar repetir los errores que nos condujeron a dos guerras mundiales y que hoy nos empujan hacia una crisis ambiental sin precedentes, esta vez provocada por nuestra propia mano.
La ciudadanía vive con temor. El orden internacional que conocíamos parece resquebrajarse. Una de las naciones más influyentes del mundo está dirigida por una figura, Donald Trump, que muchos describen como egoísta, narcisista y caprichosa, cuyas decisiones parecen guiadas por intereses personales. Al mismo tiempo, las formaciones de extrema derecha ganan terreno, expandiendo discursos de odio y señalando a los más vulnerables.
Para comprender este clima, resulta revelador el análisis de Siegmund Ginzberg en Síndrome 1933, donde muestra cómo los acontecimientos actuales recuerdan inquietantemente a la Alemania de los años treinta. Hitler, en 1933, era percibido como símbolo de cambio y renovación. En las elecciones de julio de 1932, el Partido Nacionalsocialista obtuvo su mejor resultado en unos comicios aún democráticos. El centro y la izquierda, pese a sumar más votos, fueron incapaces de unirse.
Los movimientos fascistas han recurrido siempre a las mismas herramientas: la mentira (“Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”, decía Goebbels), la manipulación mediática, la explotación de los miedos y frustraciones, y la creación de enemigos imaginarios o sobredimensionados: inmigrantes, mujeres, homosexuales… La desinformación, el control educativo y otros mecanismos de encuadramiento social buscan legitimar al líder. Prefieren el intervencionismo al mercado libre, la beneficencia a la sanidad pública, el paternalismo a los derechos ciudadanos.
En un artículo reciente, Diego López Garrido recuerda que, aunque algunos países intentan restaurar viejas lógicas colonialistas, el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial sigue vigente. Ese marco jurídico, diseñado para la paz y la prosperidad, continúa siendo válido. Lo esencial es creer en él y negarnos a sucumbir ante nuevas formas de brutalidad en pleno siglo XXI.
Salman Rushdie afirmaba que “oscuridad” es la palabra que mejor define este presente. Puede que tenga razón. Pero, como señala Lakoff en Cómo mantener viva la democracia en 2025, la respuesta no puede ser la resignación. Para la extrema derecha, los enemigos no son solo los inmigrantes: también las personas LGTBI, las mujeres, los progresistas, las personas trans… y, en general, cualquiera que defienda la democracia.
Por eso, hoy más que nunca, es urgente persistir y resistir.
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