No sé si saben que solo desear serlo, ya empiezas a serlo, porque la mente es poderosa, pero el cuerpo más. Ese cuerpo que a nosotras- las mujeres- nos da tanta grima, tantos deseos envidiosos, tantas preocupaciones y, a veces, tantas satisfacciones carnales. Esas que no tienen nada que ver con la maternidad, porque salvo en las series coreanas no hay placer asociado a la maternidad, sino ganas de ser madre.
No les hablo de los tratamientos, que también, sino de los oginos a la inversa, para quedarte embarazada en el menor tiempo posible, porque no sé por qué, pero cuando las hormonas se imponen no es que lo quieres, sino que lo quieres ya, sobre todo porque no sabes lo que se avecina.
El embarazo es terror humano, torturas consentidas en un cuerpo que se transforma sin que tú puedas hacer nada y que por mucho que te digan en las clases de educación para el parto, no tienen nada de agradable, ni de romántico. Hemorroides, dolores, estiramientos y flacideces son pecata minuta, porque -como las hormonas mandan- todo va a su aire y te despiertas con mal humor o sin ganas, con los pies llenos de hormigas inexistentes o la boca seca como si hubieras estado de serenata nocturna.
Pobre de tu pareja, pobre de ti. Pero ahora viene lo mejor, que nace y berrea por casi todo, por los gases, por los cólicos, porque tiene sueño o porque no. La cosa es ser eje de tu vida, ya para los restos, porque ni guardería, ni primaria, ni selectividad, ni universidad, harán que deje de tensarse ese cordón umbilical invisible que te gira a 360 grados de donde tú querías estar. Y encima te drogan, te dopan con lo más poderoso de los químicos para que no te importe un bledo, creyendo a pies juntillas, que es maravillosa la maternidad que te limita, te succiona, y te lleva a controles filiales de tipo existencial.
Y es tan terrorífica esta dependencia porque no cesa, ni tiene fecha de caducidad, más que con la finalización del contrato usurario, leonino y sin clausulas algunas más que la de permanencia y absoluta esclavitud porque a poco que el bebe llore, a poco que el o la de primaria se enfaden, llamen los profes o tengas un cumple, vuelas, sin que la secundaria, ni el bachillerato, ni la universidad, sean más que episodios de la misma saga estelar.
No les digo ya cuando se reproducen y ves que tu clan prospera, qué felicidad de anclaje, qué forma de presión estructurada para encontrarte un día encadenada en la cocina, preparando suculentos platos en tu fin de semana, sintiéndote culpable cuando te vas de viaje o tienes algo de vida excluyéndolos a ellos. Si aun estás buscando descendencia, no te diré nada porque ya tus hormonas te han atrapado sin que te des cuenta.
Si ya lo tienes, empiezas a vislumbrar lo que viene. Si estás -como yo- con un pie en el jardín de los Matutes, hablas arameo a la perfección de las muchas veces que les has gritado a tus hijos. Lo de “si me queréis, irse”, es frase principal que grabar en nuestra mente, no la de hogar, dulce hogar que la parió alguien con amor por los lemas infernales.
Si me queréis irse, pero lejos, a la Antártida de exploración, a las colonias espaciales o a los confines de la existencialidad de crearte a ti mismo para conocerte mejor. Dejad mis constantes desajustadas, mis canas al viento, mis palabras que se deshagan, mis pensamientos que se alteren y mis hormonas muertas de inanición. No hay mejor hijo que el que friega en casa de su madre, ni del que estudia cuando hay que estudiar, que el que no bebe cuando conduce, que el que no deja que su madre se entere de que trasnocha, fuma o toma sustancias veniales hasta que se topa con el control de la guardia civil.
No hay mejores hijos que los ajenos que nos cuentan muestras amistades, que nunca rompen un plato.






