Me siento vacío al no compartir una simple palabra: Gracias. Por no poder abrazar a mi prójimo y decirle: ¡buenos días! Por ser tan apático de pasar delante de un desconocido y no ofrecerle esa cálida palabra de: ¡Buenos días!, con esa gentil sonrisa, con ese corazón que se ve aportando algo tan simple como es nuestra educación social.
Siempre hemos trabajado en equipo, hemos dependido de los demás para poder conseguir algo, y ahora al ser seres civilizados hemos conseguido vivir en comunidad, sin saber quién es nuestro vecino, cómo se llama, ¿qué necesita? Es triste pero real lo que digo. Cada paso que damos para ser mas señor de la ciudad, o de cualquier sitio, donde las personas se concentran para poder vivir, más es la distancia que se ve, se nota y define nuestro mundo.
Deberíamos de volver a las aldeas, pueblos y lugares con poca gente donde saben todo de sus vecinos, sus apellidos, sus sobrenombres y todo lo que le haga falta.
Recuerdo de una anécdota donde una vecina fue a pedirle un trozo de jabón, para poder lavar a sus hijos y mi abuela, no solo se la dio, sino que se fue con ella y les ayudó a bañar a sus nueve hijos que estaban esperando en el patio con una bañera de metal con agua fría calentada por el fuerte calor reinante, yo me hice solidario con ellos y desnudo me metí con ellos y también fui sometido a un fuerte lavado por parte de mi abuela, una piscina comunitaria, donde el agua reutilizada no pasaba nada y era bien recibida por todos sin dar margen a la escrupulosidad de ninguno de los actuales mortales.
Civilización igual a individualidad. No, gracias, necesito tener vecinos y estar cerca de ellos.
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