Opinión

Odio vs Ceuta

Hay gestos que explican mejor la esencia de una ciudad que mil discursos.

Por ejemplo, Ceuta.

Aquí, en los cumpleaños de nuestros hijos e hijas, los sándwiches son de atún y de queso. Y no precisamente porque forme parte de nuestra tradición gastronómica.

A alguien de allende la bocana quizás esta circunstancia pueda parecerle un detalle insignificante. Algo banal que no merece ni tan siquiera un fugaz pensamiento

Sin embargo, para nosotros lo dice todo.

Ceuta no es solo una frontera, es una genuina forma de entender la convivencia. Esta ciudad lleva siglos viviendo la diversidad; esto es Ceuta. Esto es, por encima de todo Ceuta.

Ceuta es una ciudad profundamente española dónde no existen esos enfrentamientos internos que sí pueden, desgraciadamente, ver en otros lugares.

Aquí todos y todas somos Caballas. Y punto.

Por todo ello resulta sangrantemente doloroso comprobar cómo algunos han decidido utilizar la mayor crisis migratoria que ha vivido nuestro país para sembrar el miedo, confusión y bulos para transformarlo en odio. Un clásico.

En la película “La lengua de las mariposas” hay un diálogo en particular que no puedo dejar de recordar estos días y que inspiró esta otra afirmación:

“No fue odio, fue terror: el día que un pueblo se insultó a sí mismo para sobrevivir”.

La inoculación del terror, antesala del odio, es la mayor victoria de quienes viven políticamente del enfrentamiento con un solo fin: conseguir que el miedo borre algo esencial: olvidar quiénes somos y cómo somos.

Cierto es que el miedo existe. Evidentemente que existe. Todas y todos lo hemos sentido en primera persona.

Cuando ves como decenas de miles de personas cruzan irregularmente una frontera en apenas unas horas, lo normal, y hasta lo lógico, es que aparezcan el miedo, la incertidumbre y la preocupación.

Miedo por la seguridad de los nuestros, de nuestros allegados, por esos comerciantes que sufren por sus negocios. Por todos.

En definitiva, un miedo que provoca que nuestra ciudad contenga la respiración hasta casi caer en la asfixia emocional. Esto es tan humano como inevitable.

Sin embargo, lo que sí es evitable es la conversión de ese miedo en racismo.

Obvio es que la fácil opción del racismo es fruto de una elección personal, pero para algunos (una “extrema” minoría, por cierto) la respuesta racista no es una salida insensata fruto de ese miedo y de las complicadas circunstancias. Ojalá fuese así.

No, esos “algunos” llevan demasiados años esperando una oportunidad como esta. El mirlo blanco del oportunismo. Y aquí, en Ceuta, lo han encontrado.

Han llegado a Ceuta envueltos en banderas, proclamando la “reconquista” de nuestra ciudad. Pero ¿reconquistarla de quién? ¿Acaso alguien habla de reconquistar Madrid, Sevilla o Zaragoza?

Ceuta es España. Eso es indiscutible, y es tan evidente que no merece ni una explicación más. Si en Mérida (por poner un ejemplo) no se pasan el día diciendo que aquello es España por evidente, para nosotros igual.

Los energúmenos (por emplear una terminología prudente) que dicen venir a defender Ceuta, no han entendido (convendrán conmigo que esto es lógico si se comprueba su nula capacidad de raciocinio) que esta ciudad no necesita salvadores de fin de semana, ni salvadores a secas.

Aquí se necesitan responsables públicos que trabajen. Policías que protejan. Guardias civiles que velen por la seguridad. Militares que intervengan cuando sea necesario. Funcionarios que coordinen una situación extraordinaria.

En Ceuta se necesita gestión, no provocación, no grandes y huecas frases, ni brindis al sol.

Durante estos días hemos visto, como en cualquier crisis que se precie, a dirigentes políticos llegar, hacerse la fotografía rodeados de cámaras, lanzar discursos incendiarios y tomar rápidamente el barco de regreso. La pobreza debe ser contagiosa.

Se han servido de Ceuta como si de una tribuna se tratase. Su motivación no era nuestra preocupación ni nuestras necesidades. Su objetivo ha sido poner en marcha la máquina de recolectar votos. Una vez más. Como todas las veces, y parece que sus consignas de baja política han ido calando en una parte de la población.

Algunos han coreado lo de “¡dimisión!” porque el delegado del Gobierno no comparecía ante los micrófonos. No obstante, parece que han obviado algo elemental: mientras algunos anhelaban cámaras con sus mejores perfiles mediáticos, otros estaban (y siguen) trabajando duro y sin descanso.

Gobernar una crisis no consiste en pasarse el día buscando objetivos y micrófonos en cualquier rincón.

Gobernar consiste en coordinar, en tomar decisiones, en permanecer donde realmente se te necesita.

Resulta paradójico escuchar los aplausos —más que merecidos— al trabajo impecable (como siempre) de la Guardia Civil, de la Policía, de las Fuerzas Armadas y de los demás intervinientes sobre el terreno, mientras se niega cualquier reconocimiento a quien dirige políticamente el dispositivo global que reviste de una increíble complejidad.

Así, parecería que, para que todo funcione, los actuantes improvisan sobre la marcha según su inspiración su mejor hacer o guiados por una providencial divinidad que todo lo guía.

Quisiera parecer, pues, que la coordinación institucional surge de la nada. Y, obviamente, no es así.

Gracias a ese ingente trabajo que no busca cámaras, en menos de cuarenta y ocho horas, una situación extraordinaria empezó a recuperar una relativa normalidad gracias al trabajo conjunto de cientos de profesionales.

Como fácilmente se entenderá, todo esto no ocurre solo. Para que todo esto sea posible hay planificación, liderazgo, responsabilidad institucional y política y, por encima de todo, saber hacer.

En definitiva, hay servidores públicos que entienden que es mucho más importante resolver problemáticas que buscar un titular o una foto. Cada uno tiene sus prioridades, unos trabajan mientras que los otros figuran. Cada cual a lo que se le da mejor.

Pero lo que más me duele de estos días no son los discursos políticos, ni tan siquiera el asco que me procuran los salvapatrias forasteros que acaban de poner a Ceuta en el mapa. Lo que me hiere profundamente en el alma es una cierta hipocresía en determinados círculos.

Me repugnan hasta lo más hondo quienes ladran “¡No queremos moros!” mientras disfrutan de unos pinchitos morunos en cualquier terraza de Ceuta en las brasas de un anafe, eso sí preparados por un “moro”.

Me asquean quienes rechazan a “la mora”, pero aceptan encantados que sea esa misma “mora” la que limpie su casa, cuide de sus allegados enfermos o de las personas mayores y, en la mayoría de las ocasiones (que se salve quien pueda) por cuatro duros, muchas veces sin derechos laborales, esos mismos que salen a defender cuando se trata de ellos.

Me provocan nauseas quienes aseguran proteger al trabajador español pero, cuando tienen que pintar su vivienda, buscan el presupuesto más barato al otro lado de la frontera, y nunca el de los autónomos caballas que pueden rivalizar en precio.

Siento repulsión por quienes se envuelven en un cristianismo de apariencia como bandera política, pero olvidan la esencia del Evangelio.

Porque no consiste solo en rezarle todos los días a la Virgen de África y exhibir caros símbolos religiosos, sino también preguntarse qué haría Cristo al encontrarse con un hombre hambriento rebuscando entre la basura.

¿Le quitaría la fruta podrida de las manos mientras le pega y le insulta o le ofrecería un trozo de pan dándole un abrazo? La respuesta es tan evidente…

Además, hay una diferencia enorme entre defender el control de las fronteras y deshumanizar a quienes llegan a ellas.

La seguridad no puede estar reñida con la dignidad humana. Nunca lo ha estado, y conviene recordarlo precisamente ahora, cuando a aproximadamente un centenar de personas ha perdido la vida en esta tragedia. Ahogadas. Pisoteadas. Convertidas demasiado pronto en cifras y pasto del olvido desde la próxima semana.

Antes fueron personas. Con nombre. Con familia. Con miedo. Con esperanza. Ahora no son nada, ni siquiera recuerdo.

Ninguna sociedad debería acostumbrarse a contemplar todo esto con indiferencia, y sin embargo llevamos demasiado tiempo viviendo sufrimientos extremos transformándolos en banalidad. Así de terrible es todo.

Al hilo de todo esto, también resulta conveniente hacerse otra pregunta.

¿A quién beneficia una ciudad enfrentada consigo misma?

¿Quién gana cuando dejamos de hablar de gestión para hablar únicamente de odio?

Toda crisis tiene consecuencias políticas, y, como se puede fácilmente comprobar, siempre hay que procura convertir el miedo en votos. Es el abc de los “sin escrúpulos”. De manual.

Por eso es tan importante que Ceuta siga siendo Ceuta en toda su esencia de ejemplar convivencia.

Por eso es tan importante no permitirle a nadie que reescriba nuestra identidad desde fuera con fines electoralistas.

Por eso es fundamental no dejarse embaucar por estos individuos que sólo aparecen cuando hay cámaras para explicar una ciudad que jamás han entendido.

Estos días están siendo difíciles, y lo seguirán siendo unos cuantos días más.

Pero a pesar de todos esos tétricos pesares, estas circunstancias nos han servido para recordar algo: La inmensa mayoría de los y las caballas no compramos  el discurso del odio.

Los que venían a “reconquistar” Ceuta se marcharon prácticamente igual que llegaron con sus consignas excluyentes, con sus banderas de España que quieren monopolizar y con su estrepitoso fracaso a cuestas.

Esta ciudad, nuestra ciudad, Ceuta, incluso herida, sigue sabiendo quién es.

Evidentemente seguiremos reclamando más medios humanos y materiales, faltaría más.

Continuaremos exigiendo al Estado que proteja nuestra frontera.

Seguiremos pidiendo seguridad para nuestras familias.

Y seguiremos defendiendo que las leyes se cumplan.

Pero, lo que no podemos ni debemos aceptar es que el precio de esa seguridad sea perder aquello que nos ha hecho diferentes durante siglos.

Y es que, el día que dejemos de preparar sándwiches de atún y de queso para que todos los niños y las niñas puedan sentarse a la misma mesa, ese día no habremos perdido sólo una tradición, nos habremos perdido nosotros, habremos perdido Ceuta.

Se trata, pues, de hacer, de seguir haciendo, de continuar siendo esos ceutíes que viven la convivencia con naturalidad sin necesidad de “salvadores”.

Somos esa Ceuta que da clases de vida al resto del mundo porque podemos y sabemos.

Demos ejemplo de lo que somos.

Demostrando lo que somos hace posible vivir en paz.

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