Quién decide la sencillez de la aurora? ¿Quién, por pura intención, le puso nombre a las cosas? ¿Quién inventó la paz, el alma o la honra? Quién haga perdurar estas palabras será maestro en la historia; quien sepa enseñar sus caminos tendrá destino en la gloria. Pero no te preocupes, la sana intención nunca sobra, y así has de hacer repicar las campanas del juicio, si es que tu juicio es viejo y viaja sin ataduras, ni prebendas tontas.
Tan cierto como que la sangre es roja, te digo que vigiles tus pensamientos, por si algún ángel lo estorba. Nunca se sabe qué puede pasar, al pasar de una palabra a otra. Por ello, firma un contrato vitalicio con tu voluntad y te olvidarás de los errores y de las discordias.
A lo lejos, como un pasado hecho de retales, el recuerdo de las emociones locas, y con ellas, como un firmamento de estrellas el nombre de las calles, calles hechas de albero, pero también de aventuras, de mocedades y sinsabores agrios.
Es importante la memoria, como es importante el mar que se abre. Es el tiempo ese mar donde naufragan mis naves.
¡Ah del timonel que se bate el cobre! Libera tu mente y cruza el impreciso horizonte. Mientras, las palabras, como las olas se mecen en un continuo vaivén. Aunque llegan tarde las horas, la noche adormece al retén.
Una luz anunciará la proximidad a la costa. La pericia es la firma del marino, como es astuto el guardián de los libros. Hablo del tesoro que son los libros como lo hago de la vida que vivimos.
¿Quién llegará más lejos, quién conoce los mapas o quién se conoce a uno mismo?
Hay titanes ferocísimos más allá del horizonte conocido, quién desafíe esa línea tendrá asiento en los libros.
La estrella más cercana tuvo por nombre el sol. El de la más lejana nunca sucedió, pues infinito es su nombre, y el infinito sólo es del Creador.
Entre el cielo y el mar apenas hay un hilo. Entre tú y tu enemigo, apenas queda rencor. Entre la sed y la muerte, el arroyo del amor.
Es así que los barcos, de marinos embravecidos, recalaban en la costa de Calamocarro para llenar sus prácticos bidones.
Los antiguos piratas eran mercaderes de oro, pero también de frases y de libros desconocidos.
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