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Pan con chocolate y manteca

Soy de la generación del “pan con manteca y chocolate Maruja”. Un manjar que saboreamos como algo especial, porque era un premio que no recibíamos todos los días. Una generación en la que no había yogures en la nevera y el pollo y las latas de  calamares en su tinta eran cosa de las navidades.

Nuestras madres iban a diario a la plaza de Hadú a comprar la comida, porque no había nevera para guardar los alimentos. Tampoco había televisión, todo este lujo apareció en nuestro barrio cuando teníamos unos diez años. Esa generación –los nacidos en los años 60- no sabíamos lo que era salir de Ceuta de vacaciones y los que tenían mucha suerte se limitaban a visitar a familiares y estos les devolvieron la visita. Eran vacaciones de verano, si tenías familia fuera de nuestra tierra.

Ir de bares era algo muy especial que, en mi familia, se resumía en ir al bar los Pulpos el día de San José y un par de ocasiones más en feria o verano. Ese era el ocio que tenían nuestras familias y, de vez en cuando, ir al cine como un extra.

Así fue nuestra niñez y nuestra infancia, aunque ya bien entrados los años 70 empezamos a permitirnos otros lujos, lujos que ahora serían irrisorios en estos días. Sin embargo, recordamos esa época con cariño y con verdadera nostalgia, porque disfrutamos de la familia, los amigos, de la calle, de nuestros barrios y, como decía, de esos momentos tan especiales de pan con chocolate, pollo y calamares en su tinta.

La sociedad ha cambiado y ahora tenemos de todo. La plataforma digital para ver películas a puñados; nosotros una única televisión y sus películas de vaqueros en días de fortuna. Ahora tenemos coches de alta gama, pero estamos asfixiados con lo mucho que pagamos de coche y con el préstamo para irnos de viaje. Se comen el coco, porque si sumamos el coche, el viaje, las plataformas y otras muchas tonterías y llegamos, justo no, lo siguiente a fin de mes. Ese es el mensaje que lanzaba una señora al ser preguntada en televisión sobre sus vacaciones de verano.

La sociedad ha cambiado, nuestros padres eran felices poniendo el potaje en la mesa y con salir a comer un par de veces al año. Ahora entramos en depresión por no poder ir de vacaciones, no poder comer los domingos fuera de casa, no tener un coche en la puerta.

Así estamos, porque los que pueden se han encargado de educarnos y domarnos para que tengamos unas necesidades impensables hace décadas. Así estamos viendo cómo unos pocos nos infectan con mensajes que nos impide ver que el  “pan con chocolate y manteca” nos puede hacer muy felices, sobre todo, cuando intentar tener más de lo que nos podemos llevar a la boca nos puede llevar a ser unos desgraciados.

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