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La gran confusión

Por Juan Luis Aróstegui
11/12/2014 - 10:00
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Ceuta está muy confusa. No sabemos muy bien lo que queremos ni hacia dónde vamos. Y este es, probablemente, el peor de los estados posibles. Porque se derrocha un tiempo precioso y una energía muy valiosa que escasean cada vez más.

Nos perdemos en movimientos desorientados y contradictorios, salpicados por continuos conflictos tan artificiales como innecesarios, y condicionados por infinitos  intereses espurios y cambiantes que no acertamos a identificar ni repudiar. De este modo es imposible trazar un camino común para avanzar como sujeto político. Estamos siempre al pairo de los acontecimientos, que nos vapulean sin que seamos capaces de ofrecer una resistencia ordenada y dirigida hacia un objetivo compartido.
El caso de los Polígonos del Tarajal es un magnífico ejemplo de la situación descrita, perfectamente extrapolable al conjunto de la ciudad. En aquella zona de la ciudad, bautizada como “el infierno” por una cadena nacional de televisión, se desarrolla una actividad económica sometida a unas reglas muy particulares, y sobre la que nadie parece tener una idea muy clara. Allí, la línea que separa lo púbico de lo privado es tan tenue que cada cual la interpreta a su modo. Es un recinto privado, pero el Ayuntamiento se hace cargo de la limpieza y hasta el Gobierno ha nombrado un “coordinador”, y la Policía Nacional organiza y dosifica las colas de clientes. El funcionamiento de los polígonos no alcanza el nivel de “tercermundista”, queda muy por debajo. Conviven dos tipos de actividades paralelas. Por un lado la actividad tradicional, que vende mercancía a clientes autóctonos y marroquíes (a estos en mayor medida); y un modo nuevo de comercio al por mayor, en el que las naves sólo sirven de “punto caliente” de paso en espera del momento del pase. Ambas compiten por un espacio muy reducido, abierto durante un periodo mínimo, lo que garantiza un gigantesco tumulto inevitable. El tránsito fronterizo es absolutamente impropio de un país europeo. Las aglomeraciones, avalanchas, empujones, carreras y golpes, conforman un paisaje cotidiano vergonzoso. La consecuencia lógica e inmediata, es que allí se mueve impunemente toda una industria del pillaje. El fin de todo este tinglado es lograr introducir mercancía de “contrabando tolerado” en Marruecos. Esto sucede con perfecto conocimiento de causa, tanto de la opinión pública como de las administraciones competentes. Y por increíble que puede parecer, no hay una política definida al respecto. Todo depende del grado del escándalo en cada momento. Si no se producen problemas de orden público graves (esto quiere decir que no salen en la prensa), entonces todo el mundo está conforme con la existencia de los polígonos por los beneficios que reporta. En esta caso prevalece la recaudación de IPSI y el empleo generado (tanto el directo, muy cuestionado, como el indirecto, muy estimable). Pero si los follones ocupan la portada de los diarios, la hipocresía nos invade repentinamente, y como haciéndonos los nuevos, exigimos soluciones inmediatas y la restitución de la legalidad vigente. Las instituciones se suman, y encabezan, este movimiento pendular, que les resulta extremadamente útil para eludir responsabilidades. Y así venimos padeciendo esta lacra, día tras día, alternando tolerancia e intransigencia según sopla el viento. Alimentando una esquizofrenia sin horizonte.
Nadie se atreve a abordar el asunto con el rigor que requiere. Es preferible vivir en la ambigüedad y no asumir compromisos. Los polígonos dejan dinero y crean empleo; pero crean inseguridad, deterioran la imagen de la Ciudad y obstaculizan el tránsito de turistas (y compradores) por la aduana. Pronunciarse es peligroso.
Cuando se ha planteado abiertamente una posible solución (abrir el paso de Benzú), sin ánimo de exclusividad, basada en el reconocimiento público de la necesidad de potenciar y normalizar el funcionamiento de los polígonos ajustándose a la realidad, se ha organizado una sonora bronca, encabezada por la Delegación del Gobierno, y seguida por los “pescadores” de turno, que ven una oportunidad de promocionar sus nimios y mezquinos intereses. Evidentemente, no hay debate porque no se contrapone ninguna alternativa. Es la historia de esta ciudad: demasiadas bocas de pillos incompetentes balbuceando majaderías, y pocas cabezas inteligentes produciendo ideas.

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