No he de callar que se haya confundido la patria –sí, he escrito patria– con el gobierno de turno correspondiente a cada momento histórico La patria es un sentimiento, es una emoción, es un concepto sustantivo histórico, es el amor a su historia, es alegrarse de sus éxitos y compungirse con sus fracasos. Mientras que el gobierno es un concepto relativo, adjetivo, pasajero. De esta confusión nace el haber puesto la patria al servicio de los gobiernos de turno. De todo ello se desprende que con las leyes ‘supuestamente antirracistas’ que en cada periodo de gobernanza nos hemos dado, los extranjeros inmigrantes son tratados como nativos, autóctonos, y los nacionales, como extranjeros.
No he de callar la defensa de mis tradiciones, mi identidad, el orden de valores de mi civilización y la cultura de mi país, mi europeidad, mi historia, mis costumbres, la manera de encarar el futuro, mis orígenes, la religión de mis mayores, que ha dado lugar al arte y a la literatura y a la música que se han transformado en piedra, en lienzos o en libros, o la celebración de los hechos históricos que han conformado mi patria como la realidad que es, como la hemos heredado de quienes sacrificaron sus vidas para dejar tal legado.
No he de callar que esto que llaman “fenómeno de la inmigración” es una “invasión” en toda regla, orquestada y dirigida por mentes infames, fanatizadas por horas de vigilia, aliento abrasador, viciado por el ayuno, lecturas malsanas, consignas teocráticas y ánimo de revancha. Invasión que ha sido diseñada en las cloacas de un ánimo religioso perturbado que confunde la realidad con sus deseos depravados de conquista y proselitismo.
No he de callar que a estos invasores les importa un rábano nuestras reglas de juego, nuestro derecho, la forma de organizarnos en la sociedad, todo lo que conforma nuestra civilización, que nos piden tolerancia, igualdad y respeto, y cuando han tomado posesión de nuestro país se olvidan de la tolerancia, del respeto por todo lo nuestro y nos tratan con altanería, y no nos preguntan cómo nos podemos sentir cuando un miembro de sus comunidades comete tropelías en nuestro suelo contra nuestras personas, nuestros bienes, o contra nuestra cultura.
No he de callar que no voy a cerrar los ojos, o no voy a mirar a otro lado, ante la violación de las fronteras de mi patria por extraños no deseados, no poco fanáticos y agresivos, que vienen a suplantar nuestra cultura, nuestras creencias y valores por los suyos tercermundistas. ¿En virtud de que código moral o ético o cívico debo aceptar estas invasiones que intentan poner de rodillas mi país, y que cuestionan nuestro modelo de sociedad, nuestra historia, nuestra seguridad y nuestro futuro como sociedad y país?
No he de callar la defensa de lo que me constituye como un ser libre con derechos individuales e inalienables e inmanentes a mi naturaleza y a ser actor de los destinos de mi patria, y a rechazar toda ingerencia extraña a mi sentir europeo e ilustrado, y que soy dueño de mi propio destino sin que ninguna fe intervenga en modificar el patrón de conducta que yo libremente me he asignado para encarar el futuro en armonía con mi tradición, mi historia y mi cultura. El derecho a rebelarme contra la represión de mis creencias y la forma de ver la vida, sin que por ello tenga que ser calificado de racista, xenófobo o fascista.
No he de callar que esta quiebra de la sociedad cuenta con la complicidad criminal de políticos –escoria política que, en nombre de la tolerancia, ha abierto las puertas del país y de Europa a esa invasión tercermundista–, sindicalistas, obispos, fiscales, jueces, ONGs, con el silencio sepulcral de la casi totalidad de los medios de comunicación, en general, y de periodistas miserables, en particular, asociaciones feministas de distinto pelaje, y demás cooperadores necesarios, que en nombre de una ideología “gasesosa” humanista y de un “humanismo utópico han procedido a la inmolación de Europa”, inoculando “anestesia” al cuerpo social para adormilar, cloroformizar, al ciudadano para que no reaccione ni se oponga al peligro de ser extranjero en su propio país, cualquiera que sea ese país europeo.
No he de callar que la propia ONU siembra el estado de culpabilidad en los europeos con el fin de que nos entreguemos sin reacción ninguna a la invasión africana tercermundista en aras de la tolerancia, para destruir la identidad europea para tener, así, un mundo universalizado.
No he de callar que estamos siendo machacados por “el tam-tam” de los derechos humanos, de la acogida al diferente, por la bondad del mestizaje (‘una masa mestiza sin sentido de nación, sin sentido de pertenencia a una cultura y a una civilización es maleable; fácilmente utilizable, se convierte en mulas, en brazos de alquiler’), y por los imperativos del ‘compartir’ y la caridad cristiana, ambos tan queridos a nuestros obispos, del bombardeo de tolerancia y convivencia y la promulgación de leyes ‘supuestamente antirracistas’ para obligar al ciudadano a agachar la cabeza y entregarse sin rechistar al nuevo modelo europeo del futuro.
No he de callar que esos colaboracionistas, traidores, desleales a su patria, hacen palmas con las orejas y gritan de alegría cuando escuchan los ‘mantras’ de ‘integración, ‘multicultura’, ‘mestizaje’, ‘tolerancia’, ‘diversidad’, ‘convivencia’, ‘apertura al diferente’, etcétera, los cuales debo asumir si no corro el riesgo de formar parte de los apestados sociales (Del clásico: “La tolerancia y la apatía son los últimos valores de una sociedad moribunda”).
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