Opinión

La política, el show y los culpables

Ala política se llega con preparación. Pero esto se perdió hace mucho tiempo, desde que los partidos con opción a gobernar se creyeron que sus listas se hacían con fichajes al estilo de un equipo de fútbol y con la carga de una alforja llena de compromisos (los enchufes de toda la vida). No se buscaba a los mejores, no; la quiniela se rellenaba de acuerdo a los intereses, con personas sin preparación, en muchos casos sin educación y en otros muchos sin espíritu por hacer política. Aparecía la hija de, la vieja/viejo del partido que hay que mantener porque nunca ha tenido oficio fuera de la política y literalmente no sabe hacer nada y el rescatado, que siempre se estrella y siempre hay que recoger.

La consecuencia de esto fue doble: primero, la degradación y la falta de respeto que la sociedad en general ha tenido y tiene hacia quienes les representan en gobierno y oposición; segundo, los espectáculos en que se han convertido los plenos que pueden ser la mejor selección de muditos o la de faltosos.

Es tal la ausencia de respeto que se tiene hacia el ciudadano que muchos diputados ni siquiera van a las sesiones plenarias o solo calientan la silla unas horas. Eso sí, cobran sus dietas. Los de Vox se llevan la palma. No tienen vergüenza en ejemplificar sus ausencias ni en permanecer en ‘modo avión’. Luego ejercen de plañideros ante los medios diciendo que se les tiene manía y por eso se habla mal de ellos (en campaña se les llenaba la boca diciendo que no los necesitaban y ahora cuestionan que no se les publique la nota ‘chorra’ del día o no se acuda a su rueda de prensa ‘show’ del mes). Lo hacen mientras siguen prostituyendo la política arrojándola al fango a base de espectáculos, insultos, incumplimientos y nula experiencia política -esto es lo más sorprendente, como esta panda de diputados puede hacer una exhibición pública de su falta absoluta de preparación sin sonrojarse siquiera-.

A esta situación se ha llegado porque quizá entre todos lo hemos permitido por la poca exigencia o por el voto fácil entregado a quienes nos prometen un hotel de cinco estrellas en mitad del mar o un aeropuerto. Y el común de los mortales va y se lo cree. No solo eso, va y vota en masa. Lo hace porque sueña con micropelotazos. Ahora, no se vende un hotel de cinco estrellas sino que se aprieta la tuerca de las viscelaridad usando los problemas sociales para cargar, a base de mentiras, contra los de siempre. No creo que esto cambie. La culpa la tenemos, sí, nosotros. La tenemos cada vez que votamos y cada vez que callamos.

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