Opinión

Una Ciudad sin proyecto educativo

El éxito escolar es la obtención del título. El fracaso escolar es no hacerlo. La educación ha devenido en una especie de yincana cuya finalidad es ejercer de filtro para establecer las categorías sociales. Es la concepción de la educación en un mundo gobernado por la competitividad como valor supremo

Las palabras se gastan. El (mal) uso generalizado, repetitivo y continuado de una palabra puede terminar por vaciarla de contenido, tergiversarla o resignificarla. Tal es el caso, por ejemplo, de la hermosa palabra “solidaridad”. Tantas cosas son tildadas de solidarias que, en realidad, ya nadie sabe bien que significa ser solidario o solidaria. Algo parecido ocurre con el término “educación”. El progresivo desinterés por el conocimiento y la formación como un fin deseable en sí mismo, sustituido por el interés (casi exclusivo) en la “titulación”, ha ido reduciendo el concepto “educación” a la actividad reglada que se desarrolla en las aulas gestionadas (directa o indirectamente) por la administración competente. Esta lesiva simplificación ha provocado que la educación con letras mayúsculas, la que se ocupa de la formación integral de la persona, deje de ser una prioridad social. La escuela se ha convertido en una mera fábrica de expedición de títulos. A nadie le importa realmente lo que hay detrás de cada uno de ellos. El éxito escolar es la obtención del título. El fracaso escolar es no hacerlo. La educación ha devenido en una especie de yincana cuya finalidad es ejercer de filtro para establecer las categorías sociales. Es la concepción de la educación en un mundo gobernado por la competitividad como valor supremo. La primera consecuencia de esta degeneración, es que el debate público sobre educación siempre queda circunscrito al ámbito del sistema educativo reglado. Se excluye del análisis (y lo que es peor de la estrategia y la planificación) a un amplio y relevante elenco de vectores que inciden de manera muy directa sobre los procesos educativos de cada individuo. A menudo, incluso, de mayor impacto que la propia escuela. Se pierde por completo la visión de conjunto cayendo en un reduccionismo que devalúa en exceso la función social que tiene (que debería tener) la educación. Un joven escolarizado pasa en el centro docente el doce por ciento de su tiempo (si descontamos el tiempo de sueño, se eleva al dieciocho por ciento). Durante ese periodo, recibe una formación basada en unos contenidos y unos valores estipulados en las leyes vigentes. Durante el resto del tiempo (es decir, durante el ochenta y ocho, u ochenta y dos por ciento restante, según se calcule), está sujeto a la acción educativa de los medios de comunicación, las redes sociales, la televisión (series, películas y concursos); el entorno familiar, las conductas y comportamientos de sus vecinos en las calles, plazas, establecimientos, recintos deportivos… No podemos caer en la ingenuidad de pensar que la actividad escolar es capaz de contrarrestar los efectos de la formidable maquinaria de educar que constituyen las dinámicas sociales en las que los alumnos y alumnas viven y en las que se dilucidan todas y cada una de las cosas que verdaderamente les importan. Esta obviedad quedó muy bien explicada, con la fuerza de la sencillez, en aquel famoso proverbio africano: “Para educar a un niño, o a una niña, hace falta la tribu entera”.

Basándose en esta idea, y con la intención de devolver al término “educación” su sentido más profundo y extenso, diversos movimientos sociales del ámbito educativo están impulsando los denominados “Proyectos Educativos de Ciudad”. Se trata de entender que en una comunidad todos somos alumnos y todos somos profesores al mismo tiempo. Asumir que el proceso de aprendizaje de una persona es algo más complicado y complejo que lo que se hace “en clase”. Todos, de diferente manera, en diferentes momentos o con intensidad variable; influimos en la educación de un alumno o alumna. Por ello es imprescindible ponernos de acuerdo. Consensuar la escala de valores en la que creemos. Determinar los objetivos pedagógicos que nos proponemos. Articular los medios e instrumentos que podemos utilizar para conseguirlo. Y lo que es más importante, establecer el rol que cada cual, como agente educativo, debe desempeñar en esta apasionante aventura que es educar a un niño o una niña. Si, además, obtiene una titulación, mejor.

La realidad de Ceuta, sin parangón alguno, hace de nuestra Ciudad un lugar ideal para poner en marcha una iniciativa de esta naturaleza. No sólo por el abultado déficit existente en el sistema reglado (medidos en términos de fracaso escolar); sino por la evidente fragmentación social que dificulta enormemente la práctica efectiva de valores y principios democráticos, y por la falta de actitud participativa y colaborativa que nos caracteriza. Ceuta debería tener un “Proyecto Educativo de Ciudad”. Es esencial para diseñar y ganar el futuro. Todas las personas y entidades relacionadas e implicadas en el mundo educativo, deberían propiciar un debate abierto sincero, riguroso y constructivo que concluyera en un documento consensuado. Sin embargo, son precisamente quienes pueden liderar esta propuesta por su posición política e institucional, los más reacios a hacerlo. Lo que demuestra que, en Ceuta, desgraciadamente, hay demasiadas cosas que no funcionan.

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