Opinión

La noticia que nunca se quiere dar

La muerte de un niño supone una tragedia. Quienes somos madres no podemos evitar ver en esa víctima a uno de nuestros hijos. Es inevitable la comparativa, es inevitable que el pesar te impida incluso la concentración necesaria para poder informar. Los conceptos de muerte y niño deberían ser incompatibles, más aún si los mismos se mueven en un ámbito marcado por la incertidumbre y la sospecha.

El hallazgo del cuerpo sin vida de Mohamed nos dolió a todos, lo conociéramos o no. Pero nuestro dolor únicamente se tiene que centrar en consolar a la familia y una forma de hacerlo es ser cuidadosos con nuestras opiniones, cautelosos, callar cuando se debe aunque se sepa más de lo que se dice. Porque en estos momentos lo único que debe importar es aclarar qué pudo suceder la pasada madrugada y para eso hay que dejar trabajar a los investigadores, a los profesionales forenses y a la justicia. Lo demás sobra, el morbo debiera desaparecer para hablar lo justo y necesario, anulando a los loros sin cabeza que asoman cuando la realidad les es oportuna. No hay lección que sirva para callar bocas, no hay errores basados en elucubraciones rápidas que se recuerden ahora como enseñanzas para no volver a cometerlos. No hay nada cuando algunos siguen confundiendo la información con el morbo, la difusión de datos con la falta de respeto a una familia con una capacidad de reacción y de asumir lo que ocurre completamente mermada. Esa familia es una víctima más.

Todos estamos consternados, sobre todo por el momento en el que se ha producido esta muerte y las circunstancias que la han rodeado. Ayer fueron muchos los que lloraron o los que aguantaron como pudieron las lágrimas en un escenario del suceso complicado, en un espacio centrado en la búsqueda de pruebas que se tenía que asumir aunque fuera lo más indeseado.

El mayor favor que puede hacerse a la familia de este niño y al propio Mohamed, la mayor prueba de solidaridad, apoyo y calor no es otra que dar un paso a un lado para que ahora lo que prime sea la investigación, el trabajo objetivo, lo que se tiene que conseguir para ser demostrado con la fuerza suficiente como para que tenga una respuesta acorde.

Lo que se hace rápido termina mal, lo que se hace bajo presión o contaminaciones externas no hace sino entorpecer posteriores resoluciones judiciales. Y ese no es el camino esperado.

Es difícil apartar los sentimientos pero es obligado olvidar de un vez el morbo, condenarlo incluso. El único camino posible es la responsabilidad global, y ahí estamos todos.

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