Hace ya diez años que el menospreciado y presurosamente olvidado Mayor Oreja anunció que la democracia en España necesitaba fortalecerse. Hablaba de la existencia de sectores políticos que frivolizan con la forma de Estado, la inmoderación, el incivismo político, y las llamadas a la desobediencia civil del poder democrática y legítimamente establecido que constituían un escenario delicado y complejo de riesgo y debilidad
constitucional. Él mismo apuntaba los orígenes de esas debilidades a la radicalización de la izquierda, el auge de los nacionalismos, y la estéril y pírrica alianza que entre ambos existía.
La rabiosa actualidad de este discurso nos describe a una izquierda española que atraviesa una profunda crisis producto de su radicalización. La fractura interna y atomización de una izquierda cuyo único programa político es debilitar al Gobierno a toda costa, ha dejado sin esperanzas a una izquierda moderada que pese a tener importantes discrepancias con la derecha española, coinciden en el modelo Constitucional y de Estado.
La facilidad con la que esa izquierda radical se ha unido al nacionalismo excluyente, dificulta la extracción de un proyecto político para España. Han creado un adversario al que derribar exaltando la catástrofe, imputando culpas y criminalizando al PP. Han antepuesto un objetivo destructivo a cualquier futuro de España, a sabiendas de que esa amalgama de antis no llevan a ningún proyecto ni modelo de Estado.
A mayor radicalización de la izquierda, menor moderación política en los comportamientos, mayor debilitamiento democrático de España, mayor división social, menor cohesión a la hora de afrontar los grandes problemas, y mayores facilidades para que la ofensiva nacionalista de destrucción del orden constitucional salga adelante. A mayor ofensiva nacionalista, mayor radicalización de una parte de la izquierda que ha creído que todo vale para tomar el poder, incluso el debilitamiento democrático y constitucional de España. Toda la sociedad española se la juega los próximos meses donde los separatistas catalanes intentarán celebrar el referéndum ilegal, se convocarán, al menos, elecciones municipales, y el principal partido de la oposición elegirá a su líder intentando olvidar y ocultar su pasado más reciente. Nos jugamos el modelo de Estado, el bien común de todos los españoles, el futuro de la democracia, y todo ello en menos de un año. Mucho esfuerzo van a tener que hacer los principales partidos con sentido de Estado para que el enorme descontento social de un vuelco y no se traduzca en unas urnas vacías y enmudecidas que den paso a la destrucción del modelo de Estado.
Antes de afrontar todas esas circunstancias venideras deberíamos reflexionar si nuestro voto y nuestras acciones van a ser una herramienta para construir o un ariete para castigar; o andamos espabilados, o a río revuelto ganancia de pescadores. Lo peor no queda por venir, a no ser que decidamos que esto sea así.
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