Categorías: Opinión

Mis concertinas

Si lo piensan bien, siempre estamos rodeados de concertinas. Yo lo estoy ahora que hablo con ustedes, porque me nublan la mirada y me enganchan las manos, porque mido y freno lo que saldría de mi boca si ellas no estuvieran ahí para restarme. Tengo miedo, como ellos, los que están agazapados en el monte Gurugú esperando la llamada, la senda de hormigas en que se convierte su paso visto por los infrarrojos del helicóptero de la Guardia Civil. A muchos les da pavor ese trasiego certero, esa falta de tener algo que perder, que les lleva, como a los zombies en que se convierten, a partirse la piel a tiras, todo sea atravesar los umbrales de lo que creen el paraíso.                            
Y nos quejamos, pero bajito, los que estamos en casa, porque comemos al menos y transitamos libremente y hasta nos manifestamos  y nos rebelamos, pero educadamente, porque no sangramos ni dejamos huella de nuestro cuero en las concertinas de la valla. Hemos nacido aquí y nos creemos con derechos innatos, que ellos envidian desde las precariedades y las lastras pustuladas del otro lado de la frontera. Hemos nacido aquí y nos creemos dueños, como los monarcas, por la gracia de Dios, que nos ensancha las fosas nasales y los pulmones y nos da mucha labia en las reuniones sociales.                                                                                                                   
Ellos han nacido de la tierra oscura, en el margen de los límites de lo que queremos saber y saltan, porque son canguros del alma, no porque prevean un bienestar seguro al lado nuestro. No creo que vislumbren la realidad existente, no, cuando la diaria es tan brutal, porque los sueños nunca pueden ir adobados de miseria, ni consistir en  patearse las horas en un semáforo ,vendiendo pañuelos a euro. Debe ser que los que regresan o las cartas o emails que manden, reflejarán solo lo que la voz de la aldea quiere oír, el triunfo glorioso en la plaza de uno que se fue como los que se quedan , para dar miles de  vueltas a los ruedos. No quieren oír, ni saber de los muchos que malviven como limosneros en vertederos y cerca de plantaciones y viveros, de los que sacan poco más que para subsistir y muchas veces, ni eso. Menos querrán, las mujeres, ver la perpetuación de unos abusos de los que conocen, solo se inicia el viaje o incluso desde la cuna y que aquí, en este paraíso nuestro, de baja catadura, se convierte en prostitución a secas,  en carreteras y antros afines, polígonos industriales, de asomar nalgas firmes, enguantadas en tangas estridentes,  bajo sombrillitas de playa.                                                                                                                
Las concertinas no frenan más que la carne magra, la carne negra macilenta, la carne extraña, pero no las ganas, ni el alma, solo lo que pesa, porque ya sabemos que los sueños son etéreos y ellos mandan a las piernas, a la  saliva y a las bravas, de embravarte y trepar , como los monos de feria, sin importarte nada.                                     
Mierda y más mierda , el no nacer con suerte , de nacer con mala estrella, como decía mi tía María que malvivió en guerra , en dictadura y con democracia, siempre desviviéndose por los suyos y penando por ellos, como si la condicionase la vida a morir de infelicidad, estando aún en vida. Mierda de ser diferente, de estar en un país diferente que te trata como apestado y morirte de hambre de no tener, temiendo que te apaleen, que te traten como un perro y no tengan tiempo  ni de ponerte cadena ni collar con el que llevarte a un centro donde, al menos, abarrotado y exhausto y ensangrentado, comerás tres comidas al día, aún a costa de dejarte la conciencia en las cuclillas de asalto.                                                    
Si lo piensan bien, todos estamos rodeados, porque de pronto da el mapa una vuelta de tuerca y nos vemos en el otro lado, cansados y hambrientos, medio muertos y lastrados, pustulados y queriendo trepar por un sueño que lo mismo nos corta las manos, las piernas y hasta los antebrazos.

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