Comenzar un relato sobre las maravillas de una ciudad milenaria, noble y leal, me parece que es algo muy usado últimamente. Alumbran libros, cuentos, poemas, relatos que narran las maravillas de una mujer muerta con trenzas en el pelo, que descubren cómo las olas mecen las riberas y sus barcos, que abre las puertas de sus murallas para descubrir un pasado escondido bajo ancestras piedras portuguesas y nos recoge en su regazo para abrazar los sueños de sus habitantes y sus visitantes. Pero las verdades de esta nuestra ciudad no son tan hermosas; nuestro paisaje, nuestro mundo, nuestra historia sólo esconde la podredumbre de parte de sus gentes, nuestro día a día no es tan bello como en esas fotografías del litoral ceutí que tan orgullosos exhibimos. ¿Dónde se escriben las miserias de una clase pudiente y obcecada? ¿Dónde se recogen las miserias de un pueblo roto? ¿Dónde leer sobre los problemas que acarrea la crisis a los ceutíes?
Realmente no se quiere ver. Con las vendas en los ojos se habla y se habla de lo maravilloso de nuestro mundo, y sólo puedo concebir MENTIRA. Solamente palabras decoradas y envueltas en perfume para que entren mejor en la pituitaria de los “creyentes”, pero que acaban convirtiéndose en un hedor insoportable cuando se vuelve la cabeza hacia el otro lado y se van abriendo los ojos a una realidad cruda ocultada a toda costa. Un hedor que va impregnando hasta el último rincón de una pequeña ciudad, que oscurece sus calles cuan niebla espesa y negra de esas noches de levante pegajoso, que embriaga a sus habitantes ebrios de palabras y sonidos de belleza deslumbrante.
A medida que avanzan por sus calles van saludando a diestro y siniestro, mientras tú vas notando la falsedad de esos gestos en las caras de los hipócritas saludantes, notando cómo esa pestilencia te asfixia a medida que haces el intento de sonreír gesticulando a otro de esos falsos compañeros, mientras el nudo que sientes en el estómago va subiendo hasta el cuello cambiando la expresión de tu rostro, cargándolo de resentimiento según avanzas por tu camino. Y lo peor de todo es que cada vez hay más ceutíes que se ahogan cuando reciben esos saludos cargados de fetidez; ceutíes cansados de ver fachadas falsas; cansados de soportar sobre sus hombros la carga de levantar a una familia afectada por la crisis mientras los falsarios viven en su mundo de supremacía y abundancia.
Mi pobre ciudad, tan querida por sus habitantes, se ha transformado en poco tiempo en una ciudad de falsedades, en un gran crisol de envidias, ciudad natal de piratas amantes de lo ajeno, paradigma de las malas artes, centro mundial de la hediondez. Una ciudad avocada a su destrucción ante la inmundicia que ha echado raíces en su interior adueñándose de una tierra que no les corresponde, pero que son tan profundas que acaban levantando los mejores cimientos. Hipócritas saludantes cuyo deporte favorito es la venta de una fachada impoluta, que te hace ver a un ser honesto, limpio, creíble, cercano, y no sé cuantos adjetivos más pudiera ponerle, acaba siendo un despojo amontonado de miseria interior que en realidad nunca te aportará nada positivo, sino todo lo contrario, ya que intentará anclar sus raíces en tus entrañas para mamar todo lo bueno que haya en ti, dejando seca tus alegrías, tus apoyos, tus ideas, tus sueños.
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