Todo estaba perfectamente preparado. Los músicos estuvieron insuperables. Inma Shara se mostró seria y social, animada y divertida.
Si a la música clásica se la denomina así es por algo tal y como demostró ayer la Brandenburgisches Staatsorchester Frankfurt a las órdenes de Inma Shara. Basado en un repertorio consistente y con una sonoridad inédita en la ciudad el espectáculo inaugural del Gran Teatro Auditorium Revellín trasladó la magia de los grandes momentos al patio de butacas. La solemnidad y grandiosidad del acto arrancó desde el momento mismo en que los músicos comenzaron a afinar sus instrumentos mientras la gente permanecía en el exterior. Posteriormente, la clásica llamada a silencio dejó paso al inicio del concierto. Antes, la maestra de ceremonias, Anne Igartiburu, resaltó la importancia de la construcción de ese auditorio y resaltó que en él “se ha sabido recoger la idiosincrasia ceutí”. La presentadora hizo referencia al carácter “abierto”, “amplio”, “sin límites” y “sin fronteras” de la ciudad. Un carácter que unas horas antes no impidió que ella misma diera plantón a los niños de asociación Down, con los que se había citado a las cuatro de la tarde para la clásica foto del calendario que realizan anualmente.
En lo referente al concierto, la ovación final del público, que duró más de cinco minutos y levantó de los asientos a todo el respetable, sirve como resumen de lo que se vivió anoche. Cada uno de los elementos programados funcionó a la perfección, como un gran engranaje a pleno rendimiento. Sin fallos, con precisión y mimo.
La primera parte arrancó enérgica con la Obertura Coriolano op.62 de Beethoven. Se trata de un tema por momentos trágico, por momentos armónicos y melódico, a ratos intenso y a ratos calmado. Ideal para despertar el interés del público. La directora, Inma Shara, supo poner intensidad a la sinfónica y continuó dibujando figuras en el aire de forma apasionada mientras se interpretaba el Preludio Sinfónico de Puccini. Uno de los momentos más cinematográficos de la noche llegó con la interpretación de Romeo y Julieta, de Tchaikovsi. Una pieza más dramática que las anteriores, aunque igualmente intensa, que ponía fin a la primera parte del concierto.
La segunda parte fue entera para la Sinfonía no.9 en mi menor op.95 de Antonín Dvorák. Con un inicio épico, mezclando la belleza con la ternura y explendor de la intensidad con la armonía, la pieza fue surcando las ondas del tiempo hasta hacer saltar a la directora, una Inma Shara que dominaba a su antojo las pulsaciones de toda la orquesta sacando el máximo color posible a los temas que afrontó. Aunque estaba previsto que el concierto acabara aquí, Shara regaló al público un tema de Brahms y una zarzuela. Dos joyas con las que se ganó los más de cinco minutos de ovaciones.
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