Nunca ha abandonado su amor por la música. De hecho, tras la pandemia, aúna su pasión por el deporte con la guitarra en Ceuta.
Rafael Muñoz, propietario del gimnasio Ushiro, inauguró hace unos años una pequeña sala dedicada a esta segunda vocación. Se trata, quizá, de una faceta oculta para algunos caballas y conocida por tantos otros.
Allí, en un ambiente familiar, comparte con sus amigos esta afición. Normalmente tocan los viernes por la tarde y, aunque no se trata de algo profesional, invita a todos los que estén interesados a unirse para tocar música. Su pasión por los acordes y los punteos nace a los quince años a través del instituto. “Tenía un amigo que tocaba la guitarra y me gustó. Me enseñó”, cuenta. No se considera profesional ni tampoco ha sido parte de ningún grupo musical desde que arrancó su andadura en su adolescencia. Él se define dentro de otro rango dentro de los músicos. “Soy callejero, digámoslo así”, comenta.
La idea surgió a raíz del desuso de la sala de spinning del gimnasio. Cada vez eran menos los clientes que la utilizaban. Así, en este momento en el que estaba de capa caída, decidió transformarla y darle un uso diferente. Ahora es una sala dedicada a la música en la que interpreta versiones de canciones conocidas de distintos géneros.
“Tocamos de todo. Flamenco, pop, rumba, temas de los años 80, 70... Lo que haga falta”, detalla. El vocalista no es uno solo. Normalmente se turnan y, a veces, graban algunas de las canciones y las suben a redes sociales.
“Toco la guitarra todos los días”, asegura. Muñoz también sabe tocar el ukelele, pero su instrumento predilecto es, sin duda, la guitarra. Tiene en total siete, muchas de ellas acústicas, aunque algunas son eléctricas y flamencas. Afirma que, aunque se trate de una especie de reunión privada, el grupo “no está cerrado. Si alguien más se anima también puede pasarse por aquí”, comenta.
Tienen en la sala cajas flamencas, guitarras, una batería y, de vez en cuando, un bajo que trae uno de sus amigos de vez en cuando. Se reúnen los viernes sobre las siete y “echan” un par de horas. “Tenemos aquí los instrumentos, los amplificadores y tocamos un ratillo”, señala. Al lado de las paredes del gimnasio se esconde este pequeño tributo a la música.
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