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Paz

Qué nombre más bonito. Era una calurosa tarde de primavera. La Iglesia era muy pequeña, aunque coqueta. Estaba decorada en sus paredes con unos sencillos frescos. Nada de lujos.

Como el entorno en el que se ubicaba. El Castillo de Tajarja, pedanía de la localidad granadina de Chimeneas, en el que hay un famoso restaurante, El Olivo, donde su Chef recibe a los comensales con un enorme gorro blanco, sentándose a la mesa con ellos para explicarles las delicias que ese día ha preparado. Allí, al fondo, junto al Altar había dos jóvenes sonrientes y radiantes de felicidad. Ella llevaba un precioso vestido blanco, con una cola que traspasaba al menos dos bancadas. Él vestía un sobrio y elegante traje negro. Junto a ellos estábamos sus familiares más directos y algunos amigos.  
Sonaba el Ave María de Shubert de fondo. El sacerdote hizo una ceremonia sin excesos. Su homilía fue sincera y directa. De las que no aburren. Mientras ensalzaba las bondades del destino (el dispuesto por su Dios cristiano, según nos comentaba), por haber producido el “milagro” de que en ese día se pudieran unir en matrimonio dos jóvenes que nacieron a miles de kilómetros de distancia el uno del otro, yo me trasladaba en el tiempo al día en el que vio la luz Paz en la Alemania de la emigración española. Su madre era de esas generaciones de hijos de emigrantes españoles que se quedaron a vivir y trabajar en ese país, incluso después de que sus progenitores regresaran a su tierra. Tuvo esa única hija. Pero, fatalidad del destino también, fue concebida con una grave dolencia que, afortunadamente, los doctores alemanes le detectaron cuando aún estaba en el vientre de su madre. Esto fue lo que le salvó. No sabemos si de morir. Pero sí de haber quedado postrada en la cama, o en una silla de ruedas, por el resto de su vida. También la posterior dedicación y paciencia de sus padres, junto a los exquisitos cuidados del personal sanitario. Para mí, este era el verdadero milagro. El de la ciencia. Y también lo que hacía que me emocionara cada vez que veía sonreír a la pequeña Paz.     
Ya en la celebración, la noche dio para muchos gestos y recuerdos. También para vivir agradables momentos en compañía de esos familiares a los que, por distintas razones, sólo ves de tarde en tarde. El menú y todo lo que le acompañó, había sido cuidadosamente preparado. Paz y Eduardo se sintieron  como en un cuento de hadas. Pero lo más tierno era verles haciéndose caricias, o ayudándose mutuamente para realizar las tareas para las que tenían alguna dificultad.
Y llegó el momento más importante. El final del convite y los discursos de despedida. Primero habló un familiar del novio. Entre sollozos, recordó a todos los presentes las enormes dificultades que había tenido en su infancia Eduardo que casi pierde completamente la vista. También lo que había sufrido su madre para sacarlo adelante. Para ellos, verlo ese día allí, convertido en esposo de Paz, era lo más grande que les había podido ocurrir. Era el día más feliz de su vida. Por eso, en nombre de toda su familia, no paraban de agradecer a los presentes que les acompañáramos en esa jornada tan especial.
A continuación le tocaba el turno a la familia de Paz. Asumí gustosamente el compromiso, por aquello de la edad (aunque tampoco era el mayor). No tenía preparado discurso alguno. Pero lo que hablé me salió del corazón directamente. Dicen que los hombres no lloran. Pero a mí aún me salen algunas lágrimas (…bueno, tampoco tantas), incluso al escribir estas líneas. Pero creo que conseguí transmitir mi mensaje, que iba en un doble sentido. El primero, reconociendo que gracias al magnífico sistema sanitario alemán, del que se beneficiaron miles de españoles y de trabajadores de otros países menos desarrollados, Paz había podido salir adelante. Afortunadamente, hoy tenemos en España uno de los mejores sistemas públicos sanitarios del mundo. ¡Que no nos lo quiten!. Y que tampoco impidan a los más humildes poder utilizarlo. Hice un encendido llamamiento a los presentes para que lo defendieran por encima de todo.
El segundo mensaje iba destinado a reconocer que el Amor, el verdadero, no tiene fronteras ni límites. Es sincero y limpio. Claro y transparente. Como el que transmitían Paz y Eduardo, que consiguieron regalarnos a todos con sus sonrisas uno de los días más felices de nuestras vidas. Mi agradecimiento especial a ellos y a sus progenitores por este maravilloso día.  

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