Nos hemos acostumbrado a que el caos del Tarajal se entienda como algo normal. Nos hemos creado una costra hasta el punto de que las miserias que marchan a nuestro alrededor son concebidas incluso como obstáculos. Que haya otro mundo a unos kilómetros del nuestro ya ni siquiera nos llama la atención.
El Tarajal nos ofrece su rostro más tremendista a diario. Y nuestra respuesta como ciudadanos solo se produce cuando sufrimos las consecuencias. No nos mostramos sensibles ante las ancianas cargadas de bultos o ante los discapacitados que son explotados de forma miserable para dar más pena y acelerar el tráfico. Nos afecta que esas personas ocupen carriles y no podamos circular con la rapidez pretendida, o que incidan en el caos que ha terminado por convertir este espacio en un infierno. El día a día, la miseria sobre la miseria nos ha convertido en personas insensibles ante lo que ocurre a nuestro lado.
En una de las tantas y tantas salidas al Tarajal que hacemos en este periódico, ayer nos cruzamos con un joven explotado, cargado de bultos, que a duras penas podía andar. Con el rostro desfigurado en su lado izquierdo y un brazo que había perdido la capacidad de movimiento, hacía lo imposible por arrastrar una silla de ruedas cargada de fardos. Asustado, junto a más porteadores, esperaba el momento en que las fuerzas de seguridad se retiraran para poder avanzar en una cola completamente desorganizada. A su lado ancianas, invidentes, chicas... y bultos, más bultos... el peso de la indiferencia sobre sus espaldas.
Nos hemos acostumbrado a ver esto como normal, pero no lo es. Vemos carreras, extorsiones, insultos, golpes, miedo... como si formara parte de nuestro día a día, sin que, por decencia, debiéramos aceptarlo. La sensibilidad que mostramos ante reportajes que esconden las mismas miserias no aflora cuando ésta se produce a nuestro lado. ¿Cuál es la diferencia? Yo no la veo y aunque intento no dejarme atrapar por esa coraza social que nos hemos creado, reconozco que tiendo a caer en esa maraña de incompresión, de indiferencia a la que nos envía la rutina de un día a día preñado de actitudes inhumanas ante una situación que nunca debimos dejar que creciera a nuestro lado. Es Ceuta, sucede a unos kilómetros de nuestros hogares. Son ellos y somos nosotros. Triste.
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