Papel mojado: Una noche en el viejo México

Emilio Aragón puede presumir de varias cosas, una de ellas la que nos lleva a estas líneas, pero otras varias lo convierten en uno de los personajes creativos del medio audiovisual más eclécticos del país. Milikito en sus orígenes, ha pasado por ser presentador y showman de (mucho) éxito en la pequeña pantalla,

business man de (mucho) éxito, compositor, intérprete de sus letras y director de cine entre otras interesantes labores. Es el propio Aragón el que cuenta que tras visionar su primera película, Pájaros de papel, los responsables del guión de esta que nos atañe contactaron con él para que la dirigiera por encargo; no sólo aceptó ponerse a los mandos de un género gestado y parido en Estados Unidos, valentía que es de justicia reconocer, sino que se implicó en producción, música, arreglos y montaje. Lo dicho: ecléctico y versátil el muchacho.
Además se da el realizador el lujazo de dirigir a un mito del cine como Robert Duvall en la piel de abuelo tejano que entre el chocheo y la poderosa vitalidad que irradia (por momentos más de lo primero o de lo segundo) emprende un viaje desesperado hacia la vida y la libertad cuando es despojado de su rancho. Hasta ahí, en algo menos del primer tercio de metraje, la cosa promete, pero a partir de entonces comienzan a verse las costuras del libreto con una sucesión de algo más que casualidades con la aparición del nieto (Jeremy Irving) justo cuando el protagonista se marchaba, las coincidencias con los villanos (entre ellos un Luis Tosar algo perdido por lo desdibujado de su personaje, pero siempre aportando presencia) del deslavazado thriller que pretende dar trasfondo a la aventura o la no menos casual e inverosímil alianza con “la chica” (Angie Cepeda).
El tono de western fronterizo crepuscular con aliños de road movie y una pizca de thriller no le ha venido grande a un Emilio Aragón que cumple en lo técnico si bien se le achaca con sentido cierto exceso de limpieza formal.
Además, como tipo listo que es, hace con buen criterio lo mejor que se puede hacer en una película en la que cuentas con Robert Duvall en el reparto, que no es otra cosa que colocarle la cámara delante la mayor cantidad de minutos posible. Es el guión predecible y aburrido lo que no logra hacer funcionar una cinta contemplativa en el mejor de los escenarios y con gran protagonista que oscurece el paso de los demás por la obra, lo cual nos lleva desde aquí más al lamento por las buenas intenciones y la gran oportunidad perdida que a la indignación.
Un nutrido puñado de respetables “opinadores” en este nuestro cainita y cruelmente envidioso país ha señalado que “ya podrá el más que acomodado señor Milikito permitirse estos lujazos”, a lo que desde este espacio nos sale del alma responder que uno se gasta su dinero en lo que le sale del alma y que muchísimo peores despilfarros se me ocurren que hacer una película con Robert Duvall. No mezclemos tocinos y velocidades. Vivan el cine y aquellos que por pasión aún creen en él (y lo demuestran arriesgando patrimonio). Espero y deseo tener más argumentos de alabanza para el próximo proyecto de una carrera cinematográfica que no va mal encaminada…

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