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Un paseo por el INFIERNO

Por Germinal Castillo
09/03/2026 - 07:36
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En la ciudad de Weimar se empieza a notar que la primavera avanza en el mes de abril. Tras un invierno sin piedad en el que hielo y nieve hacen estragos asesinos, los 10º que miden los termómetros se consideran casi un anticipo del verano.

Weimar está situada en el centro de Alemania y cuatro fechas importantes la marcan, además del 7 de octubre de 1947, día de su inclusión en la República Democrática de Alemania, país bajo la dominación de la URSS.

En 1919 se inicia el Movimiento Bauhaus de arquitectura que prima la funcionalidad sobre las formas.

En 1919 también se redacta y aprueba la constitución de una Alemania que acaba de perder la Primera Guerra Mundial y que adopta precisamente el nombre de República de Weimar.

En 1937 se abre el campo de concentración de Buchenwald en una colina cercana a la ciudad. Por allí pasan un total de 250.000 personas y se calcula que pierden la vida más de 60.000 presos, incluidos muchos republicanos españoles.

Por cierto, bueno es señalar que ese campo no se cierra y que es utilizado por la NKVD (antecesora del KGB) para encerrar, en las mismas condiciones que los nazis, a los presos políticos del régimen soviético.

Y finalmente, el muy señalado 12 de abril de 1945. Liberado 8 días antes, el campo recibe ese sábado la visita del Comandante Supremo Aliado, el general 5 estrellas Dwight David Eisenhower. El conocido como Ike.

En Buchenwald encuentra a cientos de cadáveres en descomposición dentro de vagones ganados. Son prisioneros olvidados y abandonados. Hay cuerpos amontonados en los mal llamados dormitorios e imágenes que ni siquiera Dante hubiese podido imaginar. Pavor infinito.

Además de sentirse horrorizado de compartir el mismo género humano que quienes provocan esta barbarie, Ike tiene una reacción que va a cambiarlo todo y para siempre. No sólo ordena que se documente todo y que se fotografíe y que se filme absolutamente todo, sino que obliga a todos los habitantes de Weimar a visitar el campo. Es un paseo por el infierno.

Los kilómetros de películas, y las miles de fotografías,no solo  son fundamentales en el desarrollo de los juicios de Nürenberg, sino que son testimonios inapelables para la historia.

Los generales Patton y Bradley adoptan las mismas medidas de llevar a los vecinos a esos campos de muerte.

En todas las escenas que los cámaras y fotógrafos de la US Army captan, hay un denominador común: las lágrimas de los lugareños se mezclan con una inusitada sorpresa: Nadie sabe nada. Nadie se imagina nada y parece que en Weimar nadie ve un tren cuando llega cargado de muertos vivientes, o que nada se desprende de las chimeneas del campo.

Nadie trabaja, directa o indirectamente para el campo de Buchenwald y nada llega a conmover a nadie. Aquí no pasa nada, ni le pasa a nadie. Efectivamente, es la nada sin un ruido de nadie, como en los cementerios.

Algo parecido ocurre en la Argentina de Videla (dictadura de 1976-1983) cuando el Batallón de Inteligencia 601 secuestra a vecinos, pero nadie se da por enterado de nada. El “aquí no pasa nada” se solapa con el “algo habrá hecho”. Un clásico que vuelve una y otra vez.

Parece claro que los vocablos “nadie” y “nada” se repiten hasta la saciedad cuando se trata de tomar posición contra la intolerancia. Antes y ahora, no nos engañemos. Pero, a pesar de todo, seguimos autodenominándonos la especie superior sin que por ello nos alcance una pizca de vergüenza. Penoso.

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En pocas frases, Albert Camus sabe expresar perfectamente la actitud de los wermareses y similares en su más que recomendable obra, “La Peste”(1947). En esta novela relata, mediante la historia de la lucha de un médico contra una epidemia de peste bubónica en la ciudad de Orán, la actuación de los nazis en Europa.

“Por la mañana, los primeros días, un vapor espeso y nauseabundo planeaba sobre los barrios orientales de la ciudad.

Según la opinión de todos los médicos, aquellas exhalaciones, aunque desagradables, no podían perjudicar a nadie.

Pero los habitantes de aquellos barrios amenazaban con abandonarlos, persuadidos de que la peste se abatiría sobre ellos desde lo alto del cielo, de tal modo que hubo que dirigir hacia otra parte los humos por medio de un sistema de complicadas canalizaciones y los vecinos se calmaron.

Sólo los días de mucho viento un vago olor les recordaba que estaban instalados en un nuevo orden y que las llamas de la peste devoraban su ración todas las noches.

Estas fueron las máximas consecuencias de la epidemia”. 

Parece que la clave está, pues, en “dirigir hacia otra parte los humos por medio de un sistema de complicadas canalizaciones”. Magia sociológica de condicionamiento humano que nunca falla. Así de fácil.

Y en esas estamos.

Se nos amontonan las guerras en las noticias y las aceptamos con espantosa normalidad. Nos tragamos con increíble facilidad las causas de esos conflictos bélicos con espantosa conformidad para, instantes después, pasar a justificar bombardeos y masacres. Siempre es más cómodo ser del bando del poderoso que de la banda de los masacrados. Axioma.

Camus, otra vez él, decía que “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. Directo, contundente y muy sencillo de entender. Pues parece que no se comprende. ¿O es que quizás no se quiere ver? Tan crueles no podemos ser, seguro que no…

Muchas son las guerras que ahora asolan el planeta, pero sin duda el ataque de EE.UU e Israel a Irán se lleva el grueso de los titulares.

En Irán, por ahora las víctimas superan ya ampliamente el millar de personas, y si bien el régimen de los Ayatolás destaca por su sadismo, violencia, crueldad, carácter medieval y otros 10.000 calificativos más, a cual más denigrante aunque descriptivos, las víctimas civiles nada tienen que ver con estas bestias que mantienen un sistema del horror.

Apunte necesario al margen: los distintos responsables políticos y militares de Irán son lo mismo de absolutamente represivos y crueles que cuando recibieron la institucional visita de ministros de un partido español que hoy les critica, y no sin razón, lo reitero. Pero, recordamos que la coherencia es bienvenida, siempre… aunque rara, cierto es.

El caso es que el número de fallecidos va a seguir creciendo, lo queramos ver, o no. Y van a seguir siendo las víctimas inocentes las que mueran. Como en todas las putas guerras. En todas. No falla.

Dejaremos de lado, en esta ocasión, el coste económico de la guerra, el destino de los beneficios de tanto bombardeo, así como el objetivo final de esta confrontación. Esto último no es baladí, ya que el desenlace se avecina incierto a tenor de los constantes cambios de opinión al respecto de Trump Imperator.

Pero, ¿qué hacemos con esa normalidad que nos reviste a la hora de contemplar la guerra en Instagram, como si fuese una escena de video juego?

¿Nadie ve que la guerra es un hecho demencial, cargado de sangre ajena que debe salpicar nuestras conciencias? Si no se tiene de eso ya…

¿No caemos en la cuenta de que todas esas “bajas civiles” tienen la misma mirada inocente que nuestros hijos o que nuestros padres?

¿No acabamos de comprender que los conflictos bélicos siempre responden a intereses económicos o políticos de los poderosos?

Esta cobarde impasibilidad ante el horror lejano, ¿es la misma si los escombros de los bombardeos se amontonan en nuestras calles?

Inevitablemente esto nos lleva a una anécdota que, en su momento, cuenta con pesar un antepasado. Este hombre vive en primera persona la “Guerra de Cuba”, la que pone fin a la soberanía española de la isla. Tienen que luchar contra los separatistas cubanos, apoyados por los Estados Unidos y también contra las tropas de Washington, que se inventan una agresión a uno de sus barcos para inmiscuirse en el conflicto. Seguro que le suena.

El caso es que este tatarabuelo cuenta que, en un primer momento, los caballos que caen en combate son enterrados sin más. Cuanto más avanza la guerra,  los recursos se hacen escasos y munición, equipamiento y comida se hacen raros. Entonces, las tropas toman una decisión cargada de simbología y de hambre: deciden desenterrar los caballos para poder comer. Brutal.

¿Hace falta que las necesidades sean de tal envergadura para que reaccionemos? ¿Vamos a tener que esperar a que las dificultades nos empujen a hacer cola delante de un contenedor de los vencederos para darnos cuenta que la guerra es asquerosa y carente de toda moral, sin que importe que esté lejos o cerca de nuestra zona de confort?

Finalmente, es probable que la solución efectiva esté en Dwight David Eisenhower y en su decisión de hacer visitar los lugares donde la muerte se ha hecho institucional ante la indiferencia de todos.

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Para los que hoy aplauden a Putin o a Trump Imperator, a los que jalean a Netanyahu (a no confundir con el pueblo de Israel) o al Hezbolá, a los que defienden la inocencia de los ayatolás, de Hamás o del “trío de las Azores”, se deben programar viajes organizados. Así, pueden visitar las ruinas de Gaza para contemplar de cerca el genocidio y como decenas de familias ven sus casas reducidas a toneladas de cascotes, a no ser que esas familias sean sólo ya una simple lápida de cartón con unos nombres escritos con carbón.

También se puede pensar en un tour por Teherán para admirar las escuelas hechas literalmente polvo, cadáveres de niños y profes incluidos, y que les vayan explicando el significado de “baja colateral”.

En ese mismo Tour, hay un apartado para la guerra interna. Así, se visitan las cárceles dónde se torturan hasta la muerte a los oponentes del régimen de los ayatolás (igual que en los tiempos del Sha), las farolas de donde se cuelgan a los homosexuales,  las comisarías en las que se ejecutan a las mujeres que rechazan ponerse el velo, o las calles donde se masacra a balazos al pueblo iraní. Pero ojo, estos crímenes no datan de hace un mes, aviso, es mucho más antiguo y hasta ahora a ninguno de los “guerreritos” de tele y mando a distancia  en mano les había preocupado estos crímenes en lo más mínimo.

No se puede dejar tampoco atrás la posibilidad de ir a pasear entre el lodo y las tripas, todo bien mezcladito, de los campos de batalla de Ucrania y que les ofrezcan una charla sobre lo importante que es la geopolítica.

Se impone igualmente dejarse llevar, “cámara go pro” en mano, por los lugares en que los carniceros de Hamás han puesto coches bomba, y poder así contemplar la desolación en los llantos de quienes se han quedado con nada, incluso sin ganas de vivir o de amar.

No puede faltar tampoco una excursión por los territorios asolados por Hezbolá y disfrutar de las vistas de la desolación constante.

Aquí se debe aprovechar el viaje y desplazarse hasta el Líbano para comprobar como las tropas del primer ministro de Israel arrasan con todo a su paso.

Los amantes de la historia pueden optar a la posibilidad de una visita a Irak o a Afganistán, donde tras miles de millones empleados en armas y muertos por doquier, las cosas están peor que antes de las intervenciones que prometían paz, democracia y prosperidad.

Sin duda, estas visitas a lo Eisenhower se están haciendo imprescindibles y con carácter urgente, muy urgente, porque quizás así se nos deje de llenar la boca de imbecilidades alabando a un bando o a otro. Quizás entonces también, aunque existen muchas dudas al respecto, paremos de sublimar ante la visión de un misil intercontinental, un portaviones nuclear o las arengas de tal o cual valiente mandatario que hace la guerra con la vida de los demás.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero es posible que la “Doctrina Ike” sea la más efectiva en estos casos para darnos cuenta de como nos duermen con puestas en escenas hollywoodienses.

Que esa doctrina sea imprescindible para rendirnos a la evidencia de cómo nos cercenan el cerebro con toneladas de datos falsos, o de que forma aprisionan nuestro corazón haciéndonos creer que nosotros somos los buenos porque ellos son los malos, al igual que en cualquier REAL MADRID -Barcelona que se precie. La diferencia estriba en que los Clásicos se acumulan goles, mientras que en las guerras se amontonan pilas de cadáveres que no merecen ni siquiera un microsegundo de nuestra atención. Es más, consideramos a esas “bajas civiles” como normales y asumibles por el bien de todos.

Al paso que vamos, no va a existir ya mucha diferencia entre los habitantes de Weimar y nosotros, si es que aún existe alguna.

Un paseo por el infierno, algo más necesario que nunca por los tiempos que corren y la lobotomización que sufrimos y que hasta aplaudimos con fervor. De puta pena o de puta vergüenza, usted ya si eso…

Un paseo por el infierno cuanto antes por favor. Sin duda alguna.

Nada más que añadir, Señoría.

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