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Palabras para Manolo Gutiérrez, in memoriam

Al enterarme hace unos días del reciente y triste fallecimiento de Manolo Gutiérrez, colega periodista ceutí y vecino de la ciudad, una imagen, al instante, me alcanzó al pensamiento, una estampa hermosa, humana y tierna que, por encima de otras suyas que pudieran ser características y definir también a la persona y su modo de vida, no deja de crecer y tomar cuerpo en la memoria con el transcurso de las jornadas: Manolo Gutiérrez y su perro. Y viceversa.

O sea, la fotografía natural e inmaculada, por cuanto nos muestra la mejor y más cándida cara del alma humana, de la primitiva bondad de un individuo. Porque alguien que mira como lo hacía Manolo a su infatigable, cómplice y fiel colega peludo de cuatro patas, es, sin lugar a dudas, una excelente persona, no podría ser lo contrario; no concibo a un malvado que sienta amor por los animales (aunque, más allá de la vida real y cotidiana, haya tantos casos opuestos en el mágico universo de la literatura).

La expresión en los ojos de puro sentimiento, el mimo, el cuidado, el esmero, la caricia tras las orejitas, la galleta como premio, el toque de atención, las palabras de aliento, las confidencias, los paseos a la vera… uno acompañado del otro como un mismo ser: el perro y Manolo Gutiérrez. Y viceversa.

Probablemente el propio Manolo no era consciente de la ternura que motivaba este cuadro pero si él hubiera sido, pongamos por caso, el observador que hubiera tenido que describir una escena similar o idéntica de otra persona y su amigo animal, lo hubiera presentado y contado con las palabras justas y bien medidas, es decir, con el tino del narrador implacable del periodista de la vieja escuela fraguado más en las mil y una batallas de las redacciones de antaño de humo y olores espirituosos, de los cafés largos y sobremesas sin reloj, que del corsé del aula universitaria y la urgencia fofa de las redes sociales, dos caras estas de un mismo mundo muy ajeno a su propia esencia.

Porque Manolo, con quien yo coincidía durante un tiempo cada mañana en los juzgados del Ceuta Center para seguir y cubrir la información de Tribunales, tenía el innato don del buen periodista de saber contar con una llaneza no exenta de elegancia, de transmitir un hecho, suceso o acontecimiento sin pretensiones impostadas, de ceñirse a presentar las cinco uve dobles del Periodismo con firmeza, de llevar a efecto el ejercicio de la profesión con pulcra dignidad, callada honestidad y fina humildad. Y con una corrección en el trato y unas exquisitas maneras no siempre en sintonía, por aquel entonces, con la canallesca local.

Tal vez en esos largos paseos por las calles del centro de Ceuta, con el viento de levante o poniente de testigo, presumiría luego, con mérito por supuesto compartido, del trabajo bien realizado, mientras su perrito, moviendo la cola y asintiendo a su lado tan pancho y feliz, sentiría orgullo. Y viceversa.

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