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Pobres, pero decentes

José Ortega y Gasset, uno de los filósofos españoles de mayor fama internacional, nos legó una frase que ha alcanzado gran popularidad: “yo soy yo y mi circunstancia”. Esta sentencia filosófica ha servido, en muchas ocasiones, como coartada para justificar ciertas conductas individuales haciéndolas achacables a una serie de condicionamientos de índole familiar, social o económico. No cabe duda que las circunstancias que nos rodean afectan a nuestro desarrollo como persona y limitan las posibilidades de éxito en la vida. Muchas personas tienen la mala suerte de crecer en ambientes familiares complejos o en entornos sociales conflictivos debido al desempleo o al tráfico y consumo de drogas. No hay que irse muy lejos para observar este tipo de situaciones. En Ceuta muchos de nuestros vecinos padecen una situación socioeconómica incompatible con la dignidad humana. Con ello, la afirmación orteguiana adquiere visos  de verosimilitud. Sin embargo, Ortega y Gasset insistía en no pasar por alto la primera parte de su declaración, el yo.
Tal y como plantean de manera acertada M. Güell Barceló y J. Muñoz Redón, en su conocida obra “Sólo sé que no sé nada” (Ariel, 1996), en nuestra sociedad se ha perdido “el equilibrio de las dos partes de la conjunción orteguiana: yo y la circunstancia. Hasta tal punto es así que, a estas alturas, ya sea en la política, como en la filosofía o en las ciencias sociales, tendemos a sobrevalorar uno de los dos componentes y a olvidarnos completamente del otro”. Este desequilibrio es claramente apreciable en el mundo de la ideología política. De este modo, para los partidos conservadores, el individuo es el único responsable de su destino y si no alcanza el éxito será porque no se ha esforzado demasiado o no ha sido suficientemente competitivo. Por el contrario, los llamados partidos progresistas, tienden a menospreciar la responsabilidad personal en los actos individuales y en su status socioeconómico. En definitiva, y en esto coincidimos con las autores del referido libro, “quizás no es tan importante lo que la circunstancia ha hecho de mí, sino lo que yo haga con lo que la circunstancia ha hecho de mí”.
Reflexionando sobre estos dos componentes que analizó Ortega y Gasset, el yo y la circunstancia, -sobre todo en un periodo electoral en los que algunos hablaban de igualdad sin hacer una mínima crítica de la actitud personal de aquellos para los que reclama esta igualdad; y otros de la continuidad, desde el convencimiento que la balanza favorece a quienes más se lo merecen-, nos encontramos con una entrevista en “El País Semanal” a la chilena Joan McDonald. Esta atípica arquitecta, que lleva toda la vida viajando por el mundo para ayudar a mejorar las viviendas de los más pobres, habló de un proyecto que encaja perfectamente con el tema que estamos tratando en este artículo. Se trata del denominado “fondo de los pobres decentes”. Tal y como nos cuenta la Sra. McDonald, esta iniciativa comenzó en Tailandia y fueron sus propios impulsores quienes decidieron el nombre que los identifica. Llevados por un fuerte sentimiento de orgullo y dignidad, comentaron que “no nos gusta que quienes no son pobres digan quiénes lo son. Vamos a tomar la responsabilidad social de echar adelante a nuestros más pobres”. Lo más interesante de este movimiento es que está restringido a los que denominan “pobres decentes”. ¿Qué quieren decir con “decentes”?. Pues que “tendrá ayuda aquel que la merezca porque a veces la pobreza puede ser la pereza y no se le puede dar un premio adicional”.
Siguiendo con esta idea, Joan McDonald, -que cuenta con la suficiente fuerza moral para hablar de este asunto-, cuenta como en su país natal, Chile, “el sistema de subsidios ha permitido hacer muchas casas. Le ha convenido a los constructores. Pero no le ha hecho bien a la gente. Se han convertido en un premio a la pobreza. Hoy los pobres son muy exigentes, pero nada autoexigentes”. Y aquí volvemos al punto de partida: el yo y la circunstancia. Según se desprende de las palabras de esta loable arquitecta, las circunstancias no pueden convertirse en una excusa para no esforzarse en la autosuperación personal. Las administraciones tienen la obligación de ayudar a quienes lo necesiten, pero estas ayudas no pueden derivar en una invitación a la holgazanería crónica. La actitud demasiado paternalista de los gobiernos lleva a que algunos no hagan el más mínimo esfuerzo individual para mejorar su nivel educativo, cultural y formativo que les permitiría mejorar sus expectativas sociales y laborales. A diferencia de otros países, -como en los que suele trabajar Joan McDonald-, en España, y más concretamente en Ceuta, contamos con una oferta educativa amplia y variada para que todos los jóvenes pudiera alcanzar un nivel académico adecuado para acceder con ciertas garantías al mercado laboral. Tampoco resulta excusable que algunas  personas que acceden a los numerosos puestos de trabajo temporales que ofrecen las administraciones no quieran pegar un palo al agua, en vez de limpiar los numerosos vertederos incontrolados que ellos mismos o sus vecinos generan en distintos puntos de la ciudad.
Ya es hora de que en esta ciudad empecemos a decir las cosas claras. Y a distinguir entre los decentes y los indecentes. Al igual que se dan casos de auténticos haraganes e irresponsables, hay que reconocer la existencia de muchas personas que a pesar de una “circunstancias" adversas  se esfuerzan por mejorar y aprovechan las escasas oportunidades que se le ofrecen para demostrar que son personas validas y decentes.
Todos, incluso los perezosos, merecen una vida digna, aunque  habría que dar prioridad a aquellos que luchan y se esfuerzan. Así que igualdad sí, pero también menos discursos victimistas que sólo alientan el resentimiento entre unos y otros. Nuestro esfuerzo debería dirigirse a que todos los ceutíes disfruten de unas “circunstancias” personales y sociales que hagan posible el cultivo del “yo” mediante la educación y la cultura.

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