No se me ocurrió a mí, que fue cosa de mi nieto. A saber donde lo escuchó, que idiomas no sabe todavía y marroquino es el gentilicio portugués del marroquí español.
Ya es sintomático que un niño menor de cinco años se refiera a los inmigrantes de esta forma, o que desde el balcón distinga a un magrebí de otro que no lo es; o que se ponga a mover banderas y dar gritos: ¡delegado dimisión! ¡Sánchez, hijo de fruta!... Tal cual.
Esto que pasa en mi entorno familiar se repetirá en otras familias y seguro que a todos se nos hace difícil crear un clima de normalidad alrededor de ellos. Clima de normalidad que será ficticio, porque la realidad se impone a través de los amiguitos, el colegio, las manifestaciones … Ceuta en suma. Estos comportamientos reflejan el estado de sus incipientes mentes: gritos de manifestación, banderazos, protestas sin venir a cuento, alguna palabrota suelta… que yo no sé por qué las que más les gustan son las que hacen referencia a la familia de los políticos.
Esto, que puede contarse con cierta ironía, tiene más importancia de lo que parece, máxime cuando estamos hablando del mundo infantil, territorio sólo para los juegos, los cuentos y el descubrimiento de la vida a través de su entorno más próximo.
La compleja realidad de nuestra ciudad está colándose en sus mentes de una forma abrupta y, la mayoría de las veces, sin filtros, y esto tiene su origen en nuestra particular crisis. Los adultos razonamos y/o discutimos sobre los acontecimientos, pero un niño de esa edad no escucha argumentos: solo percibe hostilidad, miedo y peligro.
Llevo años observando y escribiendo sobre cuestiones de nuestra urbana cotidianeidad, a veces con sorna y siempre con crítica constructiva, pero la actualidad de la ciudad se vuelve ahora dolorosa cuando se cruza con la mirada de mi nieto y veo que se queda absorto, pasmado ante lo que ve o escucha y siento que tengo pocas respuestas que ofrecer a esa mente de poco más de cuatro años que está procesando el entorno a través de las emociones de sus mayores.
“Los adultos razonamos y/o discutimos sobre los acontecimientos, pero uno niño de esa edad no escucha argumentos: solo percibe hostilidad, miedo y peligro. Llevo años observando y escribiendo sobre cuestiones de nuestra urbana cotidianeidad, pero la actualidad de la ciudad se vuelve ahora dolorosa cuando se cruza con la mirada de mi nieto y veo que se queda absorto, pasmado ante lo que ve o escucha”
Cuando los niños observan los rostros desencajados por la ira y las personas gritando en la calle, su cerebro no entiende de invasión de inmigrantes, asentamientos tercermundistas en rochas y barrios, ni de ayudas solidarias, ni de la encrucijada que se cierne sobre su ciudad; lo que experimentan es un estrés profundo, una reacción de autodefensa ante lo que creen que es un peligro para ellos y eso lo perciben a través de nosotros, de nuestros miedos y preocupaciones.
Para su mente en desarrollo, esta agresividad ambiental es una amenaza directa a su seguridad. Es un impacto invisible que no se diluye al llegar a casa y que suele florecer más tarde en forma de pesadillas, miedos repentinos o rabietas que no comprendemos.
No soy sicólogo, pero mi sentido común y años me dicen que el choque educativo y emocional puede ser tremendo. A esas edades tan tempranas estamos (padres y abuelos) en su plena crianza:
«niño no se grita», «las palabrotas están mal», «hay que respetar a los demás» …
La contradicción se hace difícil de justiciar, pues los que debemos dar ejemplo chillamos, descalificamos, agitamos los brazos agresivamente … Comportamiento que observan en cientos de mayores en público, incluso de sus padres, lo que viene a normalizar la violencia verbal de forma incuestionable para ellos.
No vamos a poder cambiar la situación actual en bastante tiempo –y ya han transcurrido tres meses desde la invasión de inmigrantes– por lo que tenemos el deber de no demorar la reconducción de nuestras actitudes discordantes en beneficio de la protección y salud mental de nuestros niños.
Ellos necesitan que seamos su escudo emocional, su referente, lo que implica que les evitemos las tertulias cargadas de angustia, las imágenes violentas, o las movilizaciones ruidosas. Luchar hay que luchar, pero debemos encontrar “la zona” de menor gravedad si están presentes Nuestros niños heredarán la ciudad que construyamos hoy. Si les enseñamos que la solución a los problemas complejos es el desprecio el grito o el insulto, sembraremos un mañana sombrío; si por el contrario les damos serenidad y “razones” habrá esperanza. Tenemos la obligación de cuidar sus mentes, su inocencia, su natural alegría infantil, su futuro.
La mala política pasará, los gobiernos cambiarán, las madres de los sanchistas y sus parentelas ya no estarán… pero en ellos las huellas del miedo, la violencia y la animadversión a los marroquinos de sus infancias habrán quedado para siempre, si no tenemos cuidado, como obscuros fantasmas del pasado.
¡Otra cosa más que agradecer a esta panda de mentirosos y desalmados que nos gobiernan!







Los niños son el fiel reflejo de la educación que le dan sus mayores y en este caso es de racismo y odio,lo ha dejado usted bien escrito y bien reflejado
El racismo es bidireccional