Empujado por reiteradas peticiones de algunos lectores, finalmente, he decidido trazar un “perfil provisional”, de Ramón Valdivia Jiménez, el Administrador Apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Adelanto que es un dibujo de las impresiones que sus actitudes me han generado y, sobre todo, de los comentarios que he escuchado a un sacerdote, a varios fieles e, incluso, a algunos amigos que se autodefinen como agnósticos. Sólo me refiero a varios rasgos en los que coinciden quienes lo han observado desde sus diferentes y, a veces, opuestas perspectivas y prejuicios ideológicos.
Algunos valoran su preparación científica como jurista, filósofo y teólogo o como profesor de Filosofía, Teología y Derecho Canónigo, otros se han fijado en sus experiencias pastorales como capellán de hospital, coadjutor, párroco, arcipreste, canónigo, vicario episcopal u obispo auxiliar. Todos, sin embargo, reconocen que es un hombre cercano que establece un contacto vivo con las gentes gracias a sus cualidades naturales y a unas virtudes pacientemente trabajadas. Posee –me dicen- esos valores cristianos que reflejan unas dimensiones humanas y evangélicas: esa amabilidad no prefabricada sino familiar, esa cortesía campechana que, al mismo tiempo, distingue a quien lee y vive el Evangelio. “Fíjate –precisan- cómo siempre está dispuesto a oír, a comprender, a ayudar y a servir.
Además de la intensa agenda de celebraciones, el notable acercamiento a las hermandades y cofradías, su humildad y su disposición a servir, y su cercanía preferente a los pobres reflejan a esa Iglesia de Jesús de Nazaret que abraza, consuela y sirve. “Por eso -me repite Salvador- resulta tan fácil conversar con él sobre lo divino y lo humano”.
Es un hombre respetuoso, sencillo y esperanzado que, consciente de la gravedad de las guerras actuales, del virus mortífero del odio y de la vergüenza de las desigualdades, mira el futuro con esperanza porque hay “gente buena”, aunque otras personas hagan barbaridades y nos metan en conflictos”. Sus actitudes discretas y sus palabras medidas constituyen amables invitaciones para que cultivemos valores importantes como la sencillez, la laboriosidad, la alegría y la solidaridad. Es posible que el origen de estas impresiones radique en la valoración de quienes, más que a presumir de perdonar, se muestran dispuestos a pedir perdón, a servir, a escuchar y a aprender.
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