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La brillante Alemania

Por Hugo de Lara
10/07/2014 - 08:57
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En el año 2002, la selección alemana de fútbol caía en la final del Mundial de Corea y Japón a manos de una Brasil imperial liderada por Ronaldo Nazário. Las consecuencias de aquella derrota se prolongaron hasta la Eurocopa del año 2004 en Portugal, provocando la caída de los alemanes en la primera fase tras dos empates y una derrota.

La mítica selección alemana, tres veces campeona del mundo y del continente europeo, necesitaba renovarse urgentemente.
La recuperación de los teutones comenzó con Jürgen Klinsmann a bordo, logrando alcanzar las semifinales del Mundial de Alemania del año 2006, en el que consiguieron alzarse con la tercera posición. Posteriormente, ya con Joachim Löw liderando el proyecto como seleccionador, los alemanes consiguieron convertirse en subcampeones de Europa tras caer ante España en el año 2008. Dos años después, la selección alemana repetiría la tercera posición en el Mundial de Sudáfrica. Asimismo, la Eurocopa de Polonia y Ucrania traería consigo otra tercera posición para los alemanes. Esos seis años de notable regularidad no podían ser una ficción: se estaba fraguando una generación brillante. El Mundial de Brasil de este 2014 aparecía en el panorama futbolístico como la cita definitiva para una escuadra de ensueño, capaz de defenderse con solidez al mismo tiempo que ejecutar ofensivas veloces y precisas, sin que quepa desprecio alguno a su impredecible creatividad, hilvanada gracias al talento de la mayoría de sus hombres.
La victoria que los alemanes lograron por     1-7 ante los brasileños el pasado martes representaba la consagración de un conjunto de jugadores que ha alcanzado un punto de madurez idóneo. Si el transcurso de este mundial había convertido a los alemanes en uno de los favoritos por su fortaleza, la rotundidad con la que noquearon a los anfitriones brasileños les ha granjeado el favor de la opinión mayoritaria, que los ha situado en un escalón por encima de su contrincante definitivo. Sin embargo, mal harían los chicos de Löw en pensar que el hecho de aplastar a la pentacampeona del mundo, en horas francamente bajas y sin sus mejores jugadores (Thiago Silva y Neymar), tiene relevancia práctica alguna. No cabe duda de que han escrito una brillante página de la historia del fútbol, pero lo importante dentro de un campeonato es hacerse con él, y más aún en el caso de un mundial, que se juega cada cuatro años, una extensión de tiempo muy importante dentro de la vida deportiva de un jugador, siendo más relevante todavía en el desarrollo de un equipo.
Las grandes goleadas en rondas finales y contra rivales de enorme magnitud pueden generar una euforia con posibilidad de desembocar en dos resultados principalmente: la típica relajación traicionera producto de una excesiva confianza o el estallido de un ánimo poderoso que permita llevar a cabo un último esfuerzo intenso. Esta debería ser una de las principales preocupaciones de Löw junto a la inexorable preparación táctica que cualquier partido requiere, y en la que el seleccionador de Alemania ha demostrado ser un auténtico perro viejo. La superioridad que los alemanes han exhibido en los últimos encuentros (exceptuando las serias dificultades padecidas contra Argelia en octavos) y el punto álgido que han alcanzado justo en su pase a la anhelada final, deben ser canalizados con la entereza adecuada. Llegados a este punto, no podemos negar que la gran baza de Alemania son sus magníficas virtudes, pero ha de tenerse en cuenta que ella misma puede llegar a ser su más letal enemiga. La situación debe conducirse con sosiego.

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